EL MUNDO › JAVIER MARIAS HABLA DEL OFICIO DE ESCRITOR Y DE LA VIDA

“Antes no estaba bien decir que algo se hacía sólo por dinero”

Se considera un esforzado de la literatura. Un trabajador de los libros. Hace treinta y tres años publicó su primera novela y hoy es uno de los autores españoles más internacionales y reconocidos. Javier Marías acaba de publicar Baile y sueño, segunda parte de Tu rostro mañana.

Por Sol Alameda *

–¿Por qué en sus últimos libros le atrae tanto el mundo de Oxford?
–Es que me hace gracia, y forma parte de mi propia vida. En estos dos últimos libros, el narrador es, en realidad, el mismo de Todas las almas. Y por eso es alguien que había estado en Inglaterra tiempo atrás. Sigo yendo por allí a menudo, tengo buenos amigos y aquello es parte de mi vida.
–La violencia de los personajes ingleses es más refinada.
–Sí, tienen su propio modo de ser violentos. El exquisito personaje llamado Wheeler, que amenaza con una espada a un personaje, reconoce que durante la guerra ha hecho cosas... Cuando, por ejemplo, dice que ha esparcido brotes de cólera y de malaria en sentido figurado. Sí, en este segundo volumen, uno de los temas predominantes es la violencia y el miedo, tanto del pasado como del presente.
–Leyendo esa escena se me ocurrió pensar que en esta ocasión, tal vez, había pensado más en el lector que otras veces. Quizás es algo que un escritor hace o no hace cuando quiere, que depende del momento, del mayor o menor oficio; puede ser un juego al que juega...
–Uno piensa en el lector, sí y no. Hablo por mí. Es decir, en lo que nunca he pensado es en una franja de lectores concretos. Supongo que un autor, a medida que va siendo veterano, y yo ya lo soy, llega un momento en el que empieza a palpar, por así decir, qué tipo de lectores tiene y ahí es donde se corre el riesgo de intentar escribir para ellos. La verdad es que hasta ahora, he procurado escribir para cualquiera y escribir lo que a mí me apetecía. Yo me considero una persona muy común y pienso que las cosas que me interesan son las que interesan a mucha gente. Mis últimas novelas tratan de cosas que en realidad, están en la vida de todo el mundo. En Corazón tan blanco, uno de los temas es el secreto y la persuasión, por ejemplo. ¿Quién no tiene secretos, quién no persuade o es persuadido... quién no instiga a que alguien haga algo? O en el caso de Mañana en la batalla piensa en mí, el tema principal era el engaño, ¿quién no engaña o sufre engaños?
–Creo que sobre Tu rostro mañana, algunos pensaban que estaba ya todo escrito y que el hecho de sacarlo en dos tomos era una decisión editorial.
–No. Aunque cuando publiqué Fiebre y lanza hace dos años, pensé que sacaría otro volumen y nada más. ¿Pero sabes lo que pasa?
–Que ahora ya no sabe cuántos escribirá...
–En realidad, hay un tipo de película y un tipo de novela que no tendría por qué acabar nunca. Algunas terminan porque el autor se cansa, porque se desinteresa. Empezando por el propio Quijote. ¿Qué impediría que hubiera habido otra salida más de Don Quijote? Hace poco vi una vez más Lo que el viento se llevó y lo pasé muy bien. Podría haber continuado. Hay un tipo de películas o de novelas que cuentan una cosa muy concreta o la vida entera de un personaje, y cuando se acaba, se acaba todo. Pero hay otras en las que se crea un mundo novelesco, en el cual el lector, y por supuesto el autor, se instala. Me ha pasado un poco con este segundo volumen. Y también ha habido una cuestión que me ha llevado a pensar en el tercer volumen, y es que en este segundo he llevado más lejos que nunca una dilatación del tiempo. El libro también trata de eso, del tiempo, y de la palabra, de los mecanismos que se van poniendo en marcha a medida que se cuenta algo.
–Hay un momento en que el padre del narrador, tras contar dos barbaridades ocurridas durante la Guerra Civil, dice que cuando volvió a casa no le dijo nada a su mujer. Porque, para qué añadir más dolor cuando ya no tenía remedio.
