EL PAíS › HOY SE CUMPLEN DOS AÑOS DE LA
RENUNCIA DE CHACHO ALVAREZ A LA VICEPRESIDENCIA

Pensando en lo que le pasó a la Alianza

Mientras Chacho termina el libro en que cuenta su versión, las figuras del Frepaso recuerdan esos días y tratan de entender las razones de lo que hoy ven como un error político grave. El misterio de las relaciones post-renuncia con el gobierno y el apoyo a Cavallo.

 Por José Natanson

Las coimas en el Senado; la pelea cada vez más abierta con Fernando de la Rúa; el cambio de Gabinete y la promoción de Alberto Flamarique; la renuncia; el clamor inicial y el temor a romper la Alianza; el peso de la crisis económica; los proyectos para construir un partido político a través de Internet; los papers con propuestas que le alcanzó al Presidente; el impulso a Domingo Cavallo; el intento por volver como jefe de Gabinete. El 6 de octubre de 2000, Carlos “Chacho” Alvarez anunciaba su renuncia a la vicepresidencia, punto de partida para un camino político sinuoso, por momentos inexplicable, que terminó en un larguísimo ostracismo. A dos años exactos de aquella jugada, y mientras se aguarda su retorno en forma de libro, Página/12 consultó a los que en ese momento eran sus amigos y aliados políticos para poner en perspectiva la decisión que marcó el principio del final del sueño aliancista.
La primera cuestión, la más importante, son los motivos que lo llevaron a pegar el portazo. En el discurso de aquel día, Chacho lo atribuyó a la falta de respaldo político por parte de De la Rúa, posición que había quedado más que clara con la decisión de promover a Flamarique y sostener a Fernando de Santibañes. Federico Storani, ministro del Interior y aliado de Alvarez en la interna del Gabinete, recuerda los días previos a la renuncia. “Chacho quedó a cargo del Ejecutivo por un viaje largo de De la Rúa a China. Estábamos mucho juntos y hablamos mucho de la situación del Senado. En ningún momento me dijo que iba a renunciar. El desencadenante, entonces, no fueron los sobornos en sí, sino la designación de Flamarique. Sintió que le mojaban la oreja”, sostiene. Es posible, pero eso no explicaría por qué Alvarez fue a la jura en la Rosada y recién anunció su alejamiento la mañana siguiente. “Es que fue todo muy rápido y no atinó a reaccionar”, reflexiona Storani. “Lo que terminó de decidirlo fue la jura, el aplauso a Flamarique, la soberbia del Grupo Sushi. Yo estaba en Salón Dorado y era bastante desagradable, pero de ahí a irse...”
Igual que casi todos, Graciela Fernández Meijide, en ese entonces ministra de Desarrollo Social, se enteró por la radio. E igual que casi todos, tiene su propia hipótesis sobre las razones que lo movieron a tomar semejante determinación. “No fue por el Senado, eso seguro: después tuvo varias reuniones con De la Rúa y Raúl Alfonsín, y en ningún momento volvió a mencionar el tema. Tampoco fue por las operaciones de prensa que se habían armado. Eso lo molestó, pero no fue lo fundamental: se fue porque estaba apostando a un proyecto de poder alternativo y creyó que era un buena forma de darle empuje. Pero midió mal, pensó que iba a tener un acompañamiento social que no se produjo y, además, no tuvo en cuenta el impacto de su decisión sobre la economía”, concluye Fernández Meijide, que por estos días escribe un libro que incluye una mirada durísima sobre el rol de su ex conductor político (ver aparte).
Todos, aun sus más íntimos, coinciden en que el alejamiento de Alvarez fue un error político. “Mirado a la distancia, es evidente que la sociedad reclamó otra cosa, que lo quería ver en la pelea y no afuera. Fue una decisión, personal y política, que no tengo por qué juzgar. Pero sí hay que decir que en cualquier caso lo que hizo Chacho está a años luz de lo que hacen otros dirigentes, que han robado o traicionado sus mandatos”, asegura el jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra. “Fue un desacierto, más que nada por cómo se implementó”, reconoce José Vitar, líder de los diputados del Frente Grande que se integraron al ARI y uno de los pocos que conserva el diálogo cotidiano con Alvarez. “En ese momento había dos opciones: quedarse y pelear hasta el final, lo cual era poco viable porque De la Rúa ya había demostrado que no tenía voluntad de investigar. O declarar el final de la Alianza y retirar los funcionarios del Frepaso del Gobierno. Seguramente eso hubiera sido lo mejor, pero Chacho no lo hizo porque no quería matar al Gobierno. Además, había una presión muy fuerte de las segundas líneas del Frepaso para que no rompiera”, agrega.
