EL PAIS › UN TRIBUNAL ABSOLVIO A UNA MUJER QUE MATO A SU PAREJA AL CONSIDERAR QUE ACTUO EN “LEGITIMA DEFENSA”

Un día las víctimas pueden tener razón

Graciela Aguirre había denunciado a su pareja varias veces por violencia doméstica, pero no le hicieron caso. Un día salió en defensa de su hija, forcejeó con él y le cortó la garganta. El fiscal de instrucción la acusó por homicidio simple. Estuvo dos años presa y ayer fue absuelta.

 Por Emilio Ruchansky

Graciela Aguirre fue a declarar con los senos al aire, descalza, golpeada y toda ensangrentada. Habían pasado sólo cuatro horas de la muerte de su pareja, Ricardo Avila, luego de que ella le asestara el filo de un cuchillo en la garganta para defender a su hija. “No quise matarlo, fue un accidente. Yo quería que soltara a la nena, la tenía agarrada de los pelos y ella se había metido para defenderme”, dice ahora, sentada bajo un limonero en el jardín de la casa de sus padres, en El Palomar, donde pasó un año y medio bajo prisión domiciliaria. Ayer, la Justicia la absolvió por entender que lo suyo fue en defensa propia y de sus hijos, aunque hacia rato que esta mujer merodeaba las comisarías de su barrio para que encarcelen a su pareja, al menos, “hasta que se le pase la borrachera”. Aguirre dice que nunca la tomaron en serio y se lamenta: “Se pudo haber evitado”.

La pareja se conoció a través de una amiga de Aguirre que salía con el hermano de Avila. “Y al principio me pareció un tipo dulce, amable, atento. No era Robert Redford, pero pegamos onda... era muy chistoso y nos divertíamos mucho”, recuerda Aguirre, “pero un día mostró la hilacha”. Fue durante el cumpleaños de ella en la casa que compartían en Ramos Mejía y mientras jugaban a las cartas con los padres de Aguirre. “Mi viejo le hizo un chiste tonto, porque mi pareja lo estaba paliceando al truco. Entonces mi papá le dijo: ‘Donde te comprastes las cartas’. Y él se sacó, tiró todo, tuvimos que salir corriendo del departamento”, cuenta la mujer.

Después vino el embarazo y siguió la violencia. Avila trabajaba en el sector de mantenimiento de una facultad y volvía borracho a casa. “Tomaba cerveza, vino, vodka, o lo que le pusieran en el vaso. Yo quería creer que estaba nervioso porque iba a tener un hijo, trataba de justificarlo”, reconoce la mujer. Ayer relató ante el Tribunal Oral Criminal 4 de La Matanza que fue golpeada, y mucho, durante el embarazo. “Yo me fui de mi casa, pero él me seguía, me amenazaba por teléfono, amenazaba a mi familia, decía que me iba a prender fuego, que volviera con él que iba a cambiar, que no me iba a levantar más la mano, que si no volvía me prendía fuego la casa de mi mamá o que sino me iba a matar”, asegura Aguirre.

Su pareja era muy grande, físicamente hablando. Medía aproximadamente dos metros y pesaba más de 100 kilos. Ella mide un metro y medio, tuvo de bebé un ataque de polio severo y camina con dificultad. El la trataba de “puta de mierda”, le repetía que tenía que darle gracias por estar con ella y que era “una inservible”. El maltrato era cotidiano y cada vez que acudía a la comisaría la entretenían un rato o le aconsejaban buscarse un abogado (aunque ella no podía pagarlo).

La noche del 4 de junio de 2007, Avila regresó demasiado borracho y más violento que de costumbre: “Se había tomado una botella entera de vodka”. Esa noche, Aguirre le comentó que había fideos con tuco para cenar y él le respondió: “Metételos en el culo”. Luego comenzó a insultarla y la agarró de los pelos. Ella le pidió a su hija, que había tenido con otra pareja, que llamara a la comisaría. En ese momento, contó la mujer al tribunal, Avila le dio un “sopapo” a su hijo de 4 años, dejándole un ojo morado, y le tiró un vaso de vidrio por la cabeza a la hija, al tiempo que le arrancó el teléfono de las manos. Luego tomó un cuchillo.

“Mi idea era sacárselo de la mano, forcejeamos, tratamos de empujarlo para que se caiga o suelte el cuchillo, él se cayó, cuando se cae suelta el cuchillo pero lo vuelve a agarrar, mi hija se pone en el medio como defendiéndome a mí y él le empieza a tirar puñaladas”, declaró la mujer. Después le clavó el cuchillo en el cuello. “Traté de taparle la herida, pero no pude hacer nada”, contó en su momento, y entre lágrimas, ante el juez de Garantías, Norberto Ochipinti.

