EL MUNDO › OPINION

Cuando abramos los ojos

Por Robert Fisk *

En Irak son solamente cifras, manchas de sangre sobre un camino. Pero en la pequeña ciudad de Madison en Wisconsin la semana pasada, eran absolutamente reales en la primera plana del diario local, el Capital Times. El sargento Warren Hansen, el especialista Eugene Uhl y el teniente segundo Jeremy Wolfe de la 101ª División Aerotransportada estaban regresando a su hogar por última vez. El padre de Hansen había muerto en el ejército. Uhl hubiera cumplido 22 años el Día de Acción de Gracias, pero había escrito a su casa diciendo que tenía “un mal presentimiento”.
Su padre había peleado en Vietnam; su abuelo, en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Dos de los tres hombres murieron en el choque de un helicóptero Black Hawk sobre Tikrit hace una semana.
Pero por supuesto el presidente Bush, nuestro héroe de la “guerra contra el terrorismo”, no asistirá a los funerales. El hombre que rehusó servir a su nación en Vietnam, pero envió 146.000 jóvenes estadounidenses al nido de ratas más grande de Medio Oriente, no va a funerales. Tampoco lo hacen los periodistas, por supuesto. Las redes de televisión estadounidenses débilmente aceptaron las nuevas leyes del Pentágono por las que no pueden mostrar los ataúdes de los jóvenes estadounidenses regresando de Irak. Los muertos pueden volver a casa, pero sólo lo pueden hacer en virtual secreto. Las cosas están cambiando. En una conferencia que di en Madison la semana pasada, hubo un estallido de aplausos de un público de más de 1000 personas cuando sugerí que la guerra contra Irak puede determinar el fracaso de las posibilidades de George Bush en las elecciones del año que viene. Un joven del público se paró para decir que su hermano estaba en el ejército en Irak, que había escrito que la guerra era un caos, que los estadounidenses no deberían estar muriendo en Irak. Después de la conferencia, me mostró la foto de su hermano, un alto oficial de la 92ª aerotransportada 82 con anteojos oscuros y sosteniendo un M-16, y dijo que el soldado quería reunirse conmigo en Bagdad el mes que viene. Pero debo asegurarme de no revelar su nombre porque aquellos en Estados Unidos que quieren mantener a la gente en la oscuridad todavía están en funciones.
Tomemos el caso de Drew Plummer, de Carolina del Norte, que se enroló durante su último año en la secundaria, sólo tres meses antes del 11 de septiembre de 2001. De licencia en el país, se unió a su padre Lou, en una vigilia bajo la consigna de “traigan a nuestras tropas a casa”. Lou Plummer es un ex miembro de la 2ª División Blindada de Estados Unidos cuyo padre, a diferencia de Bush, sirvió a su país en Vietnam. Cuando un reportero de Associated Press le preguntó su opinión sobre Irak, Drew Plummer contestó que “no estoy de acuerdo con lo que estamos haciendo ahí ahora. No creo que nuestros hombres deban estar muriendo en Irak. Pero no soy un pacifista. Cumpliré con mi responsabilidad”.
Pero la libre expresión tiene un precio para los militares en Estados Unidos hoy en día. La marina de Estados Unidos acusó a Drew Plummer de violar el artículo 134 del Código de Justicia Militar: Declaraciones desleales. En su audiencia oficial, se le preguntó si “simpatizaba con el enemigo” o estaba considerando “actos de sabotaje”. Fue convicto y degradado.
Pero la prensa estadounidense cierra los ojos a esto. Qué revelador, por ejemplo, descubrir que el número de soldados seriamente heridos que vuelven de Irak está llegando a 2200, muchos de los cuales han perdido las piernas o sufrido heridas en la cara. En total, hubo 7000 soldados evacuados de Irak por razones médicas, muchos con problemas psicológicos. Todo esto fue revelado por el Pentágono a un grupo de diplomáticos franceses en Washington. La prensa francesa publicó la noticia. No así los periódicos de la pequeña aldea de Estados Unidos, donde cualquiera que trate de decir la verdad sobre Irak será atacado.
Y mientras el Pentágono está planeando mantener a 100.000 soldados en Irak hasta 2006, los peso pesados del periodismo están avivando las brasas del patriotismo con una nueva y aun más escalofriante línea de propaganda. Una de las más arteras acaba de ser publicada en el New York Times.
Alegando que los torturadores de Saddam están atacando a las tropas estadounidenses –algunos de sus hombres de inteligencia están trabajando ahora para el ejército ocupante, pero eso es otra cuestión–. David Brooks escribe que la “historia muestra que los estadounidenses están dispuestos a hacer sacrificios. Las dudas verdaderas comienzan cuando nos vemos a nosotros infligiéndolos. ¿Que sucederá con el estado de ánimo nacional cuando los programas de noticias comiencen a emitir imágenes de medidas brutales que nuestras propias tropas tendrán que adoptar? Inevitablemente habrá atrocidades que provocarán que mucha gente de buena fe abandone la causa y de alguna manera la administración Bush tendrá que recordarnos una y otra vez que Irak es la batalla de Midway en la guerra contra el terror”.
¿Qué conclusión hay que sacar de esta vil tontería? ¿Por qué está el New York Times dando espacio para la defensa de crímenes de guerra por soldados estadounidenses? Dudo de que los canales de Estados Unidos emitan imágenes de “medidas brutales”, ya tuvieron la oportunidad y declinaron hacerlo. Pero ¿atrocidades? ¿Debemos ahora apoyar las atrocidades contra la “escoria de la Tierra”, la palabra de Brooks para los insurgentes, en nuestra campaña contra el Mal? En medio de tanta suciedad, quizás debamos recordar el simple coraje de Drew Plummer. Y recordar también los siguientes nombres: soldado del ejército de Primera Clase Rachel Bosveld, de 19 años, especialista del ejército Paul Sturino, de 21 años, reservista del ejército Dan Gabrielson, de 40 años, Mayor Mathew Shram de 36 años, sargento de la Marina Kirk Strasekie de 23 años. Ellos también eran de Wisconsin. Y ellos también murieron en Irak.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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