CONTRATAPA

Deshacer la guerra

 Por Rodrigo Fresán

UNO La esencia de la guerra es siempre la misma aunque su envase vaya cambiando con los tiempos. Hubo un tiempo –lo hemos leído en novelas de Stendhal y Tolstoi o en películas de Kubrick– donde se empezaba ordenado. El inicio de la batalla coreografiado como un ballet de batallones; como queriendo prologar así, con cierto patológico sentido de la estética, el inevitable caos que no demoraría en triunfar sobre prados y playas y trincheras.
Por estos días las cosas son muy diferentes: las computadoras seleccionan los blancos y, enseguida, el cielo se llena de estrellas que se estrellan sobre la tierra.

DOS Y allí estuvo el periodista Jon Lee Anderson. Llegó un año antes y se quedó hasta un año después. Y todo eso lo cuenta en el recién aparecido La caída de Bagdad (editado en Anagrama) que presenta en un mediodía lluvioso de Barcelona. De entrada, Anderson advierte que él no se definiría como un corresponsal de guerra –porque no se apunta ni siente la obligación de concurrir a todo conflicto armado– sino como alguien que se interesa por determinados sitios y por las historias y la Historia que allí se producen en un determinado momento.
Así, Anderson va y mira y escribe y reporta desde The New Yorker. Así, La caída de Bagdad es una crónica donde se nos advierte casi de entrada que “en cuanto empieza una guerra, ésta adquiere una especie de vida orgánica propia. Tiene flujos y reflujos imprevisibles y también su propio modo de expandirse y contraerse”. La caída de Bagdad es la narración y recuento –“intentando ser objetivo”– de esas contracciones preocupándose más por la gente del lugar: “personas normales, con las mismas preocupaciones que tú o yo, pero viviendo y acostumbrándose a vivir en condiciones surrealistas” (su amistad con el artista y cirujano plástico Ala Bashir, hombre cercano a Saddam, es uno de los nudos dramáticos del libro) e “intentando que el lector sienta la tierra del lugar bajo sus uñas” y así “humanizar a esa ciudad, una virtual diana horizontal, que fue Bagdad”.
Anderson se impuso como final para su libro la partida del primer “virrey administrador” Paul Bremmer. Bremmer se fue diciendo que todo estaba mucho mejor que a su llegada y Anderson se marchó de regreso a su casa en Londres. Pero sus hijos no lo dejaban trabajar en paz. Así que a grandes problemas, grandes soluciones: Anderson volvió a Bagdad para poder terminar, más tranquilo pero en guerra, la escritura de La caída de Bagdad.

TRES Y la sorpresa –o no tanto– es que entonces Anderson supo que quien había caído era Saddam mientras que Bagdad seguía cayendo. Las casi últimas palabras de su libro son: “Había transcurrido un año, pero parecía como si la capital no hubiera caído en absoluto... o quizás aún estuviera cayendo”. Y es que, también, los finales de las guerras ya no son lo que eran. Ahora todo cae cada vez más lento, más despacio, como si apenas se moviera, como suspendido en el aire y mecido por las constantes brisas de guerras.
Le pregunto a Anderson si piensa que conviene un repliegue de las tropas norteamericanas y me responde: “Ahora es demasiado tarde para eso...”. Le pregunto cuáles fueron sus modelos a la hora de escribir el libro y me contesta: “Orwell, Hersey, Herr, Kapuscinski”. Le pregunto si piensa que la juventud de los Estados Unidos se organizará en una resistencia activa contra la intervención y suspira: “Son pocos los que saben de Vietnam. No les interesa. Y viven un presente enloquecidamente militarista. Y cada vez hay más videogames donde se lucha y se mata. Así que...” Le pregunto cómo se definiría a sí mismo y afirma: “No soy un pacifista ni un ángel de la misericordia. Está bien que Saddam haya caído. Lo que no está bien es todo lo demás y el modo en que se hizo: puestos a invadir se tendría que haber entrado con 700.000 soldados en lugar de 150.000 y cerrar el país a cal y canto y, entonces, proceder a fondo y sin dudas. Las guerras nunca son buenas, pero se puede intentar hacerlas bien”. Le pregunto cómo imagina a Irak a corto y mediano plazo y se lo piensa un poco y finalmente dice: “Como el mundo que aparece en Mad Max... sólo que con petróleo, con mucho petróleo”.

CUATRO Y las guerras de hoy generan mucha non-fiction pero pocas grandes novelas. La primera Guerra del Golfo, que yo sepa, sólo inspiró The Aardvark is Ready for War, de James W. Blinn. “Tal vez ahora les toque escribirlas a los iraquíes”, teoriza Anderson, quien también es autor de una biografía considerada definitiva del Che Guevara.
Y los tiempos siempre están cambiando y difícilmente las actuales postales bolivianas o el barroco muy primitivo en los discursos de Chávez inspire hoy a adolescentes del Viejo Mundo a hacer la América y revisitar las utopías paternas con modales de turismo aventura.
Y escribo todo esto –mientras leo las novelas de Le Carré con George Smiley como protagonista, escritas al calor de la Guerra Fría– durante y adentro de la que se considera una de las crisis más graves en la historia de la Unión Europea. Si semanas atrás fue la debacle/referéndum por la Constitución, ahora se viene la reunión en Bruselas donde –todo parece indicarlo– costará sacar adelante la aprobación de las “perspectivas financieras” y/o repartijas del período 2007-2013. El asunto viene torcido porque Inglaterra no lo ve claro (piensa, como otros, que da mucho y recibe poco) y a más Estados menos millones, y –para muestra basta botón rojo– España pasará a recibir 5000 millones de euros en ayudas cuando, entre el 2000 y el 2006, recibió 48.000 millones. A la hora de la verdad, la ampliación se ve linda en el mapa pero duele demasiado en la billetera. Y el pueblo no quiere saber de qué se trata.
Sigo con Le Carré –novelas ahora súbitamente históricas y melancólicas– y pienso en que si aquello era la Guerra Fría entonces esto es la Guerra Frappé. Ya saben: lo que antes se apostaba desde los casinos de oficiales y después se codificaba en los servicios de inteligencia, ahora se conquista y se bebe en las cimas de cumbres continentales.
Lo del principio: algunos juegan al TEG, otros juegan al RISK y tarde o temprano todos caemos en la cuenta –todos caemos como Bagdad– y nos descubrimos jugando al SOS.

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