ECONOMIA

Cavallo en Harvard, con saudades de Buenos Aires

Se le acaba el contrato en Harvard y lo deprime pensar en seguir en EE.UU. Su consuelo son las esporádicas charlas telefónicas con su viejo amigo Kirchner. La desilusión por no ser “un segundo Sarmiento”.

 Por David Cufré

La idea de vivir otro año en Estados Unidos lo deprime. Su contrato con la Universidad de Harvard termina en junio y por estos días tiene que decidir si negocia su renovación o inventa algún otro proyecto. Ingenio no le falta, aunque sus íntimos reconocen que es difícil encontrar en él rastros de su carácter avasallante de otros tiempos. “Tampoco es Chacho Alvarez, que se pasó cuatro meses jugando al playstation”, describe con saña uno de sus antiguos colaboradores. Domingo Cavallo vive su estadía en Boston como un exilio. Maldice a quienes responsabiliza por su situación, pero admite con resignación que sobrevaloró sus fuerzas para enderezar el rumbo de un plan, su plan, que estaba a punto de derrumbarse. “Saber que no quedará en la historia como un segundo Sarmiento lo tortura”, apunta otro ex ayudante, que tenía acceso libre a su despacho, y agrega, bajando la voz, un dato resonante: “Lo único que le importa es cuando de tanto en tanto lo llama Kirchner”.
Página/12 rastreó la actual situación de Cavallo con fuentes del Gobierno, del sistema financiero, con empresarios afines al mediterráneo y con hombres de su (ex) partido, Acción por la República. Todos coinciden en que su única obsesión es volver, pero sabe que todavía no es el momento. Lo comprobó personalmente en su última visita al país. Cavallo estuvo aquí entre el 20 de diciembre y el 10 de enero últimos. Uno de los objetivos del viaje –que hizo para pasar las Fiestas con su madre– era testear la reacción de la gente al verlo. Por eso voló en líneas comerciales de Nueva York a Buenos Aires y, luego, a Córdoba. Nadie lo agredió ni lo insultó, pero el ex superministro palpó el rechazo que produce su figura. Lo siente también, con dolor, por los pocos llamados que recibe en Estados Unidos.
Todo cambia cuando el que está del otro lado de la línea es el Presidente. En esas conversaciones siente que vuelve a vivir. Las fuentes consultadas coincidieron en que Kirchner y Cavallo tuvieron siempre una relación amistosa, que incluía visitas del matrimonio santacruceño a la casa del ministro cuando éste formaba parte del gobierno de Carlos Menem. Para ninguno de los informantes es una sorpresa que el diálogo entre ellos continúe. La relación, sin embargo, no es entre pares como se planteaba incluso cuando Cavallo era uno de los hombres más poderosos del país, sino de subordinación.
“Estamos contentos con que no nos nombre”, admite, usando el plural como los hinchas de fútbol, uno de los pocos incondicionales que le quedan al ex líder de Acción por la República. “Fijate que cuando demoniza a los ‘90, a nosotros no nos menciona”, argumenta, como prueba del trato especial que Kirchner le reserva a Cavallo. El dato, como contracara, patentiza la dimensión de la ruina política de quien fue, por dos décadas, un protagonista central de la escena pública. Hoy se contenta con que el máximo jefe del Estado no lo critique, y con que lo rescate del olvido, aunque sea de manera secreta y para obtener de él información y opiniones que acomoda junto a otras que extrae de muy distintas fuentes.
Kirchner, más que ningún otro presidente desde la vuelta de la democracia, con Carlos Menem en el polo opuesto, tiene un particular interés por entender el funcionamiento de la economía. Los cavallistas cuentan una anécdota que atribuye ese interés a una antigua discusión entre los entonces ministro de Economía y gobernador, que Cavallo –según esta versión– ganó claramente, tocando el orgullo de Kirchner, que decidió ponerse a estudiar. Los kirchneristas no dan el menor crédito a esa historia, pero confirman la vocación presidencial por formarse un criterio propio sobre temas económicos.
Además de Roberto Lavagna, ministro en el que confía pero con el que se cruzó más de una vez, Kir-chner consulta la opinión y lee los papers de otros economistas. El presidente del Banco Central, Alfonso Prat Gay, quien forma equipo con su vice, Pedro Lacoste, y el consultor –ex empresario, ex presidente del Banco Central– Javier González Fraga, suelen acudir al despacho del jefe de la Casa Rosada. Alberto Fernández alienta esos encuentros. Julio De Vido, por su parte, le acerca a Kirchner los documentos que prepara su economista de cabecera, Eduardo Curia. Roberto Frenkel también llega con sus escritos al Presidente, mientras que Arnaldo Bocco, presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior, y Felisa Miceli, titular del Banco Nación, son igualmente escuchados. Las opiniones de Guillermo Reca, jefe para América latina de Merrill Lynch, banco contratado por el Gobierno para que lo asesore en la reestructuración de la deuda, le sirven a Kirchner para armarse un mapa y conocer cómo piensan en los centros financieros internacionales.
