ESPECTáCULOS › OSCAR ARAIZ Y RENATA SCHUSSHEIM, TREINTA AÑOS DESPUES DE SU PRIMER TRABAJO EN CONJUNTO

“El teatro siempre juega con una materia invisible”

El coreógrafo y la vestuarista y artista plástica están presentando la obra Alicia, y el próximo miércoles estrenarán Torito, un espectáculo de danza-teatro basado en el cuento homónimo de Julio Cortázar. La dupla creativa cuenta de qué modo complementa sus afinidades y sus diferencias.

 Por Silvina Friera

El matrimonio artístico entre Oscar Araiz y Renata Schussheim empezó en 1970 con la puesta de Romeo y Julieta. Desde entonces, nunca dejaron de transitar por la misma senda creativa, en el país y en el exterior. Cuando hablan o cuando se miran, se trasluce una complicidad que se extiende más allá de los proyectos compartidos después de 34 años de armoniosa convivencia. “Yo no tengo registro de nada en general, ya perdí la cuenta de los trabajos que hicimos juntos”, confiesa Renata en la entrevista con Página/12. Oscar recuerda la tentación que sintieron al descubrir en los juegos teatrales de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, un universo fascinante para recrear en un ballet. “Hice una convocatoria muy chiflada: Antonio Gasalla, Andrés Percivale, Marilú Marini, Ester Ferrando. Pero como había que ensayar por la mañana, Antonio siempre venía de mal humor. Al final, desistimos del intento”, comenta Oscar. Pero la idea no desapareció, se fue camuflando hasta que llegara la oportunidad. En 1988, el coreógrafo estrenó su versión –con una notable repercusión– en el teatro de Ginebra, cuya compañía dirigía desde 1980. Con el Ballet de Bolsillo, creado en 1996 (ver aparte), está presentando Alicia, con música de David Dei Tredici, en el teatro Maipo (Esmeralda 449), y el próximo miércoles esta dupla creativa estrenará Torito, un espectáculo de danza-teatro basado en el cuento homónimo de Julio Cortázar.
“Mirá lo que encontré”, le dice Renata a Oscar, mientras muestra el trofeo: una foto de Alice Liddell con flequillo, a los 15 años. “En realidad, nos conocimos antes de Romeo y Julieta, en 1967, porque yo fui a ver una puesta de Oscar en el Teatro Colón y quedé absolutamente enloquecida. Si yo fuese coreógrafa, hubiera hecho exactamente lo que había visto. En ese momento yo estaba exponiendo, y le comenté al galerista que quería conocerlo a Oscar”, aclara Renata. Como en toda pareja, los opuestos se complementan: ella es extrovertida y acelerada por naturaleza; Oscar, en cambio, luce más cerebral. Pero estas diferencias se disuelven frente a la fuerza de las afinidades: el amor por el silencio –ambos reconocen que detestan los ruidos molestos–, la rigurosidad estética con la que encaran las propuestas escénicas, la literatura de Manuel Puig (juntos montaron Boquitas pintadas) y la admiración por los juegos de palabras de Carroll. “Muchos adultos preguntan por qué hay tantas Alicias en la obra. El propio autor, en el poema inicial, se refiere a las tres niñas, Prima, Secunda (Alicia) y Tertia, las tres hermanas Liddell”, subraya el coreógrafo.
–¿Por qué la historia de Carroll consigue atrapar tanto a un chico como a un adulto?
Oscar Araiz: –Es muy fácil identificarse con los temas que se plantean, con los conflictos, con los placeres y con los sinsabores y amargura de Alicia, con esa especie de dicotomía entre la razón y el absurdo. Y eso sucede en todos los niveles: desde lo matemático y lo poético hasta en la realidad cotidiana, la justicia y la injusticia, las reglas y el desorden, o el autoritarismo de las Reinas. Hay tantas Reinas Rojas, perdidas por ahí y vestidas no sé de qué (risas). Existe un deseo por el placer mismo de la poesía y la armonía, por un mundo más espiritual, sin despreciar el presente.
Renata Schussheim: –Alicia... y los cuentos infantiles tienen una raíz mítica. Alicia es como Ulises atravesando diferentes estados de búsqueda, con todas las dificultades que esto implica. Al margen de lo que pueda gustar más del cuento, de lo oscuro que pueda resultar Carroll, hay algo muy profundo relacionado con lo mítico, que no responde a una época ni a una edad determinada.
–Un texto que interpela permanentemente al presente.
O.A.: –Sí, totalmente. Y con ejemplos que están más allá de la historia porque son propios de la naturaleza humana y sus contradicciones. No hay nada más angustiante que la caída de Alicia en el pozo. Y sin embargo, llega a ser placentera porque está sublimada en un acto de belleza. El momento de la caída es uno de los que más me emociona.
–¿Por qué?
O.A.: –La emoción es difícil de explicar. Pero la música, en ese momento, es muy bella. Y para mí, la música es uno de los disparadores básicos y primordiales de casi todo lo que hago. Es como una letanía infinita, y la caída es en cámara lenta. El teatro juega con una materia invisible. Y no es que me quiera hacer el misterioso o el mago, pero al trabajar con una materia invisible estás operando en el ánima del espectador y lo estás manipulando en el buen sentido, lo estás invitando a lanzarse a un viaje.
–¿Tomó como base para hacer el vestuario las ilustraciones originales de Tenniel?
R.S.: –No mucho, porque me basé en la verdadera Alice Liddell, especialmente en la foto en que ella está como vagabunda, apoyada contra la pared con la piernita doblada. Cuando la hicimos en Ginebra, yo podía ver los ensayos, y el trabajo de dibujar era paralelo con los movimientos. En Ginebra hice un montón de prebocetos, que después fui depurando. Cuando tengo mucho material, entro en un terreno de angustia porque necesito que me acoten un poco, porque si no me disparo. El momento más difícil es elegir. Pero hay un tiempo que te marca el exterior: la fecha de estreno y el ensayo general te obligan a meterte y decidir. Es como si te dijeran: “Te divertiste, estuviste dibujando, muy bien, ahora hay que empezar a cortar la tela”.
–¿Con cuál de los personajes se sintieron más identificados?
R.S.: –Con la Reina Roja. Ultimamente estoy repitiendo a cada rato “que le corten la cabeza”. También con el Conejo Blanco, porque vive corriendo sin saber a dónde. Pero ahora estoy más Reina Roja que nunca: hoy decapitaría a varios (risas).
O.A.: –Me identifico con Carroll porque es el que construye, el que relata, el que narra, y a mí me gusta la narrativa, y sobre todo la narrativa no verbal, que es mi fuerte. No hice un trabajo apoyado estrictamente en los personajes porque no quería hacer una traducción literaria del texto. Traté de exprimir del cuento la situación anímica, la angustia, la confrontación, la paranoia, la esquizofrenia, y todas esas situaciones que le pasan a Alicia, cuando es acusada, perseguida, duplicada, o cuando se ve en el espejo.

