EL PAIS › A LOS 83 AÑOS, EN EL DIA DEL PERIODISTA, FALLECIO BERNARDO NEUSTADT

Debió haber muerto el día del lobbista

Sufrió un ataque cardíaco. Figura cuestionada del periodismo político, apoyó siempre las políticas neoliberales. Defendió la dictadura militar y en los ’90 fue el principal vocero del menemismo. En los últimos años estuvo alejado de los primeros planos.

 Por Diego Martínez

Periodista desde los 14 años, referente del periodismo político televisivo durante tres décadas como conductor de Tiempo Nuevo, defensor de las políticas neoliberales de la última dictadura, símbolo de menemismo complaciente, inventor de “Doña Rosa” para justificar el desguace del Estado, y marginado en la última década a escribir en la web y en Ambito Financiero, desde donde sin éxito y hasta el final predicó el apocalipsis, ayer al mediodía, a los 83 años, falleció Bernardo Neustadt. Según informó su secretaria, sufrió un paro cardíaco antes de almorzar, curiosamente en el Día del Periodista. Será velado en su casa de Martínez y enterrado en el Cementerio Parque Memoria de Pilar. Si alguien le cumple el deseo, su lápida dirá que “Ayudó a pensar”. El chiste del final.

Neustadt nació en Rumania el 9 de enero de 1925 y vivió obsesionado por la soledad, la vejez y la muerte. Su extensa carrera en medios gráficos, radiales y televisivos derivó en un menosprecio de buena parte de sus colegas por su hábito de simplificar temas complejos, repetir consignas vacías, pero sobre todo por su cercanía con corporaciones de poder, gobiernos militares y por su rol de publicista desmesurado del menemismo durante el proceso privatizador. “Yo opino, no informo, no investigo, no voy a ver gente”, le confesó a Página/12.

A los 14 años ingresó a la sección deportes del diario El Mundo. En 1960, a los 35, llegó a la radio. En 1964 debutó con Tiempo Nuevo y fundó al revista Todo. En 1965 creó el semanario Extra. En 1975 y hasta el retorno de la democracia escribió también en la revista de negocios Creer. Durante sus siete décadas de oficio entrevistó desde personalidades como Juan Domingo Perón, Charles De Gaulle, Felipe González, Osvaldo Soriano y Arthur Miller, hasta Juan Carlos Blumberg, Raúl Moneta y Cecilia Pando.

En noviembre de 1975 advirtió en Extra que “la sociedad no ha tomado conciencia de que estamos en una miniatura de guerra civil”. Lamentó que las fuerzas de seguridad “matan y mueren desde la soledad” y preguntó: “¿Quién terminará con la guerrilla industrial en los huesos sin calcio de las fábricas?”. En febrero de 1976 el gobierno de Isabel Perón prohibió Tiempo Nuevo. Su última nota antes del golpe se tituló: “No había golpistas: los fabricó el gobierno”. “La Argentina ha sido estropeada”, resumió. Describió el caos y pidió: “Hay que reparar el país”. “Diremos algún día que los militares no buscaron el Poder pero que el vacío de poder los buscó”, anticipó. Para cerrar jugó con palabras de la viuda de Perón. “Aguardando el hacha y el látigo prometidos, no escribimos más. Tal vez el silencio resuelva la emergencia nacional. Tal vez con periodistas mudos y ciegos el país se ‘salve’. Así sea”, concluyó, y actuó en consecuencia. “¿Sabe usted qué está haciendo en este momento su hijo?”, indagaba desde la pantalla en pleno genocidio.

En Tiempo Nuevo inventó y le habló a los ojos a “Doña Rosa”, símbolo de la clase media desinformada, prejuiciosa, manipulable, bocado fácil para “las empresas a las que les interesa el país”. Mientras Carlos Menem rifaba las empresas públicas Neustadt lo recibía con champagna. Brindaban frente a las cámaras. Llegó a cederle la conducción del programa. El 22 de diciembre de 1997, en Canal 2, condujo la última emisión. Le sobraban avisos publicitarios y vínculos con el poder pero el lenguaje de la sociedad había cambiado. “Doña Rosa” cada día toleraba menos que le hablaran desde el núcleo del poder y pedía al menos un poco de disimulo. Los 30 puntos de rating de antaño se habían comprimido a 3,1.

En 1988 fundó la emisora FM Milenium, abandonó sus oficinas de Puerto Madero y comenzó a transmitir desde su mansión en Martínez, “tomando distancia de los acontecimientos, cosa que un periodista no debiera hacer”, admitió ante Andrew Graham-Yooll. Nunca más logró disimularlo. Para optimizar su alienación se mudó luego a Punta del Este. En los últimos años se dedicó a aborrecer al kirchnerismo. Promovió un abrazo al Congreso para “reivindicar la Constitución nacional” en el que entonó la marcha de San Lorenzo junto con la última activista castrense. Reveló su afinidad con Elisa Carrió e impulsó la candidatura a gobernador del falso ingeniero Juan Blumberg. Una de sus últimas apariciones públicas fue cuando visitó en el penal de Marcos Paz, junto a Carlos Menem, al subcomisario represor Luis Patti.

Desde su columna en Ambito irradió furia hasta el último día. “Se vienen abajo sin paracaídas”, auguró al gobierno. Soñó “miles de De Angeli en las provincias” que “rompieron las tranqueras para gritar”. “¿No siente usted que esta es una Dictadura Civil como nunca hemos tenido?”, bramó. Igual que Julio Ramos, Neustadt, célebre por su “no me dejen solo”, no tuvo un amigo sincero que le aconsejara retirarse a tiempo. Sus últimas palabras, el viernes, “a mis amigos y amigas”, pueden leerse en su sitio. “No le creo nada al matrimonio presidencial”, confesó. “Quieren llevarnos a una Guerra Civil. Deben ser adictos a la SANGRE”, con mayúsculas. Esa mañana en Costa Galana “dos señoras” que sólo él o Mirta Legrand pueden cruzarse o inventar le preguntaron: “¿El Matrimonio se quiere quedar con el país?”. “No, se quieren fugar con la plata de los argentinos”, se respondió a sí mismo. En la post data contó que se cruzó con chacareros. “Cuando me reconocieron, nació un amor recíproco”, se ilusionó. “Hombres y mujeres apenas vestidos”, describió, riguroso. Luego escuchó “el aullido de Kristina” y “tuve ganas de vomitar”. Cerró con un consejo: “Hablar con sus hijos de este momento que vive el país”. Se despidió “hasta el lunes”.

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