EL PAíS › OPINION
EL ACUERDO CON LOS GOBERNADORES NO ALCANZA. LOS LIMITES DEL GOBIERNO

Hay vida después

El sosegate que le dieron los diputados al Gobierno. Señales cruzadas desde el Norte, una manito y un chirlo. Qué busca Lavagna en Europa. Los tironeos por las tarifas. La iniciativa política, último monopolio estatal. Lo que pretende hacer en su tiempo final el duhaldismo. Y algo sobre lo que no hará y debería hacerse.

 Por Mario Wainfeld

“El Plan B es lo que estamos intentando: no pagamos y hacemos lo que podemos.” El que habla es un ministro, incondicional del Presidente. Según él, el Gobierno no se guarda nada bajo la manga, menos que nada un programa alternativo para el supuesto de que los organismos internacionales hagan tronar el escarmiento. Un alto funcionario de Economía, en otro diálogo con Página/12, confirma, con un léxico algo más técnico, esa lectura. El rumbo es el mismo, con Fondo o sin Fondo es el mensaje común.
El oficialismo se ha prendado de la relativa estabilidad, de lo que ellos leen como una incipiente reactivación pero, más que nada, por tener las variables mal pero bajo control. Y por los módicos avances en pos de algo similar a la normalidad que intenta Roberto Lavagna. La apertura del corralito, cuando era inminente su primer cumpleaños (una cabal eternidad para un desquicio de ese porte), refuerza la sensación en la Rosada y en Hacienda: el timón está en manos firmes. Manos que, aun para esa mirada autocomplaciente, no alcanzan para conseguir el apoyo del Parlamento y del peronismo y cuya destreza fina no es bastante a la hora de ponerle moño al acuerdo con el FMI.
Desde el Norte se han obcecado en derramar baldes de agua fría sobre los –cada vez más intermitentes– ataques de entusiasmo del Gobierno. El lunes pasado, tras abrochar con relativa facilidad los 12 puntos con los gobernadores, Eduardo Duhalde se comunicó con Hoerst Kohler y le comunicó el prodigio. “Vamos a ver cómo se implementan”, lo calzó de cross, en inglés, el alemán.
Los días siguientes depararon nuevas frustraciones, ahora de cabotaje. Un dato palmario, mencionado en esta columna la semana anterior, es que los gobernadores no disciplinan a sus legisladores y el oficialismo padeció esa balcanización en Diputados. Los radicales se encocoraron y el Gobierno puso en ellos el reproche pero lo cierto es que, en el interior del propio peronismo y aun del propio duhaldismo, las rebeldías están más cerca de ser regla que de ser excepción. “Yo no voy a volver a mi distrito después de haber promovido que se rematen Pymes o propiedades de particulares”, tremolaron más de cuatro. La sensibilidad social que, salvo honrosas y minoritarias excepciones, los peronistas inmolaron durante años resurge, claro que sólo como bravata, en estas épocas. Seguramente no es que hayan reverdecido las banderas de antaño, es apenas un recurso de supervivencia en medio del sálvese quien pueda. Los radicales, que hace un ratito votaron cuanta barbaridad les puso delante de las narices Domingo Cavallo, intentan blanquearse obstruyendo las iniciativas oficiales. Entre todos, dejan al Gobierno sudando la gota gorda y a la espera de rasguñar un consenso en la semana que empieza mañana.
Europa también existe
Si los organismos no dan pie a ninguna esperanza de acuerdo, tampoco (por ahora) aceleran el escenario del default. El mismo jueves en que Argentina informó que no pagaría 805 millones de dólares al Banco Mundial (BM) el FMI anunció la postergación del vencimiento de un pago pautado para noviembre. El roll over se hizo efectivo, silente, en estos días y fue computado sin mayor estrépito, como un porotito a favor, en este Sur. “Ellos están desconcertados. No esperaban jamás que nos atreviéramos a no pagar. Anoop Singh horas antes de nuestro anuncio aseguraba que pagaríamos sí o sí. Les cambiamos el escenario y, burócratas al fin, acusaron el golpe”, describe un negociador argentino, que luego (por si hiciera falta) deja claro que el desconcierto del FMI (que un mínimo placer le produce al funcionario) no es algo que lo mueva a aprobar la carta de intención.
Lo único que se ha conseguido es tiempo, la prórroga de una tregua inestable –mientras transcurren los 180 días que separan el día de la mora del momento inexorable de declaración del default– seguramente hastaenero, cuando los vencimientos superan los 2000 millones de dólares. Por entonces habrá que ver si los organismos no deciden adelantar las sanciones por la falta de pago, algo que pueden hacer, y si en la Argentina los factores de poder económico no se ponen más duros con el Gobierno al que por ahora, dentro de todo, dejan hacer.
