EL MUNDO › OPINION

El color del cambio

 Por Mario Wainfeld

“El gobierno de Estados Unidos se ve frente al hecho que su imperio y sus objetivos ya no son genuinamente aceptados. No hay ‘coalición de los comulgantes’, de hecho su política actual es más impopular que ningún otro de sus gobiernos –y probablemente de ninguna otra potencia- en toda la historia”

Eric Hobsbawm. Escrito en junio de 2003, publicado en Guerra y paz en el siglo XXI.

“La unidad de la retórica moralizante emitida sin límites por los dirigentes y los medios de comunicación de Estados Unidos en los últimos días no es digna de una democracia madura. Las personalidades más destacadas y los que tienen pretensiones de serlo nos han demostrado que su único deber es el de manipular. () La psicoterapia ha reemplazado a la política, en este caso a la política democrática, que implica desacuerdos y estimula a la sinceridad”.

Susan Sontag, publicado en Le Monde el 17 de septiembre de 2001.

Ya que todo el mundo escribe sobre lo mismo, permítase un comienzo distinto, una propuesta contractual al lector. Si usted no cree posible que existan “avances”, “retrocesos”, “conquistas”, “progreso” merced a la política democrática (que es tendencialmente dialéctica, reformista y etapista) no lea esta nota. Si usted supone que nada se ponía en juego ayer, si está convencido de que los cambios sólo alimentan frustraciones futuras, pase a otra lectura. Otro tanto si usted juzga irrelevante cómo se construyó una mayoría histórica en una potencia. O si supone irrisorio que un negro gobierne la tierra de la cabaña del Tio Tom, aquella en la que Martín Luther King contó que tuvo un sueño y luego fue asesinado.

En fin, si maquina que Mc Cain era igual a Obama, que Theodore Roosevelt era idéntico a su tocayo Franklin Delano y estos a Perón o Alfonsín o a Lula o a Ricardo Lagos, esta nota no va a interesarle. Porque, usted ya lo va sabiendo, este artículo propone que la victoria de Barack Obama es una buena noticia. Si cree posible esa conclusión, si comparte que no todo “sé ‘egual”ahí vamos.

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Bush, go home: La primera referencia es la derrota apabullante de George W. Bush, el gobernante impopular a escala planetaria que bien pinta la cita de Hobsbawm. A partir del atentado con las Torres Gemelas, ese líder mezquino y brutal, surgido en elecciones sospechosas, se transformó en adalid de una Cruzada de derecha. Como todas las Cruzadas, simplificaba los tantos, mentía acerca de sus adversarios, desparramaba destrucción, etnocentrismo e intolerancia. Su catecismo conservador y chauvinista le valió un apoyo sistémico, el que vapulea Sontag en la otra cita que encabeza esta columna.

Aún entonces, la guerra contra Irak desató reacciones jamás vistas ante una ofensiva imperial. Hubo manifestaciones multitudinarias en todos los países, incluyendo aquellos que acompañaron la aventura bélica. La tropelía se ganó un rechazo que tenía su significado, ninguneado por aquellos que siguen creyendo que las bayonetas sirven para todo, aún para sentarse sobre ellas. Tres líderes nacionales se juntaron en aquel entonces en las Islas Azores, comandantes en Jefe Bush, José María Aznar y Tony Blair. Hoy están de salida, en circunstancias variadas, que reconocen sus variaciones locales.

El catecismo conservador recitado por Bush es vulgar pero conserva efectividad. Nada más ideológico que ese cóctel de lugares comunes, desprecio al otro, desdén por el igualitarismo, clericalismo imperativo y antiestatismo trucho, que reniega de las políticas sociales e igualitarias pero que asigna billones a los gastos bélicos y abre todas las puertas a las tropelías del capital. También tienen peso ideológico su preeminencia en 2004 (que revalidó y quizá hasta reparó su pobre legitimidad de origen del año 2000) y su traspié de ayer.

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El encanto de la política: Para quienes aprecian la actividad política, su virtualidad para alterar los escenarios y posibilitar nuevos horizontes, la construcción del logro de Obama tiene también su miga. Según los expertos en ciencia electoral el hombre no podía quedarse con la interna demócrata. Y, si por acaso ocurría ese milagro contradictorio con el savoir faire preexistente, iba derechito a ser batido por el candidato republicano. El mandatario electo rompió los pronósticos (elaborados a puro precedente) valiéndose de recursos estimables: la oratoria política consistente, la convocatoria a sectores populares y desmovilizados.

El sistema político norteamericano es enrevesado y capcioso. La elección indirecta constriñe la puja a unos pocos estados. El sufragio voluntario deviene, en los hechos, clasista y racista. Votan más los que más tienen, en poder, dinero o competencias. La interpelación de Obama incitó a los negros a participar e involucrarse a niveles memorables.

