ECONOMIA › TEMAS DE DEBATE: ¿HAY QUE AJUSTAR O EXPANDIR EL GASTO PARA REACTIVAR LA ECONOMIA?

Política fiscal en tiempo de crisis

Los especialistas reivindican el incremento del gasto primario para recuperar un mayor ritmo de crecimiento y cuestionan a los economistas ortodoxos que reclaman austeridad fiscal, como si la economía funcionara igual que una casa de familia.

Producción: Tomás Lukin

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La irrazonable austeridad

Por Martín Guzmán *

El debate sobre la capacidad de las políticas de austeridad para reactivar a una economía en recesión se ha intensificado en los últimos días, a partir de la difusión de un artículo elaborado por investigadores de la Universidad de Massachusetts Amherst que muestra que los resultados de un artículo influyente de dos profesores de la Universidad de Harvard (Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff) estaban mal calculados. Reinhart y Rogoff aseguraban que los países que tenían ratios de deuda sobre producto más altos exhibían tasas de crecimiento del producto más bajas. Sin embargo, en sus cuentas habían omitido incluir a un conjunto de países que estaban muy endeudados pero que eran de los que más crecían. Al incluirlos, se pierde la relación que ellos postulaban. Este artículo había sido utilizado en el debate político para justificar políticas que abogaban por ajustes fiscales (menos gasto público y más impuestos) para promover el crecimiento.

¿Pueden ser expansivas las políticas de austeridad fiscal? Es casi imposible, y para que lo sean se tiene que dar un alineamiento misterioso e inexplicable de las creencias de la gente acerca de cómo funciona la economía.

Comencemos por describir los argumentos de quienes defienden la austeridad, a quienes llamaremos los austeros. Los austeros sostienen que cuando los déficit se reducen, se restaura la confianza en la economía y como consecuencia el gasto en inversión crece. De esta manera, la austeridad tendría efectos expansivos sobre la demanda agregada, que es la demanda de bienes y servicios de los distintos participantes de la economía, y es la demanda que genera empleo. Además, el aumento de la inversión implica mayor capacidad productiva en el futuro, por lo que los efectos positivos se observarían no sólo en lo inmediato, sino en los años siguientes. ¿Por qué la gente confía más en la economía luego del ajuste? Porque al reducir el déficit fiscal, dicen los austeros, la capacidad de repago de la deuda es mayor. La lógica es similar a la de un hogar que recorta sus gastos y mantiene (o incrementa) sus ingresos.

Quienes argumentamos que la austeridad empeora las recesiones, pensamos que el mecanismo keynesiano convencional es el correcto. Hay una falsa analogía entre cómo funcionan las finanzas de un hogar y las finanzas de un país. Si las finanzas de un hogar están en problemas, recortar los gastos puede ser la solución. En cambio, si el gobierno recorta los gastos del país, eso hará que todos tengamos menos ingresos, y que por lo tanto caigan las ventas, lo que llevará a una nueva ronda de disminución de ingresos, y así sucesivamente, agravando la recesión. Mientras que el gasto de un hogar aislado tiene efectos insignificantes en la economía, el gasto del gobierno tiene efectos que nos incumben a todos. En la jerga de los economistas, diríamos que el gasto del gobierno produce externalidades macroeconómicas. Lo que para el hogar es una solución, para el país en su conjunto es un agravamiento del problema.

Tenemos entonces dos teorías con prescripciones de política opuestas. En las ciencias exactas o naturales, sólo una de ellas podría ser correcta. Pero en economía, a diferencia de tales ciencias, las convicciones afectan a la realidad. Las creencias acerca de cómo funciona la economía afectan la forma en que realmente funciona. Para que la austeridad funcionase, tendríamos que creernos que efectivamente es el camino correcto. Si todos creemos que la austeridad va a ser expansiva, a pesar de que no hay razones para creer en tal cosa, entonces nuestra confianza en la economía aumentaría, y en consecuencia invertiríamos y gastaríamos más.

Esto no pasa. Hay muchos experimentos de políticas basados en la creencia de la austeridad expansiva ejecutados durante recesiones (casi todos ellos impulsados por el FMI, como el ajuste fiscal del gobierno de De la Rúa previo a la crisis de 2001). En todos ellos, la austeridad llevó a menor crecimiento, y en algunos casos, hasta estuvo acompañada de incrementos en los déficit en lugar de reducciones, ya que el menor crecimiento llevó a que la recaudación impositiva fuese mayor que el ajuste en el gasto (hay un único caso en la historia en que se siguió una política de austeridad en un momento de recesión y prosiguió una expansión: Irlanda en 1987, un caso excepcional en el que un boom en su principal socio comercial combinado con una fuerte devaluación fueron los factores expansivos relevantes). En todos ellos la austeridad estuvo racionalmente acompañada de una reducción y no de un aumento en la confianza.

