EL PAIS › OPINION

En un mal momento

 Por Mario Wainfeld

Gustavo Beliz hizo ayer, al unísono, dos cosas que suelen enardecer a Néstor Kirchner. Habló públicamente de una interna del Gobierno (la de su cartera con la SIDE). Y eligió verbalizarlas cuando el Presidente estaba fuera del país. Se trata de un reto inusual para Kirchner, habituado a manejar las palabras y los silencios de quienes integran su gabinete. Para ser más precisos, es más que inusual: ocurre por primera vez desde mayo de 2003. Lo que coloca al Presidente, que regresa hoy a la Argentina, ante un escenario novedoso que lo fuerza a optar entre digerir una conducta desafiante de uno de sus subordinados. O a pedirle la renuncia. Ayer en la Rosada y aledaños, todo era silencio. Es que al Presidente no le gusta que sus ministros hablen de conflictos internos y mucho menos cuando él no está.
Fuiste mío un verano: “Gustavo no es como nosotros, pero está haciendo bien las cosas. Puso en su lugar a la corporación judicial. Avanza sobre ellos, no los recibe, les cambió las reglas de juego”. El elogio a Beliz emanó de los labios de Néstor Kirchner, mientras terminaba el verano. Hablaba con el tramo más fiel de su Gabinete y ese “nosotros” alude a identidades políticas a las que tanto el Presidente como sus allegados otorgan bastante importancia, al menos a la hora de prodigar confianzas. Beliz viene de otro palo, de otra historia, tiene otro perfil cultural... pero cuando era verano funcionaba a satisfacción. La ofensiva contra la Corte, a cuyos integrantes Beliz retaceó hasta compartir un café, tuvo en el ministro a un baluarte, en línea con los deseos y el estilo de Kirchner.
Después llegarían Juan Carlos Blumberg, la reforma penal, el asesinato del Oso Cisneros, la toma de la Comisaría 24, los desmanes en la Legislatura porteña.
Un problema estructural: El Ministerio de Justicia era, al asumir Kirchner, una pesada carga heredada. Aunar en una misma cartera Justicia, Seguridad y Derechos Humanos es una demasía. Máxime si, como ocurrió, era intención del Gobierno una enérgica acción de higiene institucional en el Poder Judicial. Una sobrecarga de labores, una diversidad de tareas, tensiones entre el Poder Judicial y la Federal. Un superministerio, hijo de una controvertible lógica política del pasado, muy difícil de comandar en su conjunto. Hay quien piensa que Beliz se fue especializando en manejar el ala de Justicia. Que Derechos Humanos siempre reportó directamente a Presidencia. Y que en lo referente a Seguridad...
... Quantín conducción: Norberto Quantín pareció desde el vamos una designación errada, al menos para el cargo que se le confirió. Hombre de rígida matriz ideológica, su perfil puede cuadrar con la función de fiscal. Pero no es para nada el prospecto de un funcionario que deba resolver conflictos que se plantean y dirimen en la calle. Nadie dice que quien gerencia la calle deba acatar sus códigos pero sí debe conocerlos, así sea para prevenir o combatir sus secuelas. Carente de criterios propios para una función que le era nueva, Quantín optó por buscar una alianza con sectores de la Federal. Y se fue sesgando hacia una política de seguridad bien distante de la que predica, a voz en cuello, el Presidente. Kirchner nunca tuvo empatía con Quantín y su encono con él creció a medida que desplegaba su gestión.
En el Gobierno, por añadidura, cundió un análisis sobre el rol del ex fiscal en el ministerio: “Quantín lo conduce a Gustavo”. “Conducir” es una palabra indispensable de la jerga política peronista que no tiene traducción exacta en otros dialectos o idiomas. Es la aptitud para imponer cursos políticos a terceros, sin usar la fuerza. Por caso, un ministro puede ser conducido por un secretario... lo que habla mal de él. La versión cuasi oficial es que Beliz, sea por confianza en su subordinado, sea por no tener ideas propias, se fue plegando a sus decisiones... y lo que es peor a sus indecisiones, a sus tics, a sus fobias. En materia de Seguridad, desde ya. Y en otros tópicos, también. Por ejemplo, sin ir más lejos...
