EL MUNDO › OPINION

El fiasco de “liberar” la tierra iraquí

Por Robert Fisk*

Desde Bagdad

Así que Al-Qaida sacó al Partido Popular de José María Aznar del poder con sus atentados en Madrid. ¿Qué hay de nuevo en eso? Durante décadas, Medio Oriente ha destruido a aquellos líderes occidentales que se atrevieron a enredarse en la región. El apoyo de Jimmy Carter al sha terminó por sepultar al monarca iraní. Justo cuando los ayatolas estaban planeando su derrocamiento, Carter le habló al sha sobre “el gran amor que su gente tiene por usted”. La revolución y la toma de la embajada estadounidense en Teherán llevó, inevitablemente, a la muerte política de Carter. No pudo negociar su salida del asedio y, cuando intentó un rescate militar, fue un desastre. Los mullahs terminaron escarbando, literalmente, entre los huesos de los estadounidenses muertos luego de que sus aviones se estrellaran en el desierto iraní.
Hacía menos de una semana que Ronald Reagan estaba en el poder cuando terminó el asedio a la embajada de Teherán pero, más tarde, sus intentos por asegurarse la liberación de los rehenes norteamericanos en el Líbano provocaron un gran daño a su presidencia. El acuerdo del coronel North –transportar armas a Irán y repartir los dividendos entre sus amados Contras– destruyó la integridad de la política estadounidense en Medio Oriente. Sólo tres años antes, el secretario de Estado de Reagan, Alexander Haig, había caído en desgracia por dar luz verde a la catastrófica invasión israelí del Líbano comandada por Menachem Begin, que terminó con la masacre de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila y la de 241 funcionarios norteamericanos en un atentado suicida contra una base estadounidense en Beirut, en 1983.
George Bush padre pensó que podía ganar las elecciones presidenciales luego de liberar Kuwait, en 1991. Pero su siguiente apoyo a la paz de Medio Oriente en la Conferencia de Madrid –junto con el argumento de su secretario de Estado, James Baker, de que los israelíes, más que los árabes, no estaban interesados en una paz verdadera– complicó su presidencia. Después, los tres aspirantes a pilares del mundo europeo, Blair, Berlusconi y Aznar, decidieron apoyar a Bush hijo y entraron en la ciénaga de Irak. Ahora, el partido de Aznar ha sido derrotado y tanto Bush como Blair tienen miedo de perder poder por la farsa, las mentiras y la ilegalidad de la invasión.
Pero uno se puede retrotraer mucho más. Antony Eden destruyó su gobierno, y su propia vida, al unirse a los franceses e israelíes en un complot para invadir Suez. La debacle de 1956 –los británicos tuvieron que retirarse humillados luego de que el presidente Eisenhower amenazara la libra esterlina– provocó un cisma en la política británica muy parecido a la actual crisis sobre Irak. Al igual que Blair, Eden no tuvo todo el apoyo de su país en esta aventura, mintió a la Cámara de los Comunes sobre sus negociaciones secretas con los israelíes antes de la guerra y sufrió la renuncia de uno de sus servidores más importantes.
Esto no termina acá. Gran Bretaña lloró cuando Palestina abandonó su mandato en 1948 y tuvo que soportar la culpa de gran parte del sufrimiento que esa nación ha sobrellevado hasta el día de hoy. El propio mandato de Francia en Siria y Líbano empezó con menos ruido pero igual tormento. Su creación artificial, el Líbano, se resquebrajó en la guerra civil, entre 1975 y 1990.
Winston Churchill destruyó su propia carrera política en la Primera Guerra Mundial por fomentar los aterrizajes en Gallipoli, un fiasco de sangre y malos cálculos que fracasó en derrotar al imperio musulmán otomano. De hecho, algunas de las más grandes derrotas militares de Gran Bretaña ocurrieron en Medio Oriente: Kabul en 1842, Kut Al Amara en 1915, la caída de Tobruk y Benghazi. Sólo la entrada de Allenby en 1917 a Jerusalén y la victoria de Montgomery en El Alamein, en 1942, pueden equilibrar esos desastres.
Francia también ha aprendido sus lecciones en el mundo árabe. Las atrocidades de la guerra de la independencia argelina y la muerte de un millón y medio de personas entre 1954 y 1962 privaron a Francia de la perla de sus colonias, convencieron a sus regimientos para que se amotinaran y casi destruyeron la carrera política de Charles de Gaulle. Incluso Napoleón se encontró atrapado en Egipto luego de prometer “liberar” a la gente de El Cairo de la crueldad de los pashás. Ricardo Corazón de León casi pierde su trono por irse a las Cruzadas en Medio Oriente. El rey Luis de Francia murió en las Cruzadas.
Usted se preguntará por qué nosotros, Occidente, no aprendemos nuestra lección y dejamos en paz a estos pueblos. Pero no. Todavía queremos ir a rescatar, liberar y ocupar las tierras musulmanas. Y encima nos preguntamos qué fue lo que salió mal.

* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Milagros Belgrano.

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