Si la austeridad es recesiva, ¿por qué tantas veces se considera, se discute y hasta se aplica? Porque además de tener creyentes, tiene potenciales ganadores con recursos para hacer lobby y propaganda en su favor, aquellos jugadores del sistema financiero cuya búsqueda de beneficios privados va en contra del bienestar social. La austeridad puede ser razonable para ellos, pero es irrazonable para la sociedad en su conjunto.

* Doctor en Economía por la Universidad de Brown, investigador en la Universidad de Columbia.


Garantizar el crecimiento

Por Pablo Mareso *

Como respuesta al shock externo causado por la crisis originada en los países centrales, durante 2009 la mayoría de los gobiernos sudamericanos incrementó sensiblemente sus gastos primarios, lo cual les permitió recuperar rápidamente el ritmo de crecimiento previo. En efecto, a pesar de que también influyeron otros factores exógenos, estas políticas fueron determinantes para que la tasa de crecimiento del producto evolucionara en forma de V y no de U. La excepción a esta regla parece haber sido Venezuela, en donde la evolución del gasto fue procíclica durante la crisis y la recuperación más lenta.

Este margen de maniobra inédito en relación con lo observado en crisis anteriores debería dar cuenta de una situación también atípica en la macroeconomía de los países de la región. Algunos economistas han interpretado que la mejora en los indicadores fiscales y cierto manejo prudencial del gasto durante la etapa de bonanza serían los factores relevantes a la hora de interpretar las causas que permitieron adoptar estas políticas. De aquí se desprende que la implementación de reglas fiscales que vinculen el resultado primario del gobierno a la evolución del ciclo económico (como la regla chilena o colombiana) podrían ser instrumentos eficaces para enfrentar contingencias de este tipo.

Sin embargo esta interpretación presenta algunos problemas. En primer lugar porque la supuesta adopción de políticas fiscales contracíclicas en la etapa de expansión 2003-2008 no parece haber sido una práctica generalizada entre los países de la región. En segundo lugar, y más importante aún, porque soslaya el factor común que permite aglutinar la experiencia de todas estas economías, el cual tiene que ver con la decisión política de reducir los pasivos en moneda extranjera y de acumular activos externos de libre disponibilidad, posibilitada por los altos precios de los principales productos de exportación y el elevado nivel de liquidez internacional. Contrariando a quienes postulaban la ineficiencia de estas políticas, la crisis volvió a demostrar que en un escenario de fuga hacia la calidad el “buen comportamiento fiscal” previo no garantiza en absoluto la obtención de financiamiento para los países que no emiten una moneda de reserva internacional.

Lo acontecido durante los últimos diez años invita a reflexionar acerca de las condiciones de factibilidad de los actuales procesos de crecimiento en la región, y en particular sobre la relación entre el gasto público y la sustentabilidad externa de los mismos. En este sentido, es importante destacar que el generalizado incremento de las erogaciones gubernamentales se transformó en una herramienta para potenciar el crecimiento de largo plazo, habida cuenta del efecto positivo del aumento del producto y de la inversión pública sobre la productividad. La mayoría de estos países incrementaron sus gastos primarios tanto en términos reales como en relación con el PBI durante la última década. El caso de Chile es la excepción más notable en este contexto y posiblemente esto se relacione con su pobre desempeño relativo en los años 2000, después de haber presentado una tasa de crecimiento muy superior al promedio durante los años ‘90.

Desde un punto de vista más general, las herramientas disponibles para hacer política económica deberían enfocarse en garantizar el espacio necesario en el sector externo que permita mantener un ritmo sostenido de crecimiento sin incurrir en situaciones de vulnerabilidad. Esto incluye, si se lo hace adecuadamente, la utilización de opciones vinculadas a la cuenta capital del balance de pagos. En los últimos años, el crecimiento acelerado ha impulsado un aumento de las importaciones superior al de las exportaciones, provocando una tendencia a la reducción de los resultados de la cuenta corriente que han sido compensados con inversiones extranjeras directas y de cartera. Sin embargo, no se debe perder de vista que la posibilidad de mantener en el tiempo un rápido incremento del producto para los países de la región está inexorablemente ligada a la acción de un Estado que tenga por objetivo transformar una matriz productiva de inserción periférica en la economía mundial. De lo contrario, la actual coyuntura internacional derivará en mayor dependencia de los precios de unos pocos productos de exportación con escaso valor agregado y de las decisiones de los países centrales acerca del nivel adecuado de la tasa de interés internacional.

* Investigador Cefidar.

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Imagen: Arnaldo Pampillón
 
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