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No recuerdo un partido así

Por Gianni Miná*

Después de la desafortunada prueba de la selección de Trapattoni en el Mundial de Oriente, terminada con la eliminación del equipo azzurro contra Corea, tres cosas merecen destacarse.
Primero, la arrogante Italia futbolística de los magnates que compran jugadores extranjeros pagando millones pero no ganan nada, fabrican deudas y no consiguen elegir un presidente de la liga profesional de fútbol, un organismo con menos peso ante los organismos internacionales que Malasia o las Islas Salomón. Segundo, el movimiento futbolístico en nuestro país, a pesar del sentido práctico de Trapattoni, ha resultado mucho más modesto de lo pensado, como demuestran las siete u ocho pelotas de gol desperdiciadas contra Corea. Tercero, jamás como en esta copa del mundo 2002 todo parece decidido desde hace tiempo y en una oficina.
Si el fútbol profesional italiano avanza en el sentido de la dignidad, debería pedir a Franco Carraro que renuncie no solo a la presidencia de la Federación de Fútbol sino también a todos los cargos que detenta en el seno de la FIFA y de la UEFA. Un movimiento serio no puede aceptar que le tomen el pelo no solo un árbitro como el ecuatoriano Moreno sino también su mandante, el inefable presidente de la FIFA Joseph Blatter, investigado en Suiza por distraer fondos del organismo que preside. Franco Carraro debería hacerse cargo de esta realidad, sobre todo siendo, como es, un dirigente que se mueve con guantes de seda y modales casi andreottianos.
En más de 40 años de carrera profesional, no recuerdo un partido de fútbol en que una selección con tanta historia, al margen de sus actuales limitaciones técnicas en el mediocampo, haya sido perjudicada por el referí más que la selección italiana contra Corea.
Somos gente de mundo. Por eso estábamos preparados para un arbitraje que fuese condescendiente con la necesidad de preservar a los “corredores coreanos”. Pero jamás pensamos que un árbitro pudiese sacarle tarjeta amarilla a Coco y un segundo después decretar un penal en contra nuestra. Todo esto podía ser parte de una simple advertencia del referí Moreno: “Estoy obligado a ser severo con ustedes. Ténganlo en cuenta”. Lo que sí es insoportable, además del arbitraje hostil, es la expulsión de Totti, por presunta simulación, justo en una acción donde existía la duda de un penal a favor nuestro. Y estuvo el enésimo gol normal anulado a Italia, el de Tommasi en el segundo tiempo suplementario. Un gol que nos habría permitido pasar a cuartos de final. Presidente Carraro, ¿alguna vez ha visto que un equipo, y ni hablemos de una selección nacional, haya sido privada de cinco goles bien convertidos en solo tres partidos?
Eliminado Japón, no era concebible que Corea del Sur abandonara el mundial de Oriente, en el que ambos países invirtieron una montaña de dólares. Brasil, eso sí, quedó resguardado. Al contrario de Italia, gozó de arbitrajes escandalosamente favorables, como se vio el lunes último en el partido contra Bélgica. Ya no están en carrera la Argentina, Francia, Portugal e Italia. Es casi una vendetta de las facciones que triunfaron en las últimas elecciones de la FIFA. Es verdad que las grandes selecciones, con jugadores agotados por la avidez del fútbol de los grandes clubes, no hicieron mucho por sobrevivir. Pero Italia, incluso con sus límites, que Trapattoni evidentemente había intuido, merecía pasar a cuartos de final.
Espero que ahora muchos se ahorren los razonamientos típicos del día después y las afirmaciones sobre las tácticas de un equipo que, como Corea del Sur, hasta ayer mismo era considerado por ellos como “un fútbol muy moderno”. Algunos críticos deberían también pedir excusas a Dino Zoff, el anterior director técnico, crucificado por Berlusconi. Con un fútbol a la italiana, hace dos años nos llevó a una final con Francia.
En suma: más que Trapattoni y su selección, aquí falló todo el aparato sobredimensionado y endeudado de nuestro movimiento futbolístico, y definitivamente perdió credibilidad la mafia que, como escribió Le MondeDiplomatique, gobierna actualmente el negocio del fútbol sin ninguna regla ni moral.
*De Il Manifesto, de Roma, especial para Página/12.

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