EL PAIS

Qué es de la vida de... Oscar Camilión

Fue ministro de la dictadura y hoy justifica en parte a Bussi. Fue ministro de Menem y nunca volvió a hablar con él, aunque dice que no son enemigos. Procesado por contrabando de armas y sobresueldos, Camilión alterna entre su consultora financiera, el golf y la ópera.

 Por Alejandra Dandan

Vuelve de un partido de golf. Oscar Camilión aún lo juega dos o tres veces por semana, en el Club Olivos, como hace cuarenta años. Entonces no era canciller ni ministro de Defensa, sino jefe de redacción del diario Clarín y un cuadro político del desarrollismo. En 1973, un cambio en la línea interna del diario lo dejó fuera de escena y con un pico de estrés. Los médicos le recomendaron el deporte y, desde entonces, juega incansablemente, aunque nunca pudo mejorar su performance, ni siquiera con tantas partidas compartidas con Carlos Menem durante los ’90. A esta altura, tampoco parece importarle. “En el golf –le dice a Página/12–, uno nunca mejora porque el responsable ya no es uno sino los huesos.”

Los 78 años encuentran a Camilión viviendo de un sueldo de retiro del Estado, otro internacional y, como conoce los vaivenes del mercado, de sus asesorados económicos. Dueño de una consultoría pequeña, aconseja a un grupo de importantes clientes sobre lo que sucederá en el mundo bursátil. Desde las acciones del petróleo hasta las commodities de soja.

“Si hace diez días usted me hubiese preguntado qué va a pasar con el petróleo, por ejemplo, le hubiese dicho que iba a bajar –dice Camilión–; y hay gente a la que esas opiniones le interesan.”

Los clientes de Camilión están en el país, pero también y, especialmente, afuera. Experto en secretos de Estado, no amaga siquiera a dar nombres. No son países –admite–, sino clientes particulares, porque para atender a las grandes potencias ya no tiene suficientes mostradores.

En los últimos años, Camilión duerme mucho y se odia por eso. Continúa con sus clásicas lecturas de los clásicos, pero ahora incorporó algo de teoría política más moderna con el italiano Toni Negri. En estas épocas, la lectura lo ayudó a decodificar hasta la presencia mediática de Alfredo De Angeli. “Toni Negri me resulta muy útil para entender qué pasa hoy en la Argentina, sobre todo con la aparición de la multitud como agente político importante –explica–. Como ocurrió con la salida a la calle de la gente después de la detención de De Angeli: eso tuvo una convocatoria fenomenal con un nuevo elemento coordinador que fue la televisión, y eso es una novedad política importante, un dato que ningún político debe soslayar y menos el Gobierno.”

Fuera de eso, dice, los cambios no han sido muchos. Escucha ópera con amigos, en reuniones muy íntimas organizadas en el living de su casa. Lee las críticas de cine de La Nación, Clarín y Ambito Financiero antes de optar por una película, pero prefiere las de norteamericanos o ingleses, aunque creció con las películas de Ingmar Bergman y del neorrealismo italiano. Mantiene su inglés actualizado sin tomar clases, leyendo los últimos thrillers norteamericanos como si aún debiera mantener el ritmo de su carrera política.

El doctor Camilión se graduó de abogado con medalla de honor en la UBA, como su padre. Se especializó en Derecho político y constitucional sólo porque un amigo de su padre lo llevó al Instituto de Teoría Política, a donde se incorporó Manuel García Pelayo, un jurista español de renombre, antifranquista, que emigró a la Argentina en 1951, y de quien Camilión se convertiría en una especie de discípulo. Cuadro del desarrollismo, Camilión entró en la Cancillería con el gobierno de Arturo Frondizi como director de personal y para organizar la carrera diplomática.

Un día, Frondizi lo llamó. Había conversado con Noble sobre la posibilidad de su designación en el diario Clarín. Se desempeñó como jefe de redacción entre 1965 y 1972; antes de irse, durante un año y medio asumió además la administración del diario. “Para decirlo francamente –cuenta ahora–, desde el punto de vista del desarrollismo, yo representaba una posición independiente; no quería que el diario fuera un vocero desarrollista, quería exactamente lo que Frondizi me sugirió cuando habló sobre mi designación. Me dijo: nosotros necesitamos que no se oculte la presencia del desarrollismo, porque los otros diarios nos ignoraban completamente.” En ese sentido parece haber cambiado su mirada de los medios. “Los medios tomaron partido en el conflicto con el campo –dice–; hoy por hoy, no hay ningún medio neutral prácticamente en la Argentina, pero yo pienso que eso es así, es inherente a la naturaleza de las cosas.”

Camilión trabajó para la dictadura militar. Primero declinó, cuando el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía le propuso un puesto de embajador en Brasil. Pero aceptó años más tarde, cuando la propuesta llegó de la junta encabezada por el dictador Roberto Viola. No era la primera vez que estaba fuera del país como representante. Durante el gobierno de Frondizi había sido parte de la delegación argentina en la Conferencia de Punta del Este que negoció, entre otras cosas, en el encuentro secreto entre Frondizi y Ernesto “Che” Guevara, encuentro al que Camilión se oponía.

Todavía bajo la dictadura, volvió al país y asumió en Cancillería, hasta la guerra de Malvinas. “Cinco años afuera, y cuando volví en 1981, la guerra sucia había terminado. Eso no quiere decir que estuviera de acuerdo”, se justifica con un tono que los años no han ablandado. En 1976, agrega, “el gobierno se cayó solo y además había unos aspectos con el tema guerrilla que el país tenía que superar. Ahora dicen lo que dicen del general (Antonio) Bussi, pero tenía un problema muy serio: desconocer que el ERP declaró zona liberada esa región es una omisión histórica muy seria. Pero no se puede negar que los abusos, en muchos aspectos, son intolerables”. Quizá también lo sea denominar “abusos” al terrorismo de Estado y las prácticas genocidas.

Con Carlos Menem, Oscar Camilión ejerció su última función pública como ministro de Defensa, de 1993 a 1996. Nunca volvió a encontrarse ni a hablar con el ex presidente riojano. “Lo cual no quiere decir que esté peleado”, aclara. De aquel paso por la gestión pública, Camilión salió procesado por la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia, y por el cobro de sobresueldos. Del contrabando de armas siempre insistió en que es un chivo expiatorio. De la causa de los sobresueldos, en cambio, no habla, como si la sola puesta en palabras de algo pudiese desatar los fantasmas.

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