ECONOMíA

¿Otra década perdida?

 Por Julio Nudler

La película ya tiene título: “Década Perdida II”. Contará la historia de unos países latinoamericanos que se debatirán durante el decenio inaugural del milenio entre la recesión, la quiebra y el drama social, en un retorno con variaciones a lo que fueron los dilapidados ‘80. Podrá discutirse si los ‘90 han de considerarse, por contra, una “década ganada” o, particularmente en el caso argentino, sólo prepararon el terreno para el derrumbe actual. Ahora, en este momento exacto, la imagen de la zona distingue entre dos situaciones. Por un lado está la Argentina, el país que ya se cayó al pozo y está pensando si podrá salir y cómo. Por el otro, Brasil y Uruguay, viendo si pueden aprender de la experiencia argentina para no repetir los mismos errores. Es, de algún modo, como si Brasil y Uruguay fueran Argentina en vísperas del corralito, el default, la devaluación y la pesificación forzada y asimétrica. Lo que de momento no se sabe es si Brasil y Uruguay tendrán margen para controlar el daño, o se verán arrastrados a decisiones tan traumáticas y devastadoras como las argentinas. Mucho depende, en principio, de lo que resuelvan esta vez Estados Unidos y el FMI.
En su informe mensual de julio, la Fundación Mediterránea consigna un dato impactante: el déficit fiscal que los tres países en conjunto acumularon desde 1998 suma 250.255 millones de dólares (81,5 por ciento de ese monto lo aportó Brasil, 17,1 por ciento la Argentina y 1,4 por ciento Uruguay). Según su análisis, este enorme desequilibrio fue uno de los tres factores principales que condujeron al estallido de la crisis. Otro fue la falta de competitividad, que primero llevó a la devaluación del real (enero de 1999), y que ni la Argentina ni Uruguay pudieron resolver por la vía de la deflación. Por último, un cambio en las reglas de juego con que los países centrales manejan las crisis de los emergentes, cambio que en realidad dejó un vacío.
La recesión envolvió, con variada intensidad, a los tres países. Uruguay empezó a achicar su Producto Bruto ya en 1998, y desde entonces sigue en caída. La Argentina se trepó algo más tarde al tobogán, pero aceleró mucho más su descenso. Brasil, en cambio, creció –aunque con notoria flojedad– durante todo el período, pero este año se está desinflando. Así, a medida que la actividad se estancaba o encogía, que el déficit fiscal continuaba y subían los intereses a afrontar, la deuda se disparaba como proporción del PBI, pasando entre 1998 y 2001 del 53,0 al 71,9 por ciento del Producto en Brasil, del 42,0 al 61,2 por ciento en la Argentina y del 34,2 al 55,6 por ciento en Uruguay.
Este país quedó aturdido tras la devaluación del real –que no dejó de tener borbotones adicionales–, hasta que la del peso terminó de noquearlo. Esto sobre el telón de fondo de una recesión insistente, y de un déficit fiscal y una deuda pública en veloz ascenso, más la grave limitación de tener un sistema bancario fuertemente dolarizado, que resta casi todo margen de maniobra a la política monetaria, porque, en este contexto, emitir es necesariamente inflacionario, a pesar de la recesión. Sobre este escenario se instaló un brote de desconfianza, que barrió con 5000 millones de dólares de depósitos.
La corrida, si continúa, deja poco margen a las ilusiones. La FM sostiene, al respecto, que, “aun con importante apoyo externo, los recursos serán siempre escasos para afrontar vencimientos de deuda externa e interna, junto al retiro de depósitos de las entidades que se mantengan abiertas... Por ende, la confianza no será fácil de recuperar”. Esto sin olvidar los problemas de solvencia que provocan la recesión y la trepada del dólar: a la banca uruguaya le costará cada vez más cobrar sus créditos (para no mencionar los que tiene colocados en la Argentina).
Junto al drama financiero y cambiario corre otro, que impacta sobre la economía real. Este contagio se propaga a través de un comercio intrazona en rápida contracción. En el primer semestre de 1998, la Argentina y Brasil comerciaron entre sí por 7368 millones de dólares. En la primeramitad del 2001 el intercambio ya fue solo de 6260 millones, pero en el mismo tramo del 2002 el tráfico se desmoronó a 3419 millones. En este juego, cada país sufre su recesión y se la exporta al vecino, que a su vez le traslada la suya. Esta creciente parálisis de negocios congela la inversión y redobla la crisis. El retroceso continuará hasta que por alguna razón –quizá los cambios políticos que se avecinan, se ilusionan algunos– resurjan las expectativas de ganancias.

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