EL PAíS › OPINION

Poner límites

Una semana sin precedentes. La OEA, rediviva. Visibilidad y decisión política en el Grupo Río. La lógica de Brasil y de Argentina. El dilema de Caracas. Palabras, silencios y decisiones referidos a Estados Unidos. Pinceladas sobre oradores y discursos.

 Por Mario Wainfeld

Imagen: AFP

“Imagine que hubiera estallado un conflicto así en Africa o en Medio Oriente. ¿Usted cree que hubiera sido factible encauzarlo en una semana, reunir a los presidentes cara a cara, rodeados por otros colegas?” Página/12 escucha a diplomáticos de los países más importantes de la región, todos están conformes y, en buena medida, sorprendidos. Lo que sucedió, empero, no es fruto del azar, ni aun de la (estimable) muñeca del anfitrión y moderador del encuentro de Santo Domingo, el presidente dominicano Leonel Fernández. Es producto de circunstancias históricas únicas, que conjuran una etapa de crecimiento económico con la emergencia de un conjunto de países sudamericanos gobernados por fuerzas progresistas, centroizquierdistas o populistas. Ese conjunto –muy especialmente y en ese orden de peso Brasil, Argentina y Chile– fue decisivo para que en un plazo record se reparara lo que era reparable y se abortara cualquier escalada.

Hasta la Organización de Estados Americanos (OEA), cuerpo desprestigiado y desvencijado como pocos, superó toda marca predecible y plasmó una declaración cuestionando el bombardeo colombiano en territorio ecuatoriano. El encuentro del Grupo Río, instancia más potente merced a la presencia de presidentes (y la ausencia del Tío Sam), sirvió para redondear una semana memorable. Se forzó al colombiano Alvaro Uribe a disculparse y se le dio cobertura política y simbólica al ecuatoriano Rafael Correa para que actuara con dignidad lo que debía hacer: dar por cerrado el entredicho.

La política internacional es una arena donde priman el poder desnudo y el cinismo. Los grandes mandan, desde el comienzo de los tiempos, y los discursos usualmente encubren mal las relaciones de fuerza, si es que se toman la molestia. Esa tendencia no ha cesado en este continente y en este siglo. Pero un cúmulo de circunstancias la amortigua en parte, lo que debe ser bienvenido. Nada pone fin a una divergencia compleja, pero se la encapsuló, se bajó la temperatura, se explicitó el rechazo de los países de América del Sur a todo conato bélico y a la intervención de Estados Unidos.

Para mejor, con un cónclave de muchas horas, trasmitido en vivo por varias cadenas televisivas de noticias. Pocos lo habrán visto de cabo a rabo (aunque fue atrapante, pleno de suspenso y con divos que se las traen), pero millones se habrán informado a través de compactos. Ver a los líderes políticos surgidos del voto discutir cara a cara, argumentar, enfadarse, negociar es un ejercicio democrático de pálpito. La técnica y las comunicaciones producen, eventualmente, consecuencias tan virtuosas como inéditas.

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Adónde queda Colombia: El mapa político de América latina es mucho menos homogéneo que el de Sudamérica, que tampoco lo es del todo. La influencia norteamericana, reformateada en el Nafta, siempre se propagó por Centroamérica. Esa es la regla, que admite excepciones parciales o transitorias. La coyuntura permite que algunos ensayistas digan que Colombia prolonga Centroamérica o, si se prefiere, esa área de influencia. Uribe es el niño mimado de Estados Unidos, a quien prodiga pruebas de amor. Colombia fue el único país sudamericano mencionado por George Bush en su discurso sobre el estado de la Unión: pidió la aprobación del respectivo Tratado de libre comercio. Hillary Clinton y Barack Obama no menean ese tópico en campaña (los votantes norteamericanos son refractarios a los TLC, pues malician que les resta fuentes de trabajo en su tierra) pero, fieles a tradiciones raigales, corrieron veloces en apoyo al agresor y violador de la ley internacional.

Miles de millones de dólares se vuelcan en Colombia, diz que para combatir guerrilla y narco. Miles de millones de razones nutren una bella amistad que Uribe compensa con una gestualidad pro yanqui muy discordante en su vecindario.

