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Arenas movedizas

 Por Julio Nudler

El Sur tiene la ventaja de la contraestación, la de ser el revés del Norte. Así, Chile la aprovecha para exportar uva en fresco a Estados Unidos, por citar un ejemplo. Pero el mundo se aceleró tanto que ahora Oriente puede sacar partido hasta de su diferencia horaria con Occidente. Por caso, una clínica de Chicago envía por Internet en la madrugada, ante una urgencia, una tomografía a un especialista en India o en Israel, donde en esos momentos es de día, y recibe rápidamente el diagnóstico. Se ahorra así la guardia nocturna de costosos profesionales. En realidad, muchas lo están haciendo de modo permanente para remplazar trabajo caro.
Este comercio internacional de servicios, que ya genera intercambios por miles de millones, tiene una rara particularidad: no pasa por ninguna aduana, no hay ninguna carga a ser inspeccionada por un vista. Eso no significa, sin embargo, que esté a salvo de barreras, que indefectiblemente irán surgiendo (la exigencia de revalidar títulos universitarios, por ejemplo) si el mundo no encuentra mejor manera de administrar sus desequilibrios. Es decir, si las negociaciones comerciales siguen empantanadas y si la guerra de paridades entre el dólar, el euro, el yen, el yuan y algunas otras monedas no conduce a algún acuerdo, que hoy parece inalcanzable.
Por de pronto, otro fenómeno novedoso es que como ahora ciertos países de la periferia exportan los llamados servicios de segunda generación, muchas veces ligados a la tecnología de la información, Estados Unidos y en cierto modo la Unión Europea ya no presionan por una liberalización a ultranza en todos los mercados y a todo lo ancho del comercio de servicios, término que hasta algún tiempo atrás remitía a los tradicionales, como por ejemplo los financieros.
La Argentina cedió completamente ante esas presiones en los ‘90, Consenso de Washington mediante, con hitos como la legislación sobre inversiones extranjeras, diferenciándose de la política restrictiva que mantuvo Brasil, incluso respecto de su socia en el Mercosur. En adelante, según piensa Débora Giorgi, el país debería acompañar las duras posiciones de su vecino mayor en las negociaciones con terceros, pero a condición de poder ingresar al mercado brasileño con toda clase de servicios.
Espontáneamente, por sus recursos humanos y sus salarios muy bajos en dólares, la Argentina ya captó una fracción, aunque por ahora mínima, de los empleos que emigran del mundo desarrollado hacia países de costos reducidos, en particular India. Más allá de producir software para celulares o de atraer la instalación de call centers (la importación de equipos para esos centros de llamadas creció sustancialmente), varias multinacionales proyectan ubicar aquí centros de cómputos y procesos administrativos. El fenómeno es creciente: de Costa Rica a Paquistán, muchos países rezagados han creado zonas francas destinadas específicamente a la exportación de servicios.
Por razones obvias, en la Argentina preocupa más que nada el proteccionismo agrícola de los países centrales, que es la manera en que éstos respondieron al peligro que amenazaba a un sector básico. Las potencias toleraron luego, mal o bien, con pujas y fricciones, la emigración de industrias mano de obra intensivas o de commodities, mientras ingresaban a una era posindustrial en la que –se suponía– pasaban a dominar por completo nuevos sectores de alta tecnología, en veloz expansión. Economistas como Stephen Roach se preguntan cómo reaccionarán ahora al ver resquebrajarse ese idealizado supuesto.
En realidad, los procesos de centrifugación ocurren en diferentes planos tecnológicos al mismo tiempo. Para comprobarlo basta ver la alarma que hay en Cataluña a estas horas por la mudanza de fábricas a Eslovaquia. Ahora parece que un país como España debe sufrir en carne propia, respecto delos entrantes socios pobres de la Unión Europea (los diez del centro y el este), el mismo proceso del que se benefició cuando ingresó como socio de menor desarrollo a la entonces CEE. Es el precio que paga por haberse enriquecido. Pero nada de esto sería tan dramático si no fuera porque las economías dominantes, o bien no crecen, o bien crecen pero sin generar empleo. Esto condujo a que países como Alemania y Francia debieran violar el sagrado acuerdo de Maastricht, excediéndose en el déficit fiscal.
En esta situación, todos necesitan que Estados Unidos siga sirviéndole de locomotora a la economía mundial, lo cual implica profundizar los enormes desequilibrios –externo y fiscal– de Norteamérica. La depreciación del dólar expresa esa brecha y debería ayudar a cerrarla, pero en dos años la devaluación fue de un insuficiente 13 por ciento porque naciones con las que Washington mantiene un gigantesco déficit comercial, como China y Japón, impiden total o parcialmente la apreciación de sus monedas. Esto concentró la revaluación en el euro, en parte porque los doce países que lo comparten, comercian muy intensamente entre ellos y notan así relativamente menos la sobrevaluación de su moneda.
La caída del dólar le vuelve cada vez más difícil a EE.UU. atraer los capitales que requiere para convalidar y financiar su déficit. Por tanto, hay dos consecuencias posibles, no excluyentes: un giro hacia un mayor proteccionismo, castigando particularmente a China, y un aumento de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal, expectativa que cundió esta semana, a costa en principio de un menor crecimiento. Respecto de la cuestión china hay un dato significativo: dos tercios del aumento de las exportaciones de ese país en los últimos diez años fue logrado por subsidiarias de multinacionales norteamericanas, europeas y japonesas.
Por ende, erigir barreras contra las importaciones desde China implicaría, para Washington, Berlín, Londres, París o Tokio, penalizar la estrategia de sus propias transnacionales, que lo plantean como una cuestión de supervivencia en una economía globalizada. ¿Hasta qué punto son esos gobiernos independientes del poder de las multinacionales? ¿Cómo podrán resolver el conflicto entre los negocios y la política? Por el momento no cabe duda de que la globalización se está saliendo en algún sentido del libreto concebido por los países centrales. En parte porque aparecen actores que apenas si figuraban en el reparto. La impresión es que de aquí al 2 de noviembre, cuando Bush gane o pierda, habrá como una calma chicha. Se presume que nadie intentará ninguna gran movida. Después nadie sabe.

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