ECONOMíA

El fracaso no le basta a la Argentina para asustar

Pese a su profunda crisis, el país no reúne los rasgos que plantea la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense para considerarlo una amenaza y, eventualmente, rescatarlo.

 Por Julio Nudler

Aunque, contra toda evidencia, en la Argentina muchos siguen imaginando que, en algún momento, Estados Unidos decidirá acudir al rescate del país con un gran paquete de ayuda, incluso imponiéndole una suerte de protectorado, con órganos centrales de gobierno intervenidos, lo cierto es que el caso argentino no encaja en el perfil exigido. Con la experiencia del 11 de septiembre, Washington viene de definir un conjunto de características para que un país en problemas, en el que antes no se hubiese fijado, merezca ahora su mayor atención. Son, estrictamente, rasgos que lo convierten en una amenaza potencial para la seguridad de la superpotencia, según la particular percepción actual de la administración republicana. En tal caso, si el país en cuestión no es elegido como blanco de un “ataque preventivo”, tal vez pueda aspirar a que los estadounidenses resuelvan ayudarlo, ante todo con medios económicos, a resolver los problemas que lo convirtieron en un estado presuntamente peligroso. Este no es, por ahora, un adjetivo aplicable a la Argentina. El profundo empobrecimiento, la desnutrición o el desempleo no implican en sí mismos un riesgo para otros.
Según la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de George W. Bush, hoy las amenazas para Estados Unidos no provienen de países expansionistas, conquistadores, poderosos (la Unión Soviética antes de su disolución, o el Japón del Eje, por ejemplo), sino de estados fallidos, que pueden servir de refugio y teatro de operaciones a organizaciones terroristas, sobre todo si éstas pueden adueñarse allí de recursos como drogas, diamantes o minerales estratégicos. Tales países afectarían los intereses norteamericanos al provocar flujos de refugiados, traficar con bienes prohibidos, forzar costosas misiones de paz (léase militares) o asistencia humanitaria, y también al estropear oportunidades de negocios.
En la correspondiente jerga norteamericana se llama “estados fallidos” (failed states) a países cuyo gobierno central no ejerce un control efectivo sobre porciones significativas de su territorio, ya sea por conflictos armados o por el colapso del aparato gubernamental. Ejemplos de situaciones como éstas son Afganistán, Somalia, la República Democrática del Congo y Sudán. Colombia entra parcialmente en esta categoría, porque en realidad tiene un gobierno central relativamente fuerte, aunque haya regiones donde no mande.
Otros casos, menos extremos (a los que en lugar de failed denominan failing states), son los de naciones donde existe un control gubernamental sobre todo el territorio, pero donde ese control es endeble. Suele ser, por ejemplo, el caso de países que vienen de dejar atrás guerras civiles, como Bosnia, Angola y varios otros africanos. Hay finalmente un amplio abanico de países con regímenes débiles o jaqueados aunque no abiertamente inoperantes, como Paquistán, Georgia, Albania, Yemen, Nigeria e Indonesia.
Las organizaciones terroristas pueden aprovecharse de las porosas fronteras de los países fallidos, y de la ausencia de imperio de la ley en ellos, además de la debilidad o inexistencia de las fuerzas de seguridad, para mover hombres, armas y dinero alrededor del mundo. Desde esos territorios contrabandean diamantes y drogas para financiar sus operaciones. También pueden reclutar combatientes entre la población local, cuya juventud, pobre y desesperanzada, suele abrigar agravios religiosos o étnicos. Varios países africanos responden –siempre según el punto de vista estadounidense– a estas características.
Susan E. Rice, de Brookings Institution, respalda calurosamente, en un reciente documento, la ESN de Bush por el énfasis que ésta coloca en los países fallidos como preocupación, pero le reprocha no poner en juego instrumentos adecuados ni recursos suficientes para enfrentar la amenaza. Esta analista sostiene que los medios normalmente aptos para promover el crecimiento de los países subdesarrollados no funcionan en el caso de los estados fallidos, o las ayudas plantean exigencias que directamente losexcluyen como posibles receptores. En una palabra: se pretende ayudar a los buenos, cuando en realidad el problema estratégico son los malos. Y también: no es cuestión de hacer méritos para ser ayudado. El esquema no se parece en nada al que supuestamente funciona con el Fondo Monetario.
Rice reclama a Bush ir más allá del “reconocimiento retórico” del problema y avanzar hacia un enfoque más estratégico, caracterizado por la acción preventiva y respuestas innovadoras respecto de estados cuyo fracaso está profundizándose. Aunque la Argentina parecería caber en este molde, aun careciendo de diamantes, fundamentalistas islámicos o regiones liberadas, no se la menciona en todo el extenso documento ni una sola vez. Dejar impaga una enorme deuda no merece la consideración de amenaza al imperio.

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