El diputado Fernando Melillo coincide con Vitar en que el problema no fue tanto la renuncia como la decisión de no militarla. “El error pasa más que nada por no haber llevado a fondo la ruptura. Cuando tomó la decisión, Chacho dio por terminado el intento de la Alianza. No se animó a seguir adelante porque hubo una campaña feroz, que lo responsabilizó por la subida del riesgo país y todo lo que vino después”, agrega.
La explicación de los amigos de Alvarez sería la siguiente: el hombre pega el portazo y después, cuando se da cuenta de que había desatado una crisis financiera, se asusta. Tiene su lógica, pero deja cosas afuera. En principio: ¿por qué, cinco meses después, se convierte en el principal impulsor del ingreso de Cavallo? ¿Y por qué, con el argumento de que había que ampliar la Alianza, se postula como jefe de Gabinete del Gobierno del que se había alejado? Durísima, Fernández Meijide declara: “Eso es algo que nunca va a poder explicar. Cuando se fue, Chacho era un funcionario electo, tenía un partido consolidado detrás suyo, podría haber presionado y seguido peleando. Después quiso volver de la mano de Cavallo, con un partido alelado y desarmado”.
Sus amigos, los que todavía lo tratan, tienen otra mirada. En una reactualización de la antigua teoría del entorno, algunos dirigentes –Fernández Meijide, Ibarra, Darío Alessandro, Rodolfo Rodil– lo habrían presionado para que volviera al gobierno. “Dentro del Frente había muchos que no querían la ruptura”, asegura Melillo. “Creyó que era una situación de emergencia y que así podía ayudar, pero nunca estuvo convencido. Estaba muy presionado por algunos compañeros, los más representativos y los que ocupaban los cargos más importantes, que no querían que se alejara”, justifica la diputada Irma Parentella.
Hoy, además del segundo aniversario de la renuncia de Alvarez, puede ocurrir el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. Para la centroizquierda argentina es un espejo terrible: de un lado, una construcción paciente, con rumbo nítido y perseverancia en el desarrollo territorial y la gestión. Del otro, bajo el hiperkinético liderazgo de Chacho, un camino accidentado y lleno de atajos: la sociedad con José Bordón, el pase de Fernández Meijide a la provincia, la formación de la Alianza, el ingreso de Cavallo. Es muy fácil, por supuesto, cuestionar decisiones desde la comodidad del hecho consumado. Un ejemplo: la coalición con el radicalismo, que ahora muchos ven como un error que diluyó al Frepaso, fue la respuesta a un fuerte reclamo social y al apuro por derrotar a Carlos Menem.
En cualquier caso, será el propio Alvarez quien se encargará de sopesar los aciertos y los errores de sus últimos años de vida política dentro de dos semanas, cuando aparezca el libro con su esperada autocrítica. Allí dirá que nunca tendría que haber renunciado a la idea del Frepaso como fuerza alternativa y que se fue porque De la Rúa no estaba dispuesto a acompañarlo. Y allí quizá se encuentren algunas respuestas más concretas del hombre que puso en jaque al bipartidismo por primera vez desde 1983, que tuvo la visión estratégica para derrotar al menemismo y construir una herramienta de poder formidable como la Alianza, pero que finalmente tomó una decisión audaz, se asustó, se desorientó y se condenó al silencio.

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La escena que quedó como símbolo de aquel 6 de octubre de 2000: Chacho anunciando su decisión.
 
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