–Sí, los personajes tienen cierto cuidado porque las cosas que se cuentan no son palabras que se lleva el aire. Lo que te cuentan tiene importancia, o puede tenerla. Y en eso la novela va a contrapelo de la sociedad actual, donde todo el mundo cuenta todo y es chismosa a más no poder. A veces me agobia y pienso cómo el mundo puede soportar a tantos millones de personas hablando todo el rato, porque la gente en cuanto se reúne con otro, habla y habla. En la novela hay una especie de reflexión del profesor Wheeler sobre una campaña durante la Segunda Guerra Mundial en la que se pidió a los ingleses que no hablaran. Que guardaran silencio.
–Usted piensa que ahora la gente habla más, pero dice menos.
–Menos de interés. La cháchara no ha sido interesante nunca, pero ahora es más vacua que nunca. Es una tendencia que encuentro hasta en gente que te escribe cartas, que antes de ir al grano de lo que quieren decirte o consultar hacen una exposición larguísima.
–A lo mejor es que no tienen con quién hablar y usted les produce una confianza especial.
–Entiendo que un escritor pueda causar en los lectores una sensación de cercanía. Eso se produce. Los actores y los cantantes que viven de su imagen pueden ser muy adorados, pero un escritor en el fondo es alguien que está susurrando en el oído de un lector. Y si el susurro es lo bastante interesante y grato, el lector puede tener la sensación de conocer mucho a ese autor que está detrás de la novela. Pero creo que hay una especie de horror al silencio, que incomoda y va parejo, por ejemplo, con que España es un país muy poco musical y donde, sin embargo, todo el tiempo está sonando música. En los ascensores, en las peluquerías, en las tiendas...
–A lo mejor es que usted se está volviendo un poco raro.
–Siempre he sido un poco raro, y con la edad es normal que uno se haga un poco más raro. Raro y mayor. He de decir que incluso en las novelas que escribo tengo a veces la sensación de ser alguien algo anacrónico. Sí. En cosas que yo valoro, que me interesan, en ciertos conceptos. Empiezo a ser algo anacrónico en muchas cosas. Y no es esa sensación de estar haciéndote mayor. Es un cambio que se ha producido.
–Le pondré un ejemplo, a ver si le vale. Una cosa que hoy está bastante admitida es ser un trepa. Antes era algo impensable.
–Sí. He observado que personas que hacen cosas relativamente indignas te dicen: bueno, es que me pagan muy bien. Está socialmente aceptado. Antes no estaba bien decir que algo se hacía sólo por el dinero. Recuerdo haber escrito un elogio sobre la hipocresía. Yo prefiero que haya hipocresía por una razón, porque cuando alguien oculta o disimula algo, quiere decirse que aunque lo haga, tiene la conciencia de que eso no está del todo bien. Mientras que si esa hipocresía no existe, quiere decir que no sólo lo hace, sino que además le parece bien. Así que prefiero que haya una cierta conciencia de que esto se hace, pero no se dice, porque si lo haces y además lo dices, ya estamos perdidos.
–Eso está muy bien visto. Pero lo hemos llevado lejos, porque ya no hay que disimular. La falta de hipocresía ha dejado al descubierto en Estados Unidos que los políticos que gobiernan con Bush se han lucrado con la guerra de Irak, por poner un ejemplo, y no sucede nada. Y si la derecha, allí y aquí, usa la mentira al hacer política, debe de ser porque supone que no les importa a los ciudadanos.
–El puritanismo me pone enfermo, pero en Estados Unidos tenía un buen efecto respecto a la mentira. Eso en cuatro años ha desaparecido. Y lo peor de los Estados Unidos es que acaban exportándolo todo. Y España, que es un país supuestamente antiamericano, es uno de los países de Europa que reciben sus mensajes con mayor fanatismo. No hay más que ver cuando alguien triunfa allí el eco que recibe aquí. Allí hay unas elites muy cultas, que están muy bien, pero el conjunto del país... Me merece más respeto la opinión de los ingleses o de los alemanes. En literatura o en cine.
–Un cine que se nutrió en los años ‘40, en gran medida, de los talentos europeos que huían de los nazis.
