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 Por Osvaldo Bayer

Sí, fue un verano europeo como el que se está viviendo ahora: lluvia fresca todos los días en el imparable verde que crece. Y el sol de a ratos para que no lo olvidemos. Bien, sí, así fue en 1914, el día que comenzó la Primera Guerra europea; bien, sí, así fue el día de 1939 en que comenzó la Segunda Guerra europea, apenas veinte años después de terminada aquélla, en 1918. Las interpretaciones de hoy de filósofos, de historiadores, de politólogos no es otra que: inexplicable. ¿La humanidad se volvió loca? ¿O el ser humano es loco de por sí al llenarse la cabeza con términos como “heroísmo”, la “sagrada patria”, “el honor del pueblo”? Y marcharon hacia la muerte.
Hoy ya es totalmente incomprensible. No hay ninguna ciencia que lo pueda explicar. Ni todas las variedades de la psicología, ni todas las ilusiones de la literatura. Basta esta muestra que no tiene explicación ninguna: en el osario común del cementerio de Verdún se hallan los huesos de 128.000 o 130.000 (es lo mismo) soldados muertos en esa batalla que nunca pudieron ser reconocidos. Vamos a repetir: 128.000. Vamos a contarlos uno por uno. Son los no reconocidos. Es decir, que salieron cantando desde sus ciudades, contentos con sus uniformes, con flores que les daban sus mujeres y llegaron hasta Verdún y ahí después de ser despanzurrados por los bayonetazos, o por las bombas o por las balas de ametralladora murieron en las trincheras llenas de mierda, es el último perfume que sintieron pese a que los campos estaban llenos de flores silvestres. Millones de mujeres tuvieron hijos para que después los mandaran al lugar donde morirían y jamás se los reconocería. Hasta perdieron el nombre. Los borraron por completo. Mientras las iglesias repicaban campanas, los intelectuales leían poesías encendidas de patriotismo, las mujeres trabajaban todo el día en las fábricas de armas y tenían nuevos hijos para nuevas guerras.
¡Los intelectuales! En toda Europa fueron de pronto los patriotas más encendidos. En Alemania llamaron a la guerra nada menos que Hermann Hesse, Thomas Mann, Rainer María Rilke, Hugo von Hoffmannstal, Arnold Zweig, Oskar Kokoschka, Franz Marc, Otto Dix, Alfred Döblin, Gerhard Hauptmann. Mientras tanto iban a morir en esa batalla de Verdún 335.000 alemanes y 350.000 franceses. ¿Lo repetimos? Ni uno más ni uno menos. ¿Por qué? Porque como dice Hermann Hesse en su poesía El poeta a los guerreros: “Vosotros, los que estáis allí en el frente, en las batallas, sois mis hermanos, amados por mí”. Sí, Hermann Hesse, el que leímos todos. Y Thomas Mann exigía que en la guerra, los deberes del intelectual en la guerra son: “La explicación, la santificación y la profundización de los sucesos guerreros”. Todo para que los soldados murieran en la mierda. Pero donde ya se llega al disparate: 93 intelectuales, científicos, artistas, entre ellos Max Planck, Max Reinhardt, Wilhelm Röntgen, Gerhard Hauptmann, etc., escribieron el “Llamado al mundo de la cultura: creednos, creed que nosotros llevaremos esta lucha hasta el final como un pueblo cultural, para el cual es tan santa la herencia de un Goe- the, un Beethoven, y un Kant como respeto al hogar y al paisaje patrio. Aquí estamos nosotros con nuestro nombre y nuestro honor”.
El historiador Michael Jürgs ha descrito en su trabajo Los poetas y la guerra la posición de Ernst Jünger (llamado por algunos el “Borges alemán”, mientras que otros señalaban que Borges era el “Jünger argentino”). En su libro Tormenta de acero, Jünger describe su posición en esa guerra: “Nosotros habíamos abandonado los claustros, las aulas y los talleres y nos habíamos fundido en un cuerpo grande, entusiasta. Crecimos en una época de seguridad, sentimos de pronto la necesidad de lo extraordinario, del gran peligro. Nos había abrazado la guerra como un éxtasis. La guerra debía brindarnos la grandeza, la fuerza, lo solemne. Nos pareció un hecho varonil, una especie de fiesta de caza en un prado con flores regadas con rocío de sangre. Ninguna muerte es más hermosa en este mundo”.
Sí, pero al recibir el bayonetazo en el vientre, el joven soldado de 18 años no recibía ninguna flor ni ningún rocío. Sólo la diarrea que brotaba de sus intestinos destrozados. Tampoco el fabricante de cañones, fusiles y ametralladoras recibía ni rocío ni flores pero sí una buena suma de billetes en su banco preferido. Poesía y ganancias; muerte y negocio; heroísmo y las bajezas más irrisorias de la vida de políticos, y militares e industriales bélicos.