Entre tanto, Lavagna altera su rutina y en su tradicional viaje semanal opta por Europa y no por Estados Unidos. Buscará en Francia e Italia revalidar el consistente apoyo que ha recibido de esos países en los organismos internacionales y tratará de que España sea menos zigzagueante en sus posturas. Esos países tienen, vía las empresas privatizadas de servicios, importantes activos e intereses en Argentina, de ahí su interés tangible en ayudarla a repechar su crisis. Y si se aprecia el peso y con él los activos físicos e inmobiliarios en las pampas tanto mejor. Va de cajón que las tarifas integrarán los paliques que tendrá el ministro que, en pos de apuntalar los apoyos que busca en el Viejo Mundo, jugó anteayer una carta fuerte: el anuncio del borrador de decreto de necesidad y urgencia estableciendo un aumento por el pago de los servicios. Lo cierto es que Lavagna encontraba muy poca acogida para la medida en el ala política del Gobierno, máxime después del plantón al BM. El Presidente mismo y el jefe de Gabinete trepidaban en promover una medida impopular que tampoco saciaba al FMI. El anuncio de Lavagna tomó de sorpresa a varios de sus compañeros de gabinete. Dos ministros que hablaron con este diario el mismo viernes, apenas minutos antes de la conferencia de prensa, la desconocían. Lavagna la enunció tras hablar con el Presidente, quien no le prometió firmar el decreto sino evaluarlo, habida cuenta de que el anuncio fue concomitante con su redacción.
En Hacienda, buscando ávidamente cierta recuperación de la “normalidad”, creen que éste es el momento ideal para pagar el costo político de una suba que estiman menor. “No hay inflación, ni riesgo de que ese incremento la espiralice. Alguna vez habrá que hacerlo, es ahora”, musitan. En otros despachos oficiales, especialmente sin acuerdo con el FMI a la vista, pesa más el costo político. La decisión la tiene el Presidente, quien también sabe que si decide darle la derecha al ministro corre el riesgo de que alguna decisión judicial anule la medida. Esta semana, como vienen siendo
todas, fue pródiga en sentencias incordiantes para el Gobierno. La más ruidosa fue la disparatada decisión de un juez marplatense que falló 14.000 reclamos en cuestión de minutos. Generoso tributo de un novato a la falta de seriedad institucional que viene demostrando el Poder Judicial en estos años, empezando por su cabeza. Hablando de eso: un dictamen del procurador Nicolás Becerra ha dejado a la Corte en condiciones de decidir en cualquier momento sobre la pesificación. Por ahora Julio Nazareno está de viaje. Cuando vuelva, agarráte Catalina.
El monopolio de la
iniciativa
Si la aritmética parlamentaria (a despecho del alivio que le permitió el Senado) no le cierra al oficialismo, cabe reconocerle el monopolio de la iniciativa política. Los gobernadores le reportaron sin mayores ripios: 20 de 24 provincias firmaron el acuerdo del lunes, una representatividad que puede ser mayor si se mide no en términos de distritos sino en función de su importancia relativa o de su peso en el PBI. Rubén Marín sumó a La Pampa el martes y quedaron sólo afuera la de los precandidatos Carlos Menem, Juan Carlos Romero y Adolfo Rodríguez Saá.
Salvo Menem, que en esto días jugó una carta brava –la de radicalizar por derecha su discurso–, los demás candidatos parecen abotagados por el calor. José Manuel de la Sota revocó parcialmente su licencia como gobernador (trabajará como tal durante cinco días de la semana), en lo que varios moradores de la Rosada traducen como un prenuncio de su retiro de la competencia. Pero nadie acosa al Gobierno y su falta de discursorealmente sorprende en una tierra cuyos políticos suelen tener una verba por demás pródiga.
Sin nadie que lo jaquee, el Gobierno está en posibilidad de hacer de la necesidad virtud y de un problema una chance. Así acontece con la irrupción en la agenda pública del hambre infantil, que el Ejecutivo nacional pudo cargar sin mayores contratiempos en el Debe del gobierno de Tucumán y trasmutar un déficit colectivo en una apuesta a más (ver asimismo páginas 2 y 16).
En Balcarce 50 no se engañan del todo. “El problema no es solo mal manejo de los recursos por las autoridades provinciales. Es también de falta de recursos”, confiesa un ministro que conoce el terreno de las políticas sociales. Los 150 Lecops al mes que reparte el Plan Jefes y Jefas de Hogar no cubren las necesidades mínimas de los argentinos más desamparados. Tal vez apagaron algún incendio, que en cualquier momento puede rebrotar, pero no puede pensarse que tienen el rango de una solución al hambre, la enfermedad, la desintegración y la marginalidad. La acertada política en materia de genéricos y una marcada habilidad para articular con sus pares de provincia han sido los únicos logros del ministro de Salud Ginés González García. La falta de atención primaria y de prevención, y no solo la carencia alimentaria, empiezan a explicar el afrentoso dato del hambre. En el oficialismo han tenido al menos la perspicacia de registrar que el tema merece un abordaje integral, queda por verse cómo se hace y qué recursos se vuelcan en pos de ese objetivo.
