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El cambio dentro del orden

 Por Ariel Goldstein *

El resultado de la primera vuelta de las elecciones brasileñas evidenció un voto continuista, una preferencia mayoritaria por las opciones “tradicionales”. El electorado votó masivamente por lo conocido: “orden y progreso”. Este resultado es expresivo en términos de una distribución socioregional del voto que presenta continuidades con las elecciones disputadas desde 2006. Es decir, continúa presente lo que el politólogo brasileño André Singer denominó como un “realineamiento electoral”, producido a partir del escándalo de corrupción del mensalao en 2005, el cual generó el alejamiento de ciertos sectores medios con respecto al gobierno brasileño: en el norte y nordeste del país hubo fuerte votación por el PT, mientras que en el sudeste y el sur –con excepciones como Minas Gerais y Rio Grande do Sul–, especialmente en San Pablo, predominó el voto “tucano” por el PSDB. Esta distribución “regionalizada” del voto muestra la coexistencia de visiones del mundo distintas entre un nordeste que se ha beneficiado de las políticas de redistribución de la renta como Bolsa Familia y ha mejorado su acceso a bienes de consumo y los habitantes del sur del país, quienes sienten escaso reconocimiento en las políticas del gobierno y terminaron dando su apoyo, ante las inconsistencias de Marina Silva, a la candidatura antipetista “tradicional” de Neves.

La predominancia de estos factores estructurales de tipo socioregional por sobre los coyunturales –como la muerte de Eduardo Campos, que parecía favorecer a Marina Silva– terminó beneficiando la polarización “tradicional” y la exclusión de terceras opciones como alternativa política. En las últimas elecciones, este tipo de polarización PT-PSDB ha favorecido al primero, que ha definido la elección en torno a clivajes como intervención estatal vs. privatizaciones, contraponiendo la mayor protección social de los gobiernos de Lula frente a los gobiernos de Cardoso. En caso de que Neves pretenda centrar sus acusaciones contra el PT en torno de la corrupción en este segundo tramo de la campaña, se tenderá a reproducir aún más el terreno de las elecciones previas: el gobierno reivindicando una democracia de mayorías y la distribución de los programas sociales y el PSDB acusando al PT de corrupto e ineficiente. Este último es un discurso que atrae a sectores medios acomodados, pero tiene poca efectividad en los sectores populares. No está de más recordar que una disputa política planteada en estos términos, entre una fuerza política dominante que se reivindica popular y con un líder carismático del tamaño de Lula y una principal fuerza opositora como el PSDB –que si bien no tiene estas raíces, por la propia polarización del juego político se ha tornado en defensora de los privilegios tradicionales, agitando como principal bandera y con apoyo de la prensa las denuncias de corrupción contra el gobierno– tiende a recrear las disputas políticas de los años ’50 en Brasil, entre las fuerzas del varguismo y las de la liberalconservadora Unión Democrática Nacional (UDN).

En 2013 se produjeron en Brasil las multitudinarias manifestaciones de junio, que no tuvieron una traducción electoral contundente en esta primera vuelta. Las manifestaciones de junio dejaron abierto el significante de “cambio”, ante la puesta en evidencia de los límites de las formas de representación política tradicional. Dilma Rousseff orientó bien su campaña en torno de esta demanda de “cambio”, a pesar de que había sido blanco de las manifestaciones por encontrarse al frente del Ejecutivo. Posiblemente para Neves sea más difícil traducir esta aspiración, dado que reivindica el modelo económico de Cardoso, que expresa más bien una época pasada en el país.

A pesar de no estar compitiendo a nivel electoral, dos personajes serán posiblemente importantes en esta recta final: el papel de Lula como movilizador de los votos del gobierno y atrayendo votos de Marina y las definiciones de Marina Silva en función de uno de los candidatos (quien ya ha dado a entender que se pronunciará por Neves). Por supuesto, la disputa por recibir los votos de Marina Silva se tornará un eje fundamental, por lo cual ambos partidos orientarán su discurso e interpelación hacia el centro del espectro político, buscando atraer los votos “marinistas” de una candidata que justamente reivindicaba un gobierno con políticas de ambos partidos. En este punto, es posible que cada partido intente suplir sus propias ausencias en términos electorales: el PT intentará interpelar más a sectores medios que le han sido esquivos y el PSDB, como ha expresado Singer, intentará encontrar su cuadratura del círculo: tener un discurso “popular”.

* Becario del Conicet en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Iealc).

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