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Escapadas

En el lenguaje corriente “escapada” es ese desplazamiento efímero que permite poner en suspenso lo que hay que hacer para habilitar otro espacio, otro tiempo. Una escapada puede servir para dejar unos momentos el trabajo y hacer una visita, para salir de la ciudad a no más de una hora de distancia.

 Por Marta Dillon

Puede ser que un día cualquiera el tedio abra los ojos al insomnio antes que los primeros pájaros urbanos comiencen su piar monótono y sin poesía. Pájaros de los que no se sabe el nombre, sin música en su parloteo, pájaros que desgarran las mañanas cuando voluntariamente se elegiría el silencio, cuando ni siquiera los rumores cotidianos se han animado a quebrar la pausa de la noche. Puede ser que la cama sea una mortaja entonces, de la que hay que escapar antes de que el sudor provoque naufragios que nadie llorará porque de todas maneras con sólo poner un pie fuera de esa sopa de los propios líquidos las cosas volverán a ser lo que eran, sin más pérdida que esa del sueño que tan bien consuela. Puede ser, sencillamente, que la mortaja sea la casa entera, que el sonido que cerca la conciencia sea el goteo de una canilla, la radio de un vecino que madruga junto a canciones que parecen oxidadas por el chirriar de la FM. Puede ser que ninguna de esas cosas suceda y aun así el paisaje de siempre, la pava que espera por el hervor del agua, el pan que será tostadas, las frutas para el jugo, que todo eso que podría ser puro placer adquiera una superficie tan lisa, tan previsible, tan sin fisuras que den ganas de manotear ese telón de fondo como si fuera papel de escenografía barata, fácil de rasgar, destrozar o al menos volver a pintar. Puede ser que ése se convierta en el momento ideal para una escapada, una interrupción y un desplazamiento. Detener la inercia de las cosas y emprender el rumbo hacia otro lado, como si hubiera que desorientar a un perseguidor invisible que nos pisa los talones guiado por el mapa de los hábitos corrientes.
Hay que escapar, ser otro(a), usar un sombrero cuando nunca lo hicimos, ponerse el disfraz de un atuendo inesperado, como el que se advierte en los trabajadores de oficina que asisten al yugo en días feriado sin la imposición del trajecito, la corbata, los tacos o el pantalón largo. Abandonar la cubierta del barco que conducimos a diario y huir al bar de la esquina de un barrio desconocido para que el café lo sirva alguien más, que no distingue en nuestro semblante ninguna nota discordante y tampoco –mucho menos– nada familiar, lejos de quienes esperan por una(o), desplegando un diario que no es el que habitualmente se desliza bajo esa puerta que se acaba de cruzar y dejar que se cierre tras la espalda como clausurando una manera de ser todos los días. En esa mínima escapada al lugar de la melancolía –la ventana del bar– se podría inventar un personaje de película, un poeta pobre al que nunca se concede el sueño y escribe en servilletas las lágrimas de los amores perdidos. O hacer cuentas, ¿por qué no? Cuentas que no pertenezcan al domicilio constituido, ni al materno ni al del último divorcio. Cuentas que hagan un inventario de los minutos que se puede pasar fuera de la propia vida antes de que la añoranza ponga fin al paréntesis y vuelva el programa de siempre: el cine, el asado dominguero, el llamado postergado que se anota siempre en la misma columna de la contabilidad cotidiana.
Escapada es también un viaje corto, así se define la palabra en los suplementos de turismo, una salida que no alcanza para vacaciones y sin embargo consigue la ilusión de haber dejado todo en suspenso, de que el cielo y el horizonte pertenecen a la lista de las posibilidades aletargadas, siempre a la espera de un buen momento. Subirse a un tren, por ejemplo, dormir lo que la cama no permitió y abrir los ojos cuando no haya nada en el paisaje que resulte familiar. Bajarse en Moreno y hacerse trasbordo, llegar a Luján pero nunca en Semana Santa. Llegar a la basílica un lunes como hoy en el que no hay excusas para reclamar pido gancho porque la pausa de las Pascuas ya pasó de largo con su tiempo extra, sus huevos de chocolate, su rosca de Pascua y hasta su escapada de fin de semana largo. Porque la que se propone aquí no es la escapada del turismo, que exige programación, votos para que el clima acompañe y bicicletas para los chicos cargadas en el portaequipaje. Esta escapada puede llevar a quien la tome a destinos desconocidos, pero hay que quitarle como si fueran espinas sus intenciones previas, su utilidad y el anhelo que despierta la marca roja en el almanaque.
