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Viernes, 6 de mayo de 2005

URBANIDADES

Se llama discriminación

Campaña realizada en San Francisco, Estados Unidos, por la confidencialidad del test de VIH.

 Por Marta Dillon

Al día siguiente, ella todavía se preguntaba si efectivamente ése había sido un acto de discriminación. Era una pregunta retórica, había estado ahí, la habían empujado suavemente fuera del consultorio, le habían hablado de “su problema” como causa para negarle la práctica médica y aun así el relato lo hace con una gesto despojado de emoción, como si necesitara confirmar que lo que había pasado se podía evaluar como ¿discriminación? Era lógico que se lo pregunte, a veces la experiencia no alcanza para la certeza, es más, frente a algunos hechos la experiencia es lo primero que el entorno pone en duda, de hecho es una forma de conocimiento bastante devaluada. Vos porque estás muy sensible, te suelen decir. Vos porque estás para el cachetazo.

Pero ella no estaba para el cachetazo. Ella estaba en el Instituto Papanicolaou, del doctor Marcos Peluffo (MP 21615), con su orden para una biopsia vaginal que estudiaría unos pólipos que su ginecóloga había advertido. Se habían cumplido las formalidades en el escritorio de la secretaria, se había abonado el coseguro correspondiente para afiliados a la Obra Social de los Trabajadores de Prensa de Buenos Aires e incluso se había tomado un ansiolítico recomendado por un profesional idóneo para atravesar el trauma de una nueva intervención en esa zona sensible que ya venía siendo intervenida por distintos problemas desde hace más o menos un año. Por las dudas, ella había pedido el día en el trabajo. Por las dudas, su ginecóloga le recomendó guardar doce horas de reposo después de la mínima intervención. Por las dudas, en lo del doctor Peluffo la dejaron esperando cerca de 40 minutos. Por las dudas es algo que entiende después, porque no había nadie más que ella en el consultorio que, como suele hacer casi como un acto reflejo, había explicado a la secretaria que tiene vih, que hacía poco le habían practicado una histerectomía y que, qué garrón, ahora de nuevo estudios que le generan una ansiedad lógica y, sobre todo, unas ganas bárbaras de terminar con ese trámite desagradable. Y ese fue el problema, decir abiertamente lo que le sucedía.

Pasados los 40 minutos, una doctora de pelo teñido casi blanco, mediana edad, prolija ella, la hace pasar pero en lugar de invitarla a tomar posición en la camilla le pide que se siente. ¿Por qué? “Sucede que nosotros no sabíamos que usted era hiv positivo, y en estas condiciones no le podemos hacer la biopsia, no tenemos los elementos.”

–¿Cómo? –pregunta ella, deprimida por haber acumulado el valor necesario para someterse a la biopsia, en vano.

–Bueno, el doctor Peluffo decidió que no se la vamos a hacer hoy.

–¿Y entonces cuándo?

–¿Este es su teléfono? –dice la doctora mirando la orden–. Nosotros la llamamos, la semana que viene. O la otra –insiste empujándola hacia fuera del consultorio.

–Pero sucede que pedí el día en el trabajo, y además estaba lista, hasta me tomé el ansiolítico...

–Vaya, vaya a su casa y acuéstese que le va a hacer bien –dice la doctora del pelo blanco, dando por sentado que ella estaba enferma y que su lugar natural es la cama–. Yo le doy un papel para el trabajo.

El papel, que ya estaba impreso, lleva la firma de Lucrecia Illescas (MP 32959) y sirvió para que la doctora pudiera huir por bambalinas, mientras ella (que no tiene ninguna gana de dar su nombre) se queda pensando. ¿Cómo es que no tienen los elementos? ¿Qué elementos? ¿Y entonces si yo no digonada usan los mismos elementos conmigo que con la paciente que sigue? ¿Y si mi hija viene después de alguien que no dijo lo que le sucedía? ¿Y si viniera después de mí? Las preguntas se acumulaban y algunas salieron de su boca frente a la secretaria: ¿Quiere decir que en este consultorio no tienen medidas de bioseguridad, o sea que cualquiera se puede infectar?

–Ah, no sé señora, eso se lo tendría que haber preguntado a la doctora -dijo la secretaria y también se perdió por el foro. Cuando volvió, era la mujer maravilla, ¡una eficiencia!

–Yo mejor le devuelvo todo ¿sabe? Acá tiene su orden, ¿tenés 20 pesos? -le preguntó a otro empleado–, dámelos que se los devuelvo a la señora. ¿Me podría dar el papelito que yo le dí?

–La verdad –contestó ella– no sé si se lo tengo que dar.

–Sí, la veo confundida, démelo, deme el papelito, acá no va a poder hacer nada, démelo.

No se lo dio. Se lo llevó como prueba. Ella fue a su obra social, allí le dijeron que fuera a otro lado, aunque en otro lado tenía que pedir presupuesto. Entonces subió a ver al director de la Obra Social de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires y le contó su historia.

–¿Por qué no va a otro lado? –le dijo el doctor Font.

–Yo voy a otro lado, pero le estoy hablando de otra cosa

–¿De qué me está hablando? A ver, dígame, ¿qué es lo que piensa?

–Pienso que esto es discriminación –dijo ella.

–¡Pero no! Es ignorancia, es como pasaba antes con los leprosos, a la gente le da miedo y se pone bruta –dijo el director. Qué cosa, pensó ella, porque son médicos los que este señor llama ignorantes. No deberían, al menos no deberían atender gente, pensó y le preguntó al director de su obra social si iban a seguir trabajando con ese prestador.

–Naturalmente ¿qué quiere que haga con esa gente? Por supuesto que vamos a seguir, además Ud. no sabe qué tipo de arreglo tiene el doctor Peluffo con sus empleados...

Y por supuesto que tampoco le importa. Lo que le importa a ella es que hay momentos en que está bueno decir basta. Que si en 2000 no pudo decirle nada al obstetra de su hija (Dr. Mir) cuando, confeccionando la historia clínica de la joven y al toparse con que su mamá tenía vih, le soltó “¡Ah, tu mamá estaba en la joda!”; eso no quería decir que tuviera que aguantar cualquier cosa. Por eso fue a la Obra Social, lástima que ahí todo hubiera empeorado. Hasta la hicieron dudar de lo que había sentido. En la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires no hubo dudas, le tomaron la denuncia, igual que en el Inadi. Y es que, francamente, no hay por qué aguantarse cualquier cosa de cualquiera. ¿O no era el sida un problema de todos?

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