Ayer, en su alegato, el fiscal Ariel Panzoni se abstuvo de acusarla: argumentó que había actuado en “legítima defensa. El tribunal, integrado por Gerardo Gayol y Franco Fiumara, hizo efectiva la medida. Pocas horas después, cuando recibió a Página/12, Aguirre todavía lucía la tobillera electrónica en la pierna derecha.

“No entiendo por qué el fiscal de instrucción (Guillermo Bordenave) no me creyó que había sido un accidente”, protesta, rodeada de camarógrafos, abogados y toda su familia. Aguirre se ríe cuando el cronista resalta su oportuna decisión de no casarse con Avila. Es que el Código Penal permite a los fiscales exigir la pena de reclusión perpetua cuando se trata del homicidio de un cónyuge (sin embargo, la ley prevé una baja de la calificación en “casos excepcionales” o “para maridos borrachos”, como admiten algunos jueces). Aguirre fue acusada de homicidio simple, un delito con penas de 8 a 25 años. “El fiscal de instrucción propuso la pena más alta y más cruel que le podía dar, porque Aguirre no estaba casada”, dice Carlos Pousa Bogado, defensor de la mujer, convertido en su manager ante la prensa amontonada en el jardín.

“Ese fiscal nunca quiso escuchar el testimonio de la hija, tenía los mismo elementos que ahora tiene el fiscal de juicio y no hizo nada”, machaca el letrado. “Mi cliente pasó seis meses y medio presa en una comisaría, antes que le dieran la reclusión domiciliaria”, sigue, sin dejar de perder de vista a su defendida, que se toma cinco minutos para fumar un cigarrillo. Su madre, que ceba mate en tres calabazas y llena de bebida los vasos desperdigados por la casa, la reta en público: “Nena, dejá el pucho”. “Ya se me pasó la ansiedad, estoy contenta”, le responde. El clima es de felicidad y cansancio. “Yo tenía fe, pero ella estaba desilusionada. Se pasó todo el tiempo viendo la tele, leyendo los diarios y cuidando a sus chicos, no quería hacer otra cosa. Estaba obsesionada con el juicio”, cuenta la madre.

Sentada en las faldas de una amiga, la hija de Aguirre ve “en vivo” a su madre, desde el televisor de la cocina. Ambas quieren volver al departamento de Ramos Mejía y empezar de nuevo. Aguirre cree que le va a costar conseguir trabajo y si no lo logra, tratará de hacer el secundario. Quiere disfrutar la vida, y por el momento, eso excluye a los hombres. Más de una vez, los periodistas y los fiscales le preguntaron por qué no dejó a su pareja. Una pregunta que ella responde con cara de nada y pensando, como confiesa a Página/12, que le da rabia. “Quisiera que se pusieran en mis zapatillas”, pide furiosa, “antes de hablar tantas boludeces”.


El fiscal que la encarceló

Los defensores de Graciela Aguirre le pidieron al tribunal que informe a la Procuración General bonaerense sobre el accionar del fiscal de primera instancia que la procesó y detuvo por homicidio simple, con el fin de que se lo sancione.

Los abogados Carlos Pousá Bogado y Daniel Borojovich formularon este reclamo al Tribunal Oral Criminal 4 de La Matanza, que absolvió a la mujer luego de que el fiscal de juicio Ariel Panzoni desistiera de acusarla. Los miembros del tribunal hicieron lugar a esa petición y a la de solicitar a la Suprema Corte de Justicia bonaerense que arbitre medidas que eviten situaciones similares con mujeres víctimas de violencia de género.

El reclamo de los defensores fue en contra del fiscal Guillermo Bordenave, titular de la Unidad Funcional de Instrucción 3 (UFI3) de La Matanza, que detuvo a Aguirre por el “homicidio simple” de su concubino Ricardo Avila y elevó la causa a juicio oral con esa carátula, que ayer fue desestimada. “Fueron fundamentales los dichos de los testigos, pero ellos han dicho en esta sala de debate lo mismo que le dijeron al fiscal de instrucción. El ministerio público no se equivocó, se equivocó un individuo que forma parte del ministerio público”, dijo Pousá Bogado.

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Graciela Aguirre, en la casa de sus padres, cuenta el final de su pesadilla: “No quise matarlo”, repite una y otra vez.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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