Esta escapada que se describe merece una cuota de desconcierto –el perseguidor está ahí, invisible, podría llamarse tedio él también, agobio, desesperanza o lo que guste quien tome la propuesta–, nadie va a cuidar las plantas en nuestra ausencia, los animales de la casa deberán esperar el regreso del amo, no hay tampoco un punto de llegada; solamente la necesidad de modificar el paisaje habitual y creer sinceramente que hay aventuras posibles aunque más no sea ese gesto imprevisto de llegar a El Tigre y tomar una lancha cualquiera, no un catamarán de paseo, eso nunca. Una lancha de esas que toman los que saben a dónde van, los que son esperados o al menos bien recibidos, y dejar que el traca traca del motor sobre el agua le dé ritmo a la huida de los pensamientos habituales. Que las cabelleras de las crestas de indio que crecen entre las raíces de las casuarinas, agrupadas en un lugar que no esperábamos pisar, de la alerta para pedir al lanchero que se detenga en ese muelle que vaya a saber de quién es, para apoyar la cabeza un rato en esa alfombra verde y peluda; cortar después alguna rama de papiro, robar un brote de azalea y buscar otro muelle, cualquiera, para volver a subir a la lancha sin pensar ni por un instante que el movimiento pueda resultar sospechoso para algún mirón escondido entre las islas de las miradas de muchos otros. El agua, el río, qué mejor que dejar la tierra firme para saber que ya no estamos donde deberíamos, donde se espera, no vamos a comer a un restorán, ni a comprar plantas o mimbres al puerto de frutos, vamos ahí porque la intención es irse, escaparse, dejar un espacio en blanco cuando había tantas cosas con que llenarlo.
Los(las) afortunados pueden huir en auto, a un lugar nunca sugerido, en ningún diario, en ninguna revista, sin recomendaciones previas. Siempre se puede comprar un poco de fiambre en un almacén al paso, de eso hay en todos lados, y dejar que sea nada más que la ruta a ningún lado lo que guíe las ruedas. Eso y la distancia que se va a abriendo como un silencio, una bendición, una posibilidad. La de entrar en uno de esos motelitos de ruta con sus corazones entrelazados y sus nombres sugestivos, pedir un sospechoso trago largo si es que hay servicio en la habitación clandestina –y dejar fuera el perseguidor, desorientado, aturdido, repasando todo lo que se debería hacer y se está dejando en suspenso por ese ridículo capricho de escaparse a ningún lado–. Es posible hacerlo aun cuando haya nadie en el asiento del acompañante, basta un gesto de valentía y una campera haciendo bulto al costado como si hubiera alguien que necesita cubrir su pudor de la mirada del falso conserje. Una vez adentro será fácil conseguir la certeza de haber montado la puesta en escena de una huida perfecta, esas que hasta dan ganas de volver al lugar de origen porque de tan rebuscadas acercan con nostalgia las escenas de todos los días, las mismas postales que se intentaban perder a fuerza de recorrer kilómetros hacia ningún lado. Sólo por el placer de dejar que la mente se expanda como una estampida de animales en la pampa húmeda, sin más límites que el cansancio y el tamaño del susto, planicies inmensas en donde se puede invitar a los pensamientos a perderse ellos también, aunque no sea definitivamente porque ya se sabe, a las obsesiones no se las desorienta con cualquier disfraz. Pero tampoco es la intención desprenderse de lo que una(o) es, para eso es necesaria cirugía mayor. Y ni siquiera. Se trata de una breve escapada, un paréntesis, una ilusión, una zancadilla al deber ser. Y un impulso huracanado a lo que se podría.

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