CULTURA › UN TRIBUTO A ERNESTO SABATO

Homenaje sentido a un pesimista

Para Saramago, un “profeta áspero y agreste que la vejez no ha conseguido domeñar”.

 Por Silvina Friera

El escritor hormonalmente pesimista, el que no tiene serenidad porque su conciencia se niega a aceptar todas las desgracias del mundo, estaba en el escenario de El Círculo, cerca de su “hermano mayor”, el escritor José Saramago, otro pesimista lúcido que no se fía de los espejismos de la realidad. Ernesto Sabato lloraba, se sacaba los anteojos, se limpiaba las lágrimas y saludaba a la gente que le gritaba “maestro” o “genio y centralista”, y resultó al menos extraño, incluso hasta un tanto pacato, que en una ciudad donde es un orgullo para la mitad más uno llamarse “canalla”, no se hayan animado a gritarle esta palabra, que suena mucho mejor que “centralista”. Elvira González Fraga le agarraba la mano, emocionada por los aplausos. Algunos coreaban su apellido como si estuvieran en la cancha de Central. En los ojos de la mayoría de las 1600 personas, que se juntaron para presenciar el homenaje al Premio Cervantes 1984, se notaba ese estremecimiento que provocaba ver al escritor de 93 años sensibilizado por ese fugaz y frágil momento de felicidad que, seguramente, perdurará en la memoria del autor de El túnel como una jornada inolvidable.
Antes de hablar, Saramago se paró detrás del atril, aplaudió a Sabato y prometió palabras breves, pero en las que había puesto el recuerdo y las emociones. Sobre el escenario, estaban sentados la subsecretaria de Cultura de la Nación, Magdalena Faillace; la senadora Cristina Fernández, el gobernador de Santa Fe, Jorge Obeid; el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, y el director del Instituto Cervantes, César Antonio Molina. El autor de Ensayo sobre la ceguera señaló que su iniciación en el universo narrativo de Sabato fue hacia el final de los años ‘50, cuando en un café de Lisboa se reunía con unos amigos para hablar de libros en “voz alta” y de política en “voz baja”. Por las intervenciones de un compañero algo excéntrico, el escritor portugués escuchó por primera vez el apellido Sabato. “Por un extraño fenómeno acústico cualquiera, el día que oí pronunciar ese nombre, entonces desconocido para mí, asocié las tres rápidas sílabas que lo componían a una súbita puñalada”, subrayó el Nobel de Literatura. Gracias a ese compañero de café, el portugués pudo leer la novela El túnel y comentó que enseguida comprendió hasta qué punto había sido exacta la osada asociación de ideas que lo llevó de un apellido a un puñal: “El puñal Sabato, después de clavado, no se retiraba de la herida, permanecía allí, moviéndose por sí mismo, despacio, para que la sangre no dejase de correr y la deseada cicatriz no acabara siendo nada más que un sueño imposible”.
Saramago enfatizó la importancia que tuvo la lectura de las novelas y los ensayos del argentino. “Me encontraba ante un autor trágico y al mismo tiempo eminentemente lúcido que, además de ser capaz de abrir caminos por los corredores laberínticos del espíritu de los lectores, no les consentía, ni siquiera durante un solo instante, que desviasen los ojos de la esquina más oscura del ser”, sostuvo, y añadió que en Sabato encontró una amalgama de surrealismo, existencialismo y psicoanálisis, soporte doctrinario de las novelas del autor de Sobre héroes y tumbas. “No nos debería hacer olvidar que ese proclamado ‘enemigo’ de la razón que se llama Ernesto Sabato fue a la falible y humilde razón humana a la que acabó apelando cuando sus propios ojos, libres de escamas, se enfrentaron con ese otro apocalipsis que fue la sangrienta represión sufrida por el pueblo argentino”, apuntó el narrador portugués, en referencia al rol que ejerció Sabato como presidente de la Conadep.
Saramago confesó que conoció a Sabato –al que calificó de “profeta áspero y agreste que la vejez no ha conseguido domeñar”– cuando lo visitó en Santos Lugares. En Cuadernos de Lanzarote, Saramago escribió el impacto que tuvo para él esa peregrinación a la meca del argentino. “Entre el temor y el temblor en que nuestras vidas discurren, la tuya no podía ser una excepción. Aunque quizá no se encuentre en los días de hoy una situación tan radicalmente dramática como la tuya, la de alguien que, siendo tan humano, se niega a absolver a su propia especie, alguien que a sí mismo no se perdonará nunca su condición de hombre. No todos te agradecerán la violencia. Yo te pido que no la desarmes”, concluyó.
El director de la RAE, Víctor García de la Concha, entusiasmado como un niño, lo llamó a Sabato “querido maestro”, y admitió que no tenía palabras para elogiar al escritor. “Qué paradoja que el director de la RAE diga que no tiene palabras cuando tiene el diccionario”, bromeó. Y añadió, parafraseando al Quijote de Cervantes: “Por Dios, hermano, cómo es posible que tratándose de Sabato puedas suspender tu ingenio”. También, emocionado, justificó con un refrán el hecho de no encontrar las palabras adecuadas para homenajear al escritor argentino: “La palabra es corta si el agradecimiento es largo. Gracias maestro, todas las gracias del cielo por vuestro ejemplo de escritor”. Además, comparó la escritura de Sabato con el curso del río Paraná, que se ensancha a medida que avanza. “Su escritura es un río que no se sobrepone a la tierra, que se marida con la tierra, arrastrando a la naturaleza y a la historia –precisó García de la Concha–. Su escritura y su obra convocan al lector, cualquiera sea, a ser ciudadano de ese mundo nuevo en el que para adquirir carta de ciudadanía es preciso renunciar a posiciones tomadas de antemano.”
Muchos se asombraron al escuchar en audio la voz de Sabato, que en opinión de Saramago es como un “río negro”. El texto que todos siguieron con atención fue de Abbadón el exterminador. Al final, hubo una tormenta de aplausos y lágrimas que enrojecían algunos ojos: los del escritor y los de esa comunidad de lectores que lo ovacionaban de pie. Sabato, debilitado por tanto cariño, moviendo su mano para saludar a todos, se esforzaba por comprender por qué él, que escribió en Abbadón que el “universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto”, logró, en el tumulto de sus ficciones, construir una obra que tendría como destino la revelación de un territorio fantástico: la conciencia del hombre.

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La emoción de Sabato frente al homenaje rendido por el escritor portugués.
 
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