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Dos Américas: Las imágenes lo expresaban, confrontaban dos Américas, la del joven que ponía palabras novedosas en sus discursos y las del atávico, raído, John Mc Cain. Esas dos imágenes tienen correspondencia política y geográfica. Obviamente, ambas son parciales, para nada absolutas, a la vez que innegables.

Jorge Luis Borges escribió que la tradición de Estados Unidos podría limitarse a su Costa Este. Hablaba de literatura, más vale, pero aludía a un clivaje cultural digno de parafrasearse. Son las dos costas, también la Oeste, las que expresan el progreso, el cosmopolitismo, la tolerancia, la creación cultural y artística, las vanguardias, las rupturas. Los coquetos mapitas de preferencias electorales que han cundido en estos meses espejan que esas tendencias empalman con las preferencias demócratas. Y que el hinterland profundo y conservador es predominantemente albergue de los Ingalls, de los dueños de Lassie, de los Homero Simpson, de las gentes simplotas, (y, puestas en situación, cerrilmente nacionalistas y peligrosas) que fueron la sal y la pimienta del poderío crujiente de Bush. Simplificamos, claro, hacemos trazos gruesos pero miren el mapita y verán que no mentimos.

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Far South: Los tiempos de Bush fueron, en el centro del mundo, de predominio de las derechas, no habrá sido pura coincidencia.

En América del Sur, prosperaron gobiernos críticos del Consenso de Washingon, del neoconservadurismo, refractarios al alineamiento automático con los Estados Unidos. Les vino bien que la Casa Blanca tuviera como prioridad dominante a Medio Oriente, fueron años de relativa poca intromisión. La cimentaron también políticas inteligentes de Lula da Silva y los Kirchner: marcar distancia, fijar límites a la presencia norteamericana, lo que se dramatizó en varias Cumbres: la de Mar del Plata (con Bush de cuerpo presente), la del Grupo Río en Dominicana y la de Unasur en Santiago de Chile. La primera marcó la cancha, las otras dos intervinieron con eficacia ante episodios violentos y desestabilizadores: la invasión colombiana a Ecuador, la ofensiva golpista contra el gobierno de Evo Morales.

Los presidentes argentinos, contrariando lo que es su retrato más trillado, supieron tener firmeza sin sobreactuar y sosteniendo relaciones maduras. Apoyaron políticas internacionales relevantes para los Estados Unidos: lucha contra el lavado de dinero, el narcotráfico y el terrorismo. Y trastocaron doctrinas nacionales y populares enviando una misión militar a Haití, en el contexto de la cooperación con Brasil y Chile para no dejar ese terreno reservado a los norteamericanos.

La relativa escasa injerencia americana fue un bonus para el gobierno argentino. La región fue secundaria para el Departamento de Estado, las excepciones (en un sentido o en otro) fueron Colombia, Venezuela y Bolivia.

Lejos está el cronista de aventurar el futuro, sólo dirá que si se mantienen la paz regional, la estabilidad democrática y la cooperación entre los gobiernos (máxime entre Brasilia y Buenos Aires) puede que las cosas no cambien mucho.

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El presente y los vaticinios: Tampoco se harán vaticinios sobre el futuro, siempre abierto y enigmático. La magnitud de la crisis económica y financiera desalienta (aún por encima de lo habitual) tamañas osadías. La buena noticia se produjo ya: un ciudadano negro llega a la Casa Blanca plebiscitado por los discriminados y los desheredados de su país. Sencillamente, conmueven los porcentajes de participación y adhesión de los afroamericanos.

Es un hecho histórico, parental de las llegadas de Lula da Silva y Evo Morales a la presidencia de sus países. Algo ejemplar sucedió, empapado de participación ciudadana, en las urnas se castigó una tendencia que enlutó al mundo, lo viró a derecha y sumió en un descalabro económico colosal.

El mensaje se propaga en la aldea global, tan potente como la invasión a Irak. Su impacto es indeterminado, no será nulo, se orienta al mejor sentido. El cronista ha escuchado prevenciones de especialistas, de taxistas, de blogers progres. Es bastante escéptico, como regla, además conoce el rol del imperio y su incidencia en los últimos siglos. Y no cree que la historia se revierta de un día para el otro, por arte de magia: esta nota alude precisamente a lo contrario, a los cambios sucesivos, a la capacidad modificatoria de la política.

Si el lector no cree que las señales emitidas ayer desde el centro del mundo pueden incidir en otras latitudes, si niega que las tendencias de época se construyen con ejemplos y hasta con imitaciones, no debió haber acompañado esta nota hasta acá.

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Imagen: Rolando Andrade
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