No es posible determinar cuánto pesó en la decisión de Uribe la lógica de su política doméstica, en especial su lucha contra la FARC (que incluye minar la ayuda humanitaria y demostrarle a su sponsor que la ayuda militar no cae en saco roto) y cuánto el afán de meter bala en medio del trabajoso trámite de la integración regional. Es menos dudoso tabular qué impactó en ambos tableros.

Y, queda dicho, recibió una respuesta cuya celeridad y magnitud no tienen precedentes.

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Los días después: Las bombas fueron sucedidas por sobreactuaciones y bravatas. Correa, mandatario del país invadido, se mantuvo atinado. Viajó veloz a Brasil y Perú, o sea, a dos países limítrofes con Ecuador y Colombia, uno de los cuales es el líder regional. Fue buenamente acogido por Alan García, que no es su afín ideológico, lo que da una traza de los riesgos que se habían desatado. Lula se ocupó y se preocupó por Ecuador. Al fin y al cabo la guerra entre Perú y Ecuador de 1995 estalló tras una chispa no especialmente más grande que ésta. En ese caso hubo mes y medio de refriegas y muertes, tardándose cuatro años en concluir un tratado de paz en suelo brasileño. Las comparaciones ayudan para evaluar cuánto se hizo y cuánto se impidió.

Brasil conoce en carne propia la excitación expansiva de Colombia. Bajo el mandato de Fernando Henrique Cardoso tropas colombianas entraron sin permiso en territorio verde-amarillo. Las tropas de la FARC que querían atacar estaban en suelo colombiano, pero una base brasileña les daba mejor posición táctica. En ese caso, honrando al tamaño relativo, bastó un ultimátum brasileño. El asesinato de Reyes fue un hecho consumado perpetrado en un estado mucho menos militarizado. Observadores de terceros países, consultados por este diario, creen que Correa fue bastante sincero al narrar cuántos esfuerzos hace para evitar la presencia de la FARC. Añaden un detalle que el gobernante de Ecuador jamás podría sincerar, aunque es imaginable: sus fuerzas armadas no tienen capacidad para enfrentar el potencial bélico de las FARC.

Lula contuvo a Correa y, tanto como su canciller Celso Amorim, se mantuvo en teléfono rojo con él. Un excalibur que cruzara llamadas entre presidentes en estos días seguramente habría saltado por los aires.

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Resurrección en Washington: La OEA es un organismo poco erotizante, muy erosionado desde la exclusión de Cuba. Un ámbito muy limitado para decidir, por la dispersión de sus componentes y por la incidencia norteamericana.

La esfera de influencia del Nafta arrastra muchos votos, hay 13 países angloparlantes habituados a pegarse como lapa a lo que decida Washington, sólo Jamaica desentona a veces. Un rechazo a Colombia por votación era imposible, por consenso ya era una minihazaña.

Hay en OEA políticos de buen nivel, su presidente José Miguel Insulza (sin ir más lejos) es una figura destacada de la Concertación chilena. Era precandidato a presidente y se retiró para ceder paso a Michelle Bachelet, ahora cavila si hace lo mismo ante Ricardo Lagos o si lo enfrentará. Pero la relativa calidad de algunos integrantes no sana la flaqueza de la OEA: en una política tan personalizada, un cónclave sin cancilleres ni presidentes es débil.

La decisión que se tomó, precocinada en los pasillos y en celulares VIP, es una prueba de la coordinación de los principales países de Sudamérica.

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Lula, Cristina, Bachelet: El presidente brasileño no viajó a la República Dominicana. Era lo previsto pero las circunstancias podían ameritar un cambio. La explicación oficial fue que tenía pautadas actividades políticas locales muy exigentes en Río de Janeiro. Desconfiados de otras nacionalidades husmean que había alguna cuestión de protagonismo, en especial respecto del presidente de México, a quien se designaría secretario pro tempore del Grupo Río. Amorim lo suplió con verba pausada, diríase de taquito. Pero, más vale, no era lo mismo.

La presidenta Bachelet, en cambio, revisó sus planes tras el estallido y estuvo presente.