–Si ves películas de esos años, y de los ‘50, a menudo, y dentro de la peculiaridad, notas que nada es muy distinto de la vida europea. Estados Unidos ha sido una prolongación de Europa, y se nota muy bien en el cine. Luego empieza una separación en los ‘60, y cada vez se hace mayor. Cuando he vuelto a vivir allí, después de veinte años, tenía una sensación de extrañeza y pensaba que tenía más que ver con un noruego. Y eso se ve muy bien en el cine, porque, independientemente de que las películas sean más o menos realistas, siempre reflejan una sociedad. El cine es muy útil en eso. Y ahora los americanos me parecen cada vez más raros.
–Los escritores suelen decir que leer y escribir son dos caras de la misma moneda.
–Yo empecé a escribir para leer más, cuando se me acabaron las novelas de mosqueteros. Tenía doce o trece años. Y, claro, de alguna manera mi primer libro tiene esa torpeza infantil. Está escrito con esa inocencia de escribir para no publicarlo.
–¿Qué bien, no?
–Sí, ja, ja. Pero eso se acabó enseguida. Con la segunda novela. El primer libro se publicó a través de Juan Benet, que lo leyó, le gustó y lo recomendó a una editorial. No está bien que yo lo diga, pero siendo él tan estricto y tratándose de un libro tan juvenil, pues me quedé encantado. Pero una vez que se publicó, hubo críticas y opiniones, que es algo con lo que uno no cuenta la primera vez. Y cuando dicen: ¿y este escritor por qué habla todo el tiempo de Estados Unidos?, que es donde transcurre todo el libro, y tú mismo empiezas a hacerte preguntas. Eso es lo que te hace perder la inocencia y la irresponsabilidad. Aunque el segundo libro todavía es muy juvenil. Yo tenía 21 años.
–¿Usted mismo se sentía pequeño?
–Visto desde ahora, me veo pequeñísimo. Aunque entonces no. Eso también ha cambiado. He visto que le preguntaban a uno cuántos años tenía y decía que sólo 20 añitos. Recuerdo que nuestra generación, y las anteriores, a los 17 ya te sentías mayor y no querías que nadie fuera paternalista contigo. Luego de mis primeras dos novelas, hay un período de seis años durante los que casi no publiqué. Era muy joven y no tenía mucho que contar.
–Todavía no había tenido tiempo de vivir una vida de la que sacar la ficción.
–Y no quería hacer una novela tras otra de parodia, o de homenaje, como lo era la primera de homenaje al cine, y la segunda, a un tipo de literatura. Empecé a traducir y luego hice dos libros rarísimos, en el ‘78 y el ‘83. Y a partir del quinto libro se produce otro cambio. Empecé muy joven, pero hubo un cierto período de desconcierto como escritor, aunque está mal que diga como escritor, porque la cosa es que yo tampoco me sentía, ni me siento, escritor en sentido profesional.
–¿Qué se siente?
–Cuando termino un libro pienso que es factible que exista otro; quieras o no, la actividad de escribir ha venido acompañándome muchísimos años. Pero no es que tenga un proyecto literario, o que tenga decidido que quiero tocar estos temas o los otros. Hace 33 años que publiqué la primera novela, y si contamos la última como un texto autónomo serían once novelas. Una media de una cada tres años.
–Y generalmente logrando eso tan difícil de que sus libros sean un éxito de crítica en muchos países, y al mismo tiempo un éxito de público. Porque ahora se lee mucho, pero lo que más se lee no es la mejor literatura. ¿Hay más lectores, pero de menos calidad?
–Ha pasado siempre. Hay muchos escritores que tuvieron un gran éxito en vida y que desaparecieron al morir. Es como si no estuvieran ellos para defender su obra con su presencia. Eso se da más todavía hoy, cuando los escritores tenemos que promocionar los libros. Aunque no sé. Toda la vida he oído decir que quien no sale en la televisión no existe, pero yo no he salido nunca y me ha ido muy bien. Creo que los libros los hacen los libros.
–Por ejemplo, un escritor, usted mismo, ¿sabe quién es, qué representa en la literatura de su tiempo?
