CONTRATAPA

¿Todos tenemos algo que ocultar?

 Por Sandra Russo

“Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar.” La nueva ficción de América arrancó bien: 14 puntos. El elenco parece una obra en construcción al revés: los ladrillos sostienen a los clavos. Juanita Viale hace mohínes, pero allí está Daniel Kusniezka. Pamela David apabulla con su envoltorio despampanante, pero Romina Ricci actúa. Moria Casán se sobreadapta al papel de “ex Miss Mundo devenida en fotógrafa de fama internacional”, pero Claudia Lapacó da cátedra vestida de agente de seguridad de un supermercado. El casting de Doble vida es, en principio, una curiosidad, un cóctel, un in vitro que probablemente marcará época. A caballo entre tiras con elencos cuyo máximo aporte es ser tapas de Gente, y de productos de los otros, generados a partir de una idea clara y de realización impecable, Doble vida se ofrece como algo rico que no engorda, como algo entretenido que no abochorna. Pero el título. El título, qué joya.
Es el título, en principio, el que hay que celebrar. En las promociones una voz ronca dice: “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar”. Y se ven ráfagas encendidas de gatos deambulando por el lupanar cinco estrellas, chicas enchastradas de barro, un crimen, culitos de varones jóvenes que ejercen como taxi boys, luces rojas aquí y allá, en fin, ráfagas que insinúan que hay una doble faz en la que la gente se despeina y se tira a la pileta con la ropa puesta. Y que después se la saca. “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar” es una frase-hallazgo que seguramente funcionó de parabienes entre los telespectadores que, sentados en el living familiar, tratan ahora de hacer dormir a los chicos para sacárselos de encima y poder ver tranquilos un remedo del porno soft que a veces cazan al azar en I-Sat. Doble vida, si prende, adelantará las cenas de fideos con manteca y el cuentito de los Tres Chanchitos antes de las diez de la noche para que las miradas infantiles no incomoden a papi y a mami si aparecen esas chicas en pelotas sucias de barro y con ojitos lascivos que juegan a una especie de falso catch y que harán que la patrona, acaso, le tape los ojos al marido para que no se entusiasme tanto. O a lo mejor no, a lo mejor la patrona ligará un buen momento un par de horas después gracias a los jadeos de Juanita en el jacuzzi del telo al que arribó con uno de sus amantes. ¿Qué sabe uno de todo esto? Poco. ¿Qué sabe uno qué calienta a alguien? Nada. ¿Qué botón de la mente hay que apretar para que “lo sexy” no se quede atascado en “lo ridículo”? Misterio. ¿Por qué el sexo vende tanto, vende siempre, interesa a hombres y mujeres, a pobres y ricos, a púberes y a veteranos, a curtidos y a leves? ¿Será por que sobreabunda o escasea? Adivinen.
No deja de ser interesante que, en la trama presentada hasta ahora, lo que se ve no es cualquier tipo de sexo sino uno más específico: sexo pago. Los personajes de la ficción no se bajan la bombachita ni el calzoncillito por vocación sexual sino por alguna otra razón gris, estacionada entre otros dos grandes tópicos: el dinero y el poder. Las chicas enchastradas de barro detestan ensuciarse, pero no les queda otra. Las modelos que posan “muy perritas” para fotos de catálogos privados devuelven gentilezas al fotógrafo con lo que tienen, sus cuerpos. La “fama internacional” de la “ex Miss Mundo” es rifada ante un cheque suculento. Hay una muerte tipo García Belsunce que es llorada, pero no esclarecida para no entorpecer el pago de un seguro de vida. En ese sentido, la ficción recupera del sexo uno de sus motores y lo desenmascara, supone el observador, no como un ejercicio de lectura política sino más bien haciéndole caso a una inercia según la cual si hay sexo, pero también si hay mafia y lucha de poder, hay más “gancho”. ¿Por qué engancha a la gente este paquete de relaciones subidas de tono y manipulación constante del débil por el fuerte? ¿Qué es más secreto? ¿Qué es más revulsivo? ¿La doble vida de un ama de casa que a la noche se pone los tacos y gatea para ganar plata fácil, o la doble vida de un funcionario que en público se pavonea con el bien común, y en privado recibe cada mes un sobre con 100 mil dólares de sobresueldo?
Mientras en la inocente pantalla de televisión una tira da cuenta de esa doble vida, que es mentira que tenemos todos, todos nos sentimos un poco como aquel Señor López de Trillo y Altuna que tenía una vida tan plana y aburrida que se iba al baño a abrir sus puertitas y a soñar con aventuras increíbles. Pero al mismo tiempo los diarios dan cuenta de otras dobles vidas mucho más perniciosas, se retrotraen a una época “sexy” de la política argentina, en la que un presidente viejo, petiso y feo lograba que los medios adictos lo vieran rubio y de ojos celestes. Menem fue todo lo “sexy” que puede hacer a alguien el dinero. Las vedettes que pasaban por Olivos (como antes otras pasaban por la ESMA, para fotografiarse con gorritos marineros al lado de las escorias) reforzaban la idea de que el poder y el dinero son un lubricante que no falla. Y así, ficción y realidad se imbrican, en un país en el que siempre se supo más de lo que se podía probar. Si bien las dobles vidas en general son atractivas por su fuerza narrativa, hay algunas casi anecdóticas al lado de otras. Las de la tira de América son casi pueriles al lado de las dobles vidas que investiga la Justicia. El sobresueldo es un tipo de doble vida cuyo erotismo se socializó impunemente. El sobre con los 100 mil dólares es el ejemplo más claro y puntual de la obscenidad argentina reciente.

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