EL MUNDO › OPINION

El otro tsunami mediatizado

 Por Camille Paglia*

Esta semana Estados Unidos despertó gradualmente a un cataclismo de la más grande escala, después del monstruoso huracán que inundó Nueva Orleans y devastó la costa del Mississippi. Fue, como mencionaron varios funcionarios, nuestro tsunami.
El pronóstico del tiempo es un teatro cotidiano representado por alegres presentadores de la televisión local o un tema que diseccionan meteorólogos gruñones en algún canal nacional de cable. Nuestra “temporada anual de huracanes”, como se le llama coloquialmente, va de junio a noviembre. Estamos muy acostumbrados al suspenso que se va desarrollando durante una o dos semanas, en las que se registran tormentas tropicales sobre el Atlántico que luego toman vuelo y se transforman en huracán que recorre el Caribe o rebota en la costa atlántica. Las predicciones funestas con frecuencia se han desinflado, pues los huracanes suelen saltarse las áreas pobladas o debilitarse dramáticamente cuando tocan tierra. Pese a una serie de huracanes severamente destructivos en el estrecho de Florida, cada vez con más frecuencia son recibidas con burlas y sátiras las advertencias de meteorólogos celosos de su deber. Todo ello era la receta para un desastre.
Según la mayoría de los reportes, 80 por ciento de residentes en Nueva Orleans obedecieron la orden del alcalde de evacuar, lo que sin duda salvó incontables vidas. Pero a los medios nacionales los tomó varios días ajustarse a la desoladora y ahora grotesca realidad en el terreno. Al principio, las tersas y exquisitamente peinadas conductoras de noticiarios y los corresponsales en el lugar de los hechos, sin dejar de posar, obsequiaron a los televidentes tranquilizadoras y alegres noticias sobre cómo el huracán Katrina había pasado por alto a la pintoresca Nueva Orleans. No obstante, cualquier observador racional pudo haber predicho los efectos del desbordamiento del lago Pontchartrain. Fue una vergonzosa repetición de la rezagada reacción de los medios estadounidenses ante el tsunami en el océano Indico de diciembre pasado, cuando todos los conductores estrella estaban de vacaciones y tuvieron que regresar apresuradamente, visiblemente fastidiados, a sus estudios.
Matt Drudge, en cambio, alarmado por las dimensiones que se reportaron del terremoto submarino, de inmediato predijo la magnitud del evento y lo resaltó en su sitio online, The Drudge Report. Pero es inútil pedir capacidad de análisis científico o sociológico a nuestros loros emperifollados. Hace mucho terminó la época en que los medios noticiosos estadounidenses atraían los talentos de corresponsales en el extranjero que cultivaron sus habilidades durante la Segunda Guerra Mundial. Edward R. Murrow, Eric Sevareid, Howard K. Smith y Walter Cronkite tenían conciencia y determinación estoica, que parecen a millones de kilómetros de distancia de las sonrisas coquetas de muñecas de cabeza hueca y los niños bonitos esculpidos en gimnasios que ahora nos arengan desde las pantallas de televisión.
El huracán Katrina simplemente es el último capítulo en la épica de los desastres naturales en Estados Unidos. Es un tema del que los europeos rara vez muestran comprensión en sus frecuentes comentarios despectivos hacia la cultura estadounidense.
En mi último libro, Break, Blow, Burn, transcribí un poema poco conocido de Norman Russel llamado El Tornado. En él se describe cómo un hogar familiar es tragado por un rugiente remolino negro. Russel captura hábilmente la grandeza aterradora en una sublimación típica de la cultura de este país. A pesar de la resistente y cada vez mayor influencia del fundamentalismo cristiano aquí, la voluntad política se ve constantemente puesta a prueba y pulida ante los embates de ese caos pagano que es la brutalidad de la naturaleza. La historia estadounidense está repleta de historias sobre la fortaleza de cara a una geografía hostil y un clima que nos castiga, desde la lucha de los puritanos del Mayflower por sobrevivir su primer invierno en Nueva Inglaterra hasta la desesperada marcha de los pioneros que atravesaron el ardiente desierto del Valle de la Muerte durante la Fiebre del Oro de California, en 1849.
Los libros y programas de televisión regularmente documentan la lista de nuestros peores desastres, como la gran tormenta de 1888, que hundió 200 barcos bajo metro y medio de nieve, o el huracán que en 1900 inundó Galveston, Texas, y mató a 6 mil personas.
Existe un espíritu de fe cuando uno se empeña en lograr un objetivo y cree que puede vencer cualquier adversidad. Este puede detectarse, por ejemplo, en el optimismo imperturbable de la administración Bush y en su convicción de que la democracia constitucional al estilo occidental puede implantarse de la noche a la mañana en Medio Oriente. Lo que resulta muy sorprendente ahora es la desintegración de la máscara de competencia y seguridad de la administración, ahora que Nueva Orleans se hunde día tras día en la miseria y el salvajismo, y en un trepidante panorama de sufrimiento humano inconsolable.

* Profesora de humanidades y medios de la Universidad de las Artes de Filadelfia. Se especializa en sociología, cultura popular, arte y feminismo.

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