–La verdad es que yo tengo mucha inseguridad. En fin, una cosa es saber unos datos, que los sé, como que he tenido muchos premios fuera de España y muchas ventas aquí y fuera de aquí, pero una cosa es saberlos y otra asumirlos; eso a mí me cuesta mucho. Puedo llegar a aceptar que quizá, visto lo visto, no lo he hecho mal en algunas ocasiones; en Corazón tan blanco, en Todas las almas, en Mañana en la batalla piensa en mí. Pero esa buena prensa y buenas ventas no me hacen llegar a la conclusión de que soy bueno. No doy nada por descontado. Sé que hay autores, a los que envidio en parte, que llega un momento en que se convencen de su valía hasta el punto de que piensan que si esto viene de mí, ha de ser bueno. Y en parte lo que les pasa es que no trabajan los libros. A mí, eso no me ocurrirá nunca.
–¿Se considera un esforzado de la literatura, un trabajador nato?
–Sí. En el sentido de que sigo poniendo los cinco sentidos. Y manteniendo una tensión a la hora de escribir que quizá es bueno tener, pero quizá impropia de alguien supuestamente ya reconocido. Yo no digo que si uno piensa que ya lo ha hecho todo, te puedan salir cosas muy buenas, pero, por ejemplo, he leído el último librito de García Márquez, que es un grandísimo autor, y la verdad es que me he quedado muy decepcionado. Formalmente es un libro muy bien escrito, pero, desde mi punto de vista, muy inane, algo antipático, sórdido, tópico y muy decepcionante. Eso le puede pasar a cualquiera, y como lo sé, nunca me confío.
–Que su padre esté tan presente en su libro me recuerda a la obsesión que tiene Martin Amis con su propio padre.
–¿Sí? Mi padre es un personaje público que ha escrito unas memorias donde contaba, aunque de otra manera, lo mismo que yo he contado. Y en la mayoría de mis libros, y desde Corazón tan blanco, siempre hay personajes de viejos, no sólo mi padre. Siempre he tenido amigos mayores que yo. Los viejos, como los de mis novelas, no pierden el tiempo, van a lo esencial de las cosas y no se paran en las modas, ni en lo que está bien pensar o lo que está mal. Eso es muy apreciable en un mundo tan ñoño y banal, donde la gente no piensa fuera de lo que es el pensamiento con el que están bombardeándolos. Lo que me deja perplejo y no entiendo es una sociedad donde la gente de cuarenta, deja de lado a los que tienen veinte años más que ellos. Ellos serán pronto los viejos.
–¿Qué hay de positivo –ya ha dicho que la pérdida de la inocencia podría ser el lado negativo– tras treinta años siendo un escritor?
–Lo peor es esa falta de irresponsabilidad, pero es inevitable. Considero que he tenido mucha suerte. Porque mis libros no son como ese Código Da Vinci, que no he leído y a lo mejor es genial. Son de una cierta complejidad. Perfectamente podían haber tenido un éxito relativo y nadie se escandalizaría.
–¿Quizá a usted mismo le sorprendió su propio éxito?
–Sí, pero fue paulatino. Un libro tuvo unos lectores y el otro tuvo más y más. Después ya no fue tanto y ahora vendo por lo menos cien mil ejemplares, y ten en cuenta que si un autor vende veinte mil, a todo el mundo le parece bien. Así que no nos engañemos, es que he tenido mucha suerte, porque, supuesto que yo tenga talento, hay mucha gente con mucho talento y que no han sido reconocidos ni después de muertos, Considero quehe recibido más que nadie, más de lo que jamás habría esperado. Eso me da mucha libertad, y lejos de acarrearme más responsabilidad, me digo que he tenido más de lo que podía esperar. Y sigo haciendo lo que me interesa. Yo he tenido mucha suerte y espero no tener que comerme mis palabras porque llegue un día en que nadie me lea ni me compre. En cuanto a las críticas, no es que no me importen sino que he llegado a la conclusión de que en cierto modo, no me conciernen. Si son buenas, me alegran, pero mi verdadero asunto es hacer los libros. Y hay que aceptar que cuando uno hace algo público se expone a que cualquiera diga lo que quiera.
–Leyendo su novela, viendo a esos personajes que son contratados por un servicio secreto, porque son capaces de mirar a alguien y sacar conclusiones sobre ellos, he recordado que yo jugaba con mis primas a adivinar las profesiones de la gente que transitaba por la acera de la calle.
–Sí, yo también he jugado a eso. E, igual que en la novela, nunca comprobabas si los informes que dan los encargados de hacerlo se producirán. Si son verídicos o no.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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