Cristina Fernández de Kirchner arrancaba de un brete, tenía pautada desde antes una escala en Venezuela. Hugo Chávez había reaccionado histriónicamente, dando órdenes por TV a sus generales. Avivó mucho el fuego, ganó una centralidad que le cabía a Correa. La Cancillería argentina e Itamaraty no se fascinaban con la sobreactuación del bolivariano. Pensaron que era mejor aminorar la tensión. Los argentinos llamamos a eso “poner paños fríos”, parece que en Brasil se dice “poner trapos calientes”, las palabras difieren pero la idea es la misma: atemperar.

El punto de mantener o suspender el viaje a Caracas cobró mucho volumen. Apearse contenía un desaire, amén de un “achique” a reclamos de terceros sectores, algo que el Gobierno suele rechazar. Visitar a Chávez exponía a la Presidenta a quedar “pegada” con su desmesura.

En tres meses de mandato, Cristina padeció vaivenes varios en materia internacional, algo que se presuponía una de sus áreas de acción distintivas. El affaire Antonini Wilson es un legado del gobierno anterior pero el lastre le revivió casi al unísono con su jura. Idas y venidas con el presidente de Guinea Occidental no le hicieron ningún favor.

Una crisis severa fue su primer round en serio, la escala en Venezuela le agregaba un plus de dificultad.

Argentina actúa en línea con Brasil pero sus presidentes tienen una mayor afinidad empática con Chávez, amén del intercambio económico, el más alto de la historia por paliza y demolición.

La Presidenta optó por lo que marca el ADN kirchnerista, doblar la apuesta en su estilo, haciéndose cargo del costo simbólico de quedar pegados. A los Kirchner los incordia que les impongan la agenda, prevención lógica que eventualmente convierten en capricho o sobreactuación. No todos sus colaboradores cercanos comparten esa gestualidad, casi ninguno se atreve a hacer comentarios.

Lo cierto es que ocurrió algo que también suele ocurrir y que fuerza a matizar conclusiones. La cercanía con la mandataria argentina domesticó la retórica de Chávez. El presidente venezolano anticipó lo que haría luego en Dominicana. En la Rosada y en el Palacio San Martín interpretan que la mutación se debió a la influencia directa de la Presidenta. Colegas aliados de otras latitudes creen que se hubiera obtenido un resultado similar preservándose, manteniendo más distancia.

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Santo Domingo: Ningún lector de este diario tendrá una valoración idéntica de todos los que polemizaron anteayer en Santo Domingo. Este cronista tampoco, pero es del caso señalar la calidad de los discursos, la destreza de los protagonistas para manejarse con la transmisión televisiva, la claridad oratoria. Y, aunque nunca se puede creer que hubo pura franqueza, sí hubo posturas nítidas y enorme dureza. La visibilidad y la argumentación son dos elementos sustanciales de la democracia, ambos se pusieron en acto.

Claro que una fracción grande de lo que se dice apunta a las plateas domésticas. Uribe remarcó varias veces su condición de “combatiente” que tanto le sostiene la legitimidad. Chávez y Evo Morales dedicaron buen tiempo a describir a sus opositores golpistas.

Esas estribaciones no le restan dimensión al debate, más bien revelan la entidad que se le atribuye.

Uribe roba cámara con facilidad, habla hasta por los codos, interrumpe. Deriva del macartismo a la sonrisa con velocidad de rayo. Es rápido y energético. Saltó como un resorte para ir a darle la mano a Correa, disimulando con su entusiasmo que estaba pidiendo disculpas. Cristina Fernández de Kirchner le tiró la mano cuando fue a saludarla, en medio de los aplausos que subrayaban el cierre obtenido: el colombiano, sin inmutarse, se rebuscó para besarla en la mejilla.

Correa se mantuvo firme y trasuntó bien su indignación y su desconfianza, casi sin perder la línea.

Chávez dio un curso de oratoria aplicado a templar el ambiente, supuestamente algo ajeno a su destreza. El despliegue realizado al efecto fue notable. Arrancó hablando generalidades, para distender al auditorio. La emprendió con una ristra de anécdotas que parecían no ir a ningún lado. Hizo reír a varios de sus pares. A Cristina cuando le recordó que le había mandado a “Néstor” a Villavicencio y evocó cuánto sudó Kirchner, “él, un pingüino de las tierras del hielo”. Al presidente de Guatemala cuando lo interpeló “¿tú has sido guerrillero o algo así?”, A Evo Morales cuando le recordó la existencia de Quispe, “uno que era más radical que tú”. Las puntadas tenían nudo, defendía el canje humanitario, la politización de los insurgentes, cuestionaba la paranoia americana.