Pero lo más patético es que veinte años después de los millones de jóvenes asesinados en los campos de batalla comenzaba una nueva guerra, aun más perversa, con bombardeos que borraban las ciudades. Ahora sí, el fuego y la sangre y la mierda llegaban a la casa de cada hogar, también en la de Ernst Jünger, sin margaritas ni rocíos.
Europa, en silencio, y con horror recuerda en agosto los noventa años de la iniciación de esa guerra sucia, perversa, cobarde, cruel: el que tiene mejor arma, gana. Cuando hoy se habla del tema hay vergüenza, no hay explicación posible. Los que ganaron y los que perdieron. Las que siempre han perdido son las mujeres: esas marchas con los niños sedientos y hambrientos, esas ciudades con todo en el suelo, esas ciudades que debieron reconstruirlas ellas. La brutalidad, la violación, la vergüenza hasta el hartazgo. Nada se aprendió. Vino la terrible representación de Hitler. Ahora empezó el Otro a imitar. Primero esa figura histriónica del Kaiser con el penacho de plumas y 155 medallas en el pecho y ahora este cowboy de salón de lustrar bombardeando ciudades y matando cada vez más niños.
Y la pregunta que cabe y alguien tiene que hacerla: y qué hicieron las mujeres, por qué aguantaron toda la estupidez y estolidez de los hombres. Más todavía, ahora ya se las empieza a usar vistiéndolas de soldados y enseñándoles también a torturar.
Tal vez ellas hubieran hecho posible o todavía pueden hacer posible aquel sueño de la paz eterna. Formando unas Naciones Unidas de Mujeres que se opusieran a toda acción bélica. En peligro de guerra, las bases se prepararían para decir no en las calles, sin grandes dificultades, en especial cuando comienza el llamado a los hijos a la movilización.
Esas Naciones Unidas de Mujeres serían convocadas –por obligación– por las Naciones Unidas actuantes. Y ahí se vería quién tiene más fuerza. Lo hemos visto últimamente en Europa cómo reaccionó la población de diversos países que salió a la calle y cubrió el cemento. Esa gente en la calle decidió la neutralidad de Alemania y de Francia. Ante el cuatrero internacional no hay otro método. Hay que cortarle la mano larga.
La socióloga alemana Ulrike Brunotte ha investigado en su libro Entre Eros y Guerra. Las uniones de hombres y su ritual el porqué del atractivo que ejerce la guerra y el llamado al combate entre los hombres. Presenta a la guerra como una experiencia deseada por la comunidad masculina de las ligas de la sociedad de hombres. Es para ellos un acontecimiento delirante, como un ritual mortuorio místico sin regreso. E investiga toda la literatura que concebía la guerra como la experiencia máxima de la masculinidad... La literatura y todas las asociaciones que enseñaban la vida dura, la aventura, los cánticos hacia la nada. Comentando este libro, Angela Gutzeit se pregunta por qué al comenzar el siglo veinte se desarrolló una imagen del Hombre que en una reflexión propia rechazaba con asco, con disgusto todo lo femenino, todo lo que fuera mezcla y democrático; para presentarse como ideal todo aquello claro como el cristal, el héroe masculino. Y dice la autora del libro que en la actualidad ha comenzado lo estólido propio de la masculinidad que está ganando en estabilidad en la política y en las actividades militares. Es justamente la pérdida de la Primera Guerra Mundial y el movimiento nazi que había unido entonces este culto de la amistad masculina que hará despreciar profundamente la democracia, el judaísmo y el feminismo. Con la pérdida de la segunda guerra se perdió todo eso, pero ahora con la autoescenificación de George W. Bush está comenzando a penetrar algo de la unión masculina ante el terrorismo de otra religión y la guerra no definida con el mundo árabe.
Es importante el estudio que hacen mujeres sobre este aspecto insoslayable del hombre y el tratar de explicarse el porqué lo atractivo irracional de la marcha indefinida del ser militar. Pero claro, pese a ese tratar de dejar al desnudo la agresión y la misión hay que seguir de cerca también el otro aspecto que ha movido siempre profundamente a todas las guerras: los intereses económicos y la agresividad de los grandes países dispuestos siempre a enseñar su moral a los países sometidos por el sistema mundial del comercio.
Los huesos de ciento treinta mil soldados de la Primera Guerra muertos en Verdún se amontonan sin nombre en ese cementerio. No pudieron ser reconocidos. Son huesos humanos anónimos. Se tendría que crear el día del soldado muerto no reconocido y respetarlo en todo el mundo. Ese es siempre el resultado final de la guerra. Tendría que marchar una columna por las calles de Washington para que le recuerden a Bush que todavía no se sabe el nombre de los soldados muertos en Verdún. Y él sigue tirando cohetes. El olvido total, la humillación eterna del ser humano. Los soldados muertos que mataron la estupidez humana y la avaricia de los del poder no están registrados.

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