EL MUNDO › OPINION

El último guerrero frío

 Por Claudio Uriarte

Es una pálida ironía que la muerte de Ronald Reagan se produzca bajo el reloj del presidente que más lo admira y que más distante ha estado de sus logros en política exterior. En efecto, George W. Bush ha copiado la retórica espectacular y maniquea del autor de la frase de la Unión Soviética como “el imperio del Mal”, pero mientras Reagan logró doblegar a la Unión Soviética, Bush solamente ha presidido sobre la multiplicación de las amenazas terroristas de “los que están contra nosotros”. En el único punto en que ha logrado parecerse a su maestro (y sólo hasta cierto punto) es en su política económica, donde una masiva reducción de impuestos a los sectores más ricos creó primero un inmenso déficit presupuestario y luego una salida de la recesión.
Reagan fue un presidente militarista, pero no del modo directo que lo ha sido Bush. Su única intervención extranjera real fue la invasión a la pequeña isla caribeña de Granada en 1983, que en ese momento se encontraba bajo un gobierno aliado a la Cuba de Fidel Castro. Todo lo demás, pese a sus amenazas fulminantes y a su retórica apocalíptica, se redujo al estrangulamiento económico del bloque enemigo por medio del impulso de la carrera armamentista que éste no estaba en condiciones de solventar. En cierto modo, su amenaza más alta fue un puro bluff: la llamada “guerra de las galaxias”, un escudo misilístico defensivo de carácter futurista que hacía teóricamente posible un golpe nuclear devastador contra el bloque soviético sin necesidad de temer una represalia igualmente devastadora, bajo los términos del “equilibrio del terror” y de la “mutua destrucción asegurada”. Pasaron 20 años y el escudo misilístico sigue todavía en los papeles, pese a los intentos del actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld (también un funcionario de Reagan como enviado especial a Medio Oriente), para reactivarlo en una versión reducida. En este sentido, Reagan fue un conservador que amenazó al enemigo con quebrar el orden establecido mediante prácticas revolucionarias.
Reagan fue el último guerrero frío. Eso explica y a la vez ilustra la diferencia con George W. Bush. Bajo la presidencia de Reagan, la bipolaridad nuclear con el bloque soviético imponía severas restricciones al uso del poder unilateral, tendía a congelar los enfrentamientos y a expulsar la confrontación a escenarios marginales (como los países periféricos). Pero estos últimos venían de un período de convulsión revolucionaria después de la salida estadounidense de Vietnam. En la década del 70 ocurrieron los dos shocks petroleros que lanzaron la economía estadounidense a la inflación. Bajo Jimmy Carter, el presidente que antecedió a Reagan, tuvieron lugar la revolución islámica en Irán, la sandinista en Nicaragua y la invasión soviética de Afganistán. La presencia de un enemigo nuclear del otro lado del tablero tendía a prohibir toda intervención directa en estos escenarios, pero siempre estaba el recurso a las penetraciones indirectas. Bajo la presidencia de Reagan, Saddam Hussein tuvo luz verde tácita de Washington para la guerra contra Irán (y encendida por nadie menos que Donald Rumsfeld), los “contras” residuales del somocismo tuvieron fondos para librar su guerra sucia contra los sandinistas y se inició la operación de financiamiento en gran escala, vía Pakistán, de los mujaidines fundamentalistas islámicos que terminarían echando a los soviéticos de Afganistán y que luego derivarían en la cría de Al Qaida y de Osama bin Laden. Estas medidas pueden construirse como el argumento de refutación de la política exterior de Reagan, pero lo cierto es que reflejaban las prioridades y las oposiciones de una época distinta.
También bajo Reagan, Estados Unidos instaló en Europa Occidental misiles de alcance medio apuntados contra el bloque soviético, una decisión que en ese momento generó una enorme resistencia pacifista en el Viejo Continente pero que terminaría desembocando en el primer acuerdo de desarme nuclear genuino de la historia –como contrapuesto a los acuerdos de limitación de armas–, cuando los dos bloques eliminaron en 1987 todos los misiles dealcance intermedio del suelo de las entonces dos Europas. Y Reagan fue asimismo el artífice de la Santa Alianza con el Vaticano y Karol Wojtila que terminaría provocando la defección temprana de Polonia del Pacto de Varsovia. Estos hechos pusieron en marcha la secuencia de acontecimientos que terminaría en el derrumbe del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética.
Este halcón implacable presentaba una imagen paternal, tranquilizadora y cálida. Lo llamaban “el Gran Comunicador” por sus innegables dotes, sin duda parcialmente derivadas de su pasado de actor, para llegar a la gente. Cuando tenía problemas con el Congreso, solía apelar al recurso de hablar al electorado por televisión. También era un hombre simple (en lo que sí se parece a George W. Bush): no leía, los detalles lo aburrían y podía quedarse dormido en medio de una reunión de gabinete. La verdadera administración de los asuntos diarios la llevaba su troika de asesores en política interior: Edwin Meese, Michael Deaver y James Baker (quien luego, bajo la presidencia de George H. W. Bush. vice de Reagan y padre de W, llegaría a dirigir el Departamento de Estado).
Su verdadera gemela espiritual fue la primera ministra inglesa Margaret Thatcher. En cierto modo se parecían mucho: en sus orígenes de clase baja, en su orientación conservadora (aunque Reagan inicialmente militó en el Partido Demócrata) y en la inflexible tenacidad de propósito con que la segunda derrotó a los sindicatos del carbón en 1982 y el primero iniciaría su mandato destrozando la huelga de los controladores aéreos. También eran intensa y orgullosamente plebeyos: Reagan, por ejemplo, detestaba a su aristocrático vicepresidente, el padre del actual Bush, y en un momento se rumoreó que en las elecciones de 1992 llegó a votar en contra de su reelección y a favor del entonces emergente Bill Clinton.
Estados Unidos, bajo su presidencia, fue un país duro e implacable, que repartía riqueza para algunos con la misma rapidez con que pulverizaba a otros. “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos (...)/ era el tiempo de la esperanza, y era el tiempo de la desesperación”, como en el poema que abre la Historia de dos Ciudades de Charles Dickens. De esa época de paradójico victorianismo moderno surgieron el neoliberalismo económico y el conservadorismo político a ultranza. George W. Bush es la imitación en clave de farsa de lo que en tiempos de Reagan estuvo tantas veces a punto de derivar en tragedia.

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