Dos notas al pie del tema, que merecerían, cuanto menos, dos columnas del rango de ésta:
u Tucumán ha vuelto a quedar a tiro del bussismo. Ricardo Bussi, hijo del genocida Antonio Domingo Antonio, tiene todas a su favor para llegar a la gobernación que Julio Miranda le birlara en definición por penales hace poco menos de 4 años. Los desaguisados de un peronista permiten un renacimiento ominoso, que denigra a toda la Argentina: el partido de un represor enaltecido por los votos populares, hastiados de las imperdonables gestiones de partidos de raigambre nacional y popular.
u La génesis del hambre, la marginalidad y la pobreza no remite sólo, como parece inducir a pensar cierta vulgata mediática y política, a la corrupción e impericia de los gobernantes. También a la concentración del ingreso y a la carencia de un proyecto de país, temas que exceden las patéticas y lamentables figuras de hombrecillos como Miranda. El Gobierno tratará de no intervenir formalmente su provincia para no suscitar un conflicto interno en su puja con el menemismo. José Pampuro será un interventor no designado, una de cuyas misiones no escritas pero indelebles es dejar bien claro que todo lo que mejore Tucumán de acá en más será por obra y gracia del gobierno nacional.
¿Hay vida después
de Lavagna?
El Gobierno tiene un plan para sus próximos meses, modesto pero no impreciso. El plan B, que como se dijo al inicio de estas líneas, no es otro que el Plan A. Es el de consolidar la estabilidad, mantener las reservas, restaurar en lo que se puede el crédito y acicatear la reactivación en los sectores en que se produjo. Amén de conseguir la zarandeada carta de intención, que facilitaría ese rumbo. Suponiendo que todo le saliera razonablemente bien –y nada indica que el acuerdo con el FMI esté cercano– la Argentina sería en mayo de 2003 un país horroroso, frisando la desintegración territorial, con ciertos nichos de restauración de actividad. Esos nichos son, esto es de libro, los que se vieron favorecidos por una devaluación feroz que permite exportar a lo pavote.
Quedaría en pie un país ferozmente desigual, invertebrado e injusto, promisorio para ciertos sectores minoritarios y limitados en su capacidad de derrame, con salarios de hambre y pocos asalariados en calidad decobrarlos. Algo menos peor que lo que pintaba en febrero o marzo en medio del terremoto, pero indigno de mirarse en el espejo de su pasado no tan remoto. Un país, al fin, como lo fue el de la convertibilidad, que (como el programa de Lavagna) fue percibida, válidamente, como un bálsamo después de un momento de terror.
Claro que las condiciones actuales son cruelmente más graves que en 1991 o en 1995 pero, a los ojos de este observador, parece renacer un fenómeno análogo al ocurrido por entonces, que es un tácito corrimiento a derecha de muchos críticos, incluidos políticos, del estado de cosas. Los momentos de anomia, los atisbos de disolución nacional tiran el imaginario colectivo a derecha y es tal vez inevitable que todos se desplacen algo. Superada la crisis, el fin de la pesadilla obra un efecto menos brutal aunque igualmente indeseable, que es el sometimiento de los que deberían pugnar por una alternativa a la lógica sistémica que propone el gobernante de turno. Y lo cierto es que la paz de las variables debería ser una acicate para ponerlas en crisis, sí que en un sentido inverso.
Este gobierno no habrá de hacer, por variadas razones, sino más de lo mismo. Mantendrá un dólar sideral que le permite una pasable cosecha impositiva y que reduce el presupuesto estatal por la consunción de los salarios. Sin embargo, la situación pide a gritos políticas neokeynesianas, reactivación de la demanda popular, utilización de la mano de obra ociosa, obra pública. Una planificada revaluación del peso debería estar en el horizonte de cualquier proyecto de cambio salvo que se inventara algún otro mecanismo de shock de demanda que la administración Duhalde ya borró de su agenda. Encerrado en sus límites –opinable legitimidad de origen, nulo apoyo popular, falta de calidades de la mayoría de sus cuadros, incompetencia para convocar a otras fuerzas sociales o a otras líneas del PJ–, el Gobierno gerencia sus límites y dentro de ellos ha encontrado su mejor momento. Pero nada de nuevo hará, salvo acaso retocar lo existente. El ejemplo de Tucumán vuelve a venir a cuento: no ya esa bella provincia, sino todo el NOA ha quedado desenganchado no del mundo global sino de la Argentina. Igual puede decirse de una buena docena de provincias más.
La Argentina padeció una fantasía neoliberal sin plan ni salida de emergencia y luego sobrellevó, más mal que bien, una devaluación impuesta por las circunstancias pero gerenciada sin tino ni plan. La –endeble y relativa– calma actual deberá reponer en la agenda temas que el país traspapeló hace, por decir algo redondo, 27 años largos, cuando el Rodrigazo patentizó la defunción del proyecto industrial, nacionalista y mercadointernista que funcionó desde el ‘45, o quizá, desde diez años antes. Debe proponerse una planificación integral, recuperar a la educación como eje de la integración nacional, proponerse metas de igualdad y de equidad para todos sus habitantes. Definir sectores trabajointensivos promovidos desde cierto impulso estatal