Entre el hospital y el ring

“Qué vas a hacer, ñato; cuando estás abajo, todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba.” Así comienza la historia del boxeador Justo Suárez, Torito, el cuento de Julio Cortázar que Oscar Araiz leyó por primera vez mientras residía en Ginebra. “Los proyectos son como los bolsillos: vas metiendo material, hasta que en un momento el bolsillo se llena, explota y aparece algo”, sugiere el coreógrafo. “Lo que más me gustó del cuento de Cortázar es esa situación ambigua entre el hospital y el ring”, explica Araiz. “Hay un solo intérprete-bailarín y un servidor de escena (a cargo del actor Leo Dyzen), que asume diferentes actitudes: es la enfermera, el empresario, el entrenador, una novia, la madre, es el sentimiento del público alrededor, es la voracidad, la ambición, la ternura.” Rodrigo Pardo, el intérprete, realizó un entrenamiento intensivo en las técnicas del boxeo. “Casi todos los movimientos son una mixtura entre el box y el teatro”, añade el coreógrafo. Torito se presentará de viernes a domingo a las 20 en la sala Contemporánea del Centro Cultural Recoleta (Junín 1930). “Fuimos a los gimnasios y grabamos el ruido del punch, los jadeos de los boxeadores entrenando, el timbre que suena cada 45 segundos, y ese material fue el que utilizó Edgardo Rudnitzky para componer la banda sonora”, comenta Araiz.
–¿Qué fue lo que más les interesó del mundo del boxeo?
O.A.: –La futilidad y la manipulación del sistema, la gloria y la decadencia rápida, veloz y descartable. Ese es el tema que más me impactó. Pero también la pureza del personaje.
R.S.: –Hay un libro de una escritora norteamericana, nominada al Premio Nobel, Joyce Carol Oates, que se llama Del boxeo, en donde recopila entrevistas a boxeadores y reflexiona sobre el deporte desde una mirada femenina. Soy una apasionada del boxeo. Es un buen deporte para practicar mientras no te revienten la cara (risas).
–¿Encontró un paralelismo entre la vida del boxeador y la del bailarín?
O.A.: –Sí, ambos tienen una vida muy intensa, pero acotada. La decadencia del bailarín es la decadencia del cuerpo. Lo más dramático es que el bailarín desaparece físicamente, pero mentalmente no, lo cual es tremendamente angustioso, porque el que fue bailarín se quedó sin arma, y en general no sabe hacer otra cosa.

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Renata Schussheim y Oscar Araiz empezaron a trabajar juntos en 1970 con una puesta de Romeo y Julieta.
 
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