Guerra a Comodoro Py (de baja intensidad): Sus pares imputan a Beliz “haber ido detrás” de Quantín en su accionar político respecto de la Justicia Federal. Quantín tiene hacia ellos un antiguo (bastante justificado) desdén. La mayoría de los magistrados federales acumula sobrados descréditos. Sea por empatía con él, sea por decisión propia, sea por adscribirse al perfil del Presidente, Beliz cerró todo canal de diálogo con todos los federales. Pero, a diferencia de lo hecho con (tra) la Corte, el cambio en el protocolo no fue acompañado con una acción política decidida. El Gobierno fue moroso en promover juicio político en su contra, una tarea para nada imposible. La lentitud también rigió para las designaciones en los juzgados vacantes, un recurso eficaz e indoloro para cambiar el perfil de los moradores de Comodoro Py.
En el Plan Estratégico de Seguridad, presentado en el cénit de la trayectoria de Juan Carlos Blumberg, Beliz propuso la unificación de los fueros penales, diluyendo el poder de los jueces federales. Una medida de improbable constitucionalidad que motivó rechazos aun entre los Camaristas Federales más rescatables. Beliz, que había propuesto un debate público sobre la medida en cuestión, los descalificó duramente.
La Galaxia Blumberg: La aparición de Juan Carlos Blumberg marcó un punto de inflexión en la trayectoria de Beliz. Por lo pronto, obligó al gobierno nacional a no despegarse de la seguridad en la provincia de Buenos Aires. Beliz había hecho un caso de diferenciarse de Solá, con quien urdió un juego de suma cero (en el que él se quedó con la mejor parte) que enardeció y debilitó al gobernador bonaerense.
Además de cesar en su estrategia ante la Cruzada por Axel el ministro se vio forzado a proponer un paquete de medidas concretas, cuya traslación a proyectos de ley fue bastante lenta e incompleta. Las espadas parlamentarias del Presidente no se privaron de comunicárselo, en parte para delimitar responsabilidades en parte porque Beliz no tiene demasiados amigos en la corporación política.
Una crisis endógena: Beliz, un dirigente ducho, de buen discurso público y hábil manejo mediático venía con perfil bajo desde hace meses. No puede ser producto del azar su decisión de salir a hablar ayer, con Kirchner en Venezuela y culminando una semana muy poco feliz para el Gobierno. Es una movida audaz y fuerte, máxime porque la obra en una semana también aciaga para él. Desde la Rosada le descabezaron a “su” jefe de la Federal (el segundo que le voltean) y a Quantín, su mano derecha en Seguridad. Se trata, según los libros, de una posición de debilidad en la cual Beliz dobló la apuesta.
El Gobierno transita una crisis básicamente endógena, no generada por adversarios políticos sino por sus propios límites. Los incidentes en la Legislatura fueron provocados por muy pocas personas, de nula representatividad política. No debieron exceder el nivel de una tarde violenta en cualquier cancha de fútbol. El desmanejo oficial y la interpretación mediática acrecentaron su impacto. Desde entonces el Gobierno no hace sino desmentirse o en polemizar a su interior.
Nunca es buen momento para tener una crisis, pero el actual resulta especialmente incómodo. Mandatario sustentado en la opinión pública, Kirchner hace un mundo de imponer la agenda política. En estos días la agenda escapa de las manos del Gobierno. O cae en manos de un ministro que altera el orden del día. Malas nuevas para enrarecer un cuadro de situación que dominará el fin de semana y que parece apuntar a un final anunciada. Pero que, a la hora en que se cierra esta nota (bien entrada la noche en la Argentina), todavía tiene final abierto.

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