CULTURA › ENTREVISTA CON EL ESCRITOR ESPAÑOL ENRIQUE DE HERIZ

Fantasías sobre la identidad

El ex editor de Ediciones B en España, ahora “del otro lado del mostrador”, explica el sentido de su novela Mentira, que parte de este supuesto: “qué pasa si por error nos dan por muertos”.

 Por Silvina Friera

“Yo me destripo en cada libro de una manera visceral”, dice Enrique de Hériz. Y no es una exageración: sus tripas están diseminadas en las 632 páginas de su última novela Mentira (Edhasa). El escritor español lleva vendidos más de 30.000 ejemplares en menos de un año; la obra se está traduciendo a diez idiomas y obtuvo el prestigioso premio Llibreter –el que otorgan los libreros de Barcelona– al mejor libro publicado durante el 2004. ¿En qué recovecos de la mente se sumerge la historia para atrapar a los lectores? Nada menos que en una fantasía universal, según explica el autor, que nació en Barcelona en 1964: “que por error nos den por muertos”. Esto es lo que le sucede a la antropóloga Isabel García Luna, especialista en ritos funerarios; ella sigue viva en la jungla guatemalteca, pero descubre que “murió” en un accidente cuando lee la noticia en un diario español.
De Hériz fue editor de Ediciones B en España, pero ahora regresa a Buenos Aires como un escritor consolidado en el panorama de la narrativa española. “Dejé de ser editor por un plan nada ingenuo ni idealista: dar por hecho que me iba a ir mal en términos económicos, que no iba a vivir de lo que escribía. Entonces me dije: ‘Voy a trabajar las mismas horas, voy a ganar menos, pero voy a ordenar ese tiempo de manera que me permita escribir’. Eso es lo que estuve haciendo en estos últimos años”, señala De Hériz en la entrevista con Página/12. Alejado del mundo de la edición, el autor de Historia del desorden y El día menos pensado se gana la vida como traductor y con su taller de escritura en la Universidad de Barcelona.
–¿El sentido de la escritura es una pregunta ineludible?
–Sí, pero conviene eludirla porque a lo mejor la respuesta sería que no tiene sentido. Joyce escribía con una actitud que, salvo un rapto de locura, hoy en día no es posible. En sus cartas les pedía a sus amigos que le enviaran dinero porque él estaba regenerando la historia de la literatura y no tenía tiempo para pequeñeces. Estaba convencido de eso y probablemente tenía razón. No se puede enfrentar la escritura con esa idea; creo que hay que ser muy poco ambicioso a la hora de publicar y en cambio muy ambicioso a la hora de escribir.
–¿El tema de fondo de Mentira es la identidad?
–Sí, hay muy pocas conversaciones que no pasen por el “yo soy”, “a mí de pequeño me contaron”; estamos en el recuento constante de quiénes somos y vivimos en una revisión permanente que me parece poco higiénica. Uno tiene que aceptar que es muy sano saber quién eres, pero sea cual fuere la respuesta tiene una parte legendaria, es una construcción.
–¿En la novela también trabaja la contraposición entre el discurso científico y el literario en la búsqueda de la verdad?
–Se supone que el método científico consiste en eliminar todo lo que no sea la verdad, pero cuando contamos historias también lo hacemos con ese estímulo. En ambos casos, cada vez que uno cree haber dado con la verdad, el tiempo demuestra que era una instancia más de lo auténtico que abre un montón de preguntas. El proceso de transmisión de la identidad por medio de la leyenda familiar es igual: cada vez que alguien se rebela contra esa carga de la historia termina sustituyéndola por otra leyenda.
–Es un tanto nihilista.
–No, más bien al contrario, la cláusula principal de ese pacto es la verdad, pero sabiendo que es legendaria. No es nihilista, para mí es un estímulo de autenticidad y positivismo; creo que lo ingenuo es aceptar cualquier definición de la identidad individual o grupal.
–Una lectura posible de la novela es ponerla en relación con la situación de España: la hija reclama la búsqueda de la verdad y la memoria, mientras que su madre prefiere olvidar y perdonar.
–No tengo como principio ningún tipo de intención sociológica, no escribo pensando que tal personaje representa a un sector de la sociedad, porque creo que con eso no se puede hacer buena literatura. Hay una novela de Scott Fitzgerald, El niño rico, que en el principio dice: “Empieza por un personaje y tal vez finalmente consigas tener una tipología; empieza con la tipología y no vas a tener nada”. Esto es una ley de escritura fundamental. Hace un año y medio que estoy esperando en España que una sola persona me haga esta pregunta, pero no me la hicieron. Publiqué una novela que pone en duda la necesidad de esa obsesión con la identidad, y lo primero que esperé es que tuviera algún tipo de lectura política.
–¿Usted apoya la visión de la madre o de la hija?
–Si pudiera haber una mezcla razonable entre las dos..., hay huecos por donde meter la mano y eso hay que hacerlo, pero está la duda de cuándo va a ser el momento adecuado. Por el volumen de las heridas que despiertan esos intentos parece que todavía duele demasiado. Aún no pudimos superar el trauma de la guerra civil, por eso es muy difícil llegar a una posición razonable, porque como en toda guerra civil los dos bandos cometieron atrocidades innombrables. Esa revisión está pendiente, durante mucho tiempo no se hizo, y luego paradójicamente quien la está haciendo es quien era oficialmente “el bando malo”. Hoy el intento de revisión consiste en decir “los malos eran los otros”. Si lo que vamos a hacer es pasar de los malos a los buenos, o viceversa, esta revisión no funciona.
–¿Por qué?
–No tenemos aún la distancia mental para decir “desenterremos los cuerpos” y dejemos escrito lo que ocurrió. Hay necesidad de hacerlo, y defiendo esta postura, pero el pacto de la transición, que hoy es muy criticado, finalmente hizo posible lo que se puede llamar un milagro de convivencia. Este pacto se exportó como modelo para la transición democrática en muchos países latinoamericanos y africanos, pero ahora los propios españoles estamos diciendo que eso que quisimos exportar es justo lo que no hicimos bien, sin tampoco saber si lo hicimos bien o no.

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De Hériz ganó el premio a la mejor obra del 2004, otorgada por los libreros de Barcelona.
 
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