Enhebró el discurso merituando el valor de quienes piden disculpas. Y, tras haber avivado vientos de fronda, tildó, con plena sensatez, de “hecatombe” y de “catástrofe” cualquier hipótesis de guerra regional.

Fue también Chávez quien enfatizó la implicación de Estados Unidos en el conflicto. Morales lo ratificó oponiendo a la proliferación de palabras de Uribe sobre terroristas y narcos, una síntesis llamativa sobre el uso de vocativos: “en Estados Unidos nos llamaban rojos, después nos dijeron cocaleros y, a partir del 11 de septiembre, nos dicen terroristas”.

Cristina Fernández se había pronunciado a su guisa, con un discurso elaborado y con precisión jurídica, apuntando a la megapotencia sin nombrarla. Su crítica al unilateralismo y su moción por el multilateralismo aludía a Uribe pero hacía centro en Wa-shington, sin mentarlo.

Amorim y Bachelet hicieron núcleo en la necesidad de la paz y en el consenso de todos los países contra la violencia.

El final fue un parate al mejor alfil de Estados Unidos en la región, a la rara avis de la etapa que quiso patear el tablero.

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Cooperarnos: Las perspectivas de integración regional son, seguramente, las mejores de la historia compartida. Eso no equivale al éxito ni disminuye desafíos y peligros. La sintonía política de varios gobiernos sudamericanos, la reversión de los términos del intercambio, la paz y la atonía de Estados Unidos suman para la mejor perspectiva. Pero queda mucho pendiente, la institucionalidad es por demás precaria, la saga de esta semana lo prueba: la OEA es un ámbito oxidado, el grupo Río deriva del Contadora, urdido en aras de desmilitarizar Centroamérica y trajinar la crisis de la deuda externa. Por otros lados navegan el Mercosur, el ALBA, la Unión Sudamericana. La proliferación no prueba calidad, al contrario.

Los intereses comerciales compartidos no se bastan para destrabar antagonismos paridos en otros tiempos. La historia y la geografía dejan su huella, no sencilla de borrar. Los choques entre países limítrofes, propios del siglo XIX o de la Guerra Fría, no quedan superados. El viernes el presidente nicaragüense Daniel Ortega y su colega colombiano hablaron lo suyo de uno que los enfrenta, que tramita en el tribunal de La Haya, y acercaron posiciones. El dato estimula pero no disuelve la situación de fondo.

La Argentina es, en ese rubro, un ejemplo ilustrativo. En rara sintonía sucesivos presidentes democráticos desmontaron muchas cuitas con los países vecinos: Perón, Alfonsín y Carlos Menem especialmente. Lo hicieron contrariando visiones de halcones o expansionistas criollos, en varios casos al costo (bajo, pero costo al fin) de hacer concesiones territoriales. Esa sagaz política no alcanzó para evitar el doloroso contencioso del río Uruguay, un entripado vinculado a la cuestión ecológica, propia de las últimas décadas.

Los intereses no terminan de conjugarse, los presidentes afrontan menudos batifondos puertas adentro, sometidos a la continua exigencia de revalidarse. Desbaratar la ecuación pacifista sería un suicidio. Las balas herirían el crecimiento económico, sustento necesario de la legitimidad de gobiernos populares. Los mandatarios así lo entendieron, reaccionando con efectividad, escenificando lo que pasaba. Dos virtudes cardinales de la democracia, tantas veces postergadas.

Uribe logró un solo éxito, que fue ingresar la violencia internacional a la agenda. El daño que causó es irreversible, ese es su único capital. Desde ahí, lo sofrenaron la política conjunta, un pacifismo pragmático, racional, compartido.

Nada es definitivo en política, en la internacional nada es seguro. Pero algo encomiable sucedió en estos días, algo que no se veía tiempo ha.

Hablamos, ya se sabe, de condiciones necesarias pero no suficientes. Algo es. Lo demás es bien cuesta arriba, muy requirente de construcción y destreza. En su verba sencilla, rigurosa y persuasiva, Evo Morales (un emblema de los logros de la libertad democrática) dijo varias veces, como consigna, “tenemos que cooperarnos”. Y dijo bien.

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