EL MUNDO › OPINIóN

Un gabinete sin estrellas

 Por Eric Nepomuceno *

En la mañana de ayer –exactamente una semana después de lo previsto para el anuncio de su gabinete de 37 integrantes (entre ministros, secretarios y otros funcionarios con rango ministerial)–, la presidenta electa Dilma Rousseff confirmó el equipo que la acompañará en la difícil tarea de reemplazar a uno de los presidentes más populares de la historia, Lula da Silva. De esas carteras, diez serán ocupadas por mujeres. Una es de primera línea (Planificación) y tres, de importancia concreta (Medio Ambiente, Desarrollo Social, Derechos Humanos). Las demás son periféricas, y dependerá de sus titulares el peso que podrán ganar. De las periféricas, una despertó curiosidad en su sector: la ministra de Cultura, la actriz y cantante Ana de Hollanda, es hermana de Chico Buarque de Hollanda, icono de la canción y abanderado de la izquierda en Brasil.

El martes, un sondeo de opinión trajo dos datos que realzan el peso que cae sobre los hombros de Dilma: la popularidad de Lula, luego de ocho años de gobierno, es de asombrosos 87 por ciento de los encuestados. Y 83 por ciento de ellos aseguran creer que Dilma hará un gobierno tan bueno o mejor que el de él.

Para empezar a ayudarla en esa misión, Dilma armó, al menos para el inicio, un equipo más bien gris, de escaso brillo e integrado, en su inmensa mayoría, por nombres de peso apenas relativo. El gabinete surge con la obvia apariencia de haber sido armado más para serenar los apetitos de compañeros y aliados que para mostrar que el principal criterio ha sido el de la capacidad técnica sumada a la experiencia política.

La participación directa e intensa de Lula en la selección de nombres quedó más que clara. Habrá la continuidad anunciada por la candidata en su campaña, y también un continuismo claro y palpable “sugerido” por Lula. El núcleo central de poder estará integrado por Antonio Palocci como jefe de Gabinete (él fue ministro de Hacienda de Lula), Guido Mantega, quien permanecerá como ministro de Hacienda, Miriam Belchior (Planificación) y Gilberto Carvalho (jefe del despacho presidencial de Lula). El cuarto integrante del núcleo, el ministro de Justicia, José Eduardo Cardozo, ha sido una decisión personal de Dilma, que no consideró la animosidad de Lula a su opción.

En algunos puestos estarán políticos de pasado más que dudoso o sin ninguna vinculación con el área que le tocó en el reparto de las carteras. Hay desde ejemplares tránsfugas partidarios a personalidades oscuras, que responden directamente al caciquismo regional que todavía impregna parte de la política brasileña. Es el caso de la figura bizarra de un oscuro y octogenario parlamentario, Pedro Morais, cuyo nombramiento fue seguido por una denuncia insólita: a sus 80 años, logró clavar a la Cámara de Diputados una factura de cerca de 4500 pesos por una noche de fiesta (¡vaya fiesta!) junto a 15 parejas en un hotel alojamiento llamado Caribe, bajo el argumento de haber ejercido, en una de sus suites más lujosas, “actividades inherentes a la labor parlamentaria”. A él le tocó un ministerio de escaso peso, el de Turismo, pero que seguramente ganará importante refuerzo en su presupuesto, gracias al Mundial de 2014 y a los Juegos Olímpicos de 2016.

Es una típica indicación del voraz PMDB, principal integrante de la alianza de gobierno, que además ocupará, con exponentes de la mediocridad, las carteras de Agricultura, Minas y Energía, Defensa, Previsión Social y la Secretaría de Asuntos Estratégicos. El partido mantuvo las seis carteras que ocupaba con Lula, pero perdió mucho peso político y presupuesto, que es lo que más le importa.

Ya el PT, partido de Lula y de Dilma, logró los principales ministerios políticos y sociales (Educación, Salud), bien como el comando de las grandes estatales.

Fueron muchas y muy fuertes las presiones a que Dilma se vio sometida, empezando por la de Lula, pasando por la de aliados y culminando con la feroz disputa interna entre diferentes corrientes de su partido, el PT. El resultado es un gabinete que tiene algo de su cara, mucho de la cara de Lula, y significativos rasgos de los aliados. Es razonable prever que en un plazo no demasiado largo empezarán los cambios. Será cuando el gobierno pierda un poco de la cara de Lula, del lado oscuro y mediocre de algunos aliados, y gane más de la de Dilma.

De todas formas, para los que buscan leer en las entrelíneas señales de cambio en el gobierno que estrena el 1o de enero, vale recordar algunos indicios concretos. Dilma mantuvo al frente de Hacienda al desarrollista Guido Mantega, y defenestró, sin pena ni gloria, y a pesar de las presiones de Lula, a Henrique Meirelles de la presidencia del Banco Central. Ignorando las resistencias de Lula, nombró a José Eduardo Cardozo para Justicia, un duro defensor de varias reformas políticas que en los últimos ocho años fueron relegadas. Negoció muy duro con el PMDB, en una apuesta osada: trató a su principal aliado como si fuese un partido menor, en la realidad, de lo que pretendía hacer creer a la hora de las amenazas de chantaje. Apostó, y ganó: el PMDB mantuvo el número de carteras que tuvo con Lula, pero perdió espacio, poder y presupuesto.

Así, Dilma estrenará con un gabinete un tanto opaco, pero al mismo tiempo muestra claramente que tiene personalidad propia. Queda por ver cuándo y cómo esa personalidad se revelará por completo y asumirá el rol de protagonista principal.

* Periodista y escritor.

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