Cavallo es otra pieza de ese tablero, por más que su estrella ya no brille como en los ‘90. Las invitaciones que recibe para dictar conferencias en universidades y foros económicos en distintos países cayeron de manera dramática. Su figura no tiene ni el lustre ni la influencia de aquellos años. Es más, una de las pocas cosas que lo alegra es que en agosto de 2003 pudo dar un salto de la New York University, adonde lo habían contratado para ofrecer charlas un año antes, a la Universidad de Harvard, adonde cumple una función que lo entusiasma más, como profesor titular de la cátedra de Estudios Latinoamericanos. El día a día se le hace más llevadero, ya que está en contacto permanente con sus alumnos, corrige papers y puede intercambiar ideas sobre lo que ocurre en la Argentina.
A pesar de que sus preocupaciones son más mundanas y que ya no puede soñar con el bronce, Cavallo tiene acceso al establishment internacional. Y por eso Kirchner lo llama cada tanto. Es una persona a la que le puede hacer preguntas sobre cómo piensan figuras como William Rhodes (uno de los vicepresidentes del Citibank), Stanley Fischer (presidente de Citigroup Internacional y ex número dos del FMI) o Andrew Crockett (presidente de JP Morgan y candidato a la jefatura del FMI). Ellos, entre otros, integran el Grupo de los 30, un selecto club de economistas y banqueros del que también forma parte Cavallo.
A Kirchner le interesa estar al tanto de los movimientos en esas alturas y el mediterráneo puede ayudarlo. Quiere saber cómo juegan esos actores en medio de la pulseada por la reestructuración de la deuda. A pesar de su decadencia personal, los contactos de Cavallo siguen siendo muy poderosos. Larry Summers, ex secretario del Tesoro de Estados Unidos, es presidente de la Universidad de Harvard y quien lo contrató para trabajar allí. Otros miembros del G-30 son Gerald Corrigan (director del banco de inversión Goldman Sachs), Paul Krugman (economista de gran influencia en Estados Unidos), Jacob Frenkel (de Merrill Lynch y asesor en el megacanje) y Paul Volcker (ex presidente de la Reserva Federal).
Cavallo intenta revalorizarse frente a esos personajes mencionando sus conversaciones con Kirchner. Les dice que el presidente argentino “tira y tira pero no rompe, conoce las reglas del juego y le interesa llegar a un acuerdo para salir del default”. El ex ministro valora su contacto con Kirchner como el único puente que lo mantiene unido a la Argentina, aunque sabe que su relación con la ciudadanía está tan dañada que quizá nunca se arregle. Otras líneas que tiene con el actual gobierno son Alberto Fernández, Juan Carlos Pessoa y Leonardo Madcur.
El actual jefe de Gabinete llegó en 2000 a la Legislatura porteña como candidato de Acción por la República y, años antes, había sido nombrado por Cavallo como superintendente de Seguros. El vínculo entre ellos, sin embargo, se interrumpió por una pelea que tuvieron en 2001, cuando Cavallo intentaba negociar un acuerdo con las provincias y Fernández –como delegado de Kirchner– le jugó en contra. Con Pessoa, encargado de las relaciones con el Congreso de la Jefatura de Gabinete, Cavallo sigue siendo amigo. Y Madcur, secretario de Coordinación Técnica de Economía, lo había acompañado en 2001 en su aventura en el Palacio de Hacienda. El padre de Madcur, Monir, es un empresario de la construcción que respaldó siempre al cordobés, aunque ahora están algo distanciados. Mientras espera el momento en que pueda volver a la Argentina –por más que ya no tiene ilusiones de rearmar su partido, que quedó completamente desarticulado, su deseo es vivir aquí–, Cavallo imagina nuevos negocios. Con su último intento no le está yendo muy bien: montó una consultora para ofrecer ayuda a empresarios argentinos –y latinoamericanos en general– que quieran entrar al mercado de Estados Unidos.
El plan original consistía en abrir oficinas en Nueva York, Boston y Washington, pero la repercusión no fue la que esperaba y sólo mantiene a un grupo de empleados en Nueva York. Ante cada golpe, Cavallo se refugia en su familia. Lo consuela que al menos ahora sus hijos están cerca: Eduardo cursa un doctorado en Políticas Públicas en Harvard, Alberto vive en Boston y va por una maestría en negocios en el MIT y Sonia reside con su esposo y su hijo en Washington. Una de las pocas ventajas que encuentra Cavallo de su actual situación es que tiene tiempo para ver a su nieto, Daniel, hijo de Sonia, a quien sólo conocería por fotos si hubiera nacido en sus años de superministro.

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Cavallo enseña en la Universidad de Harvard, pero quisiera volver a la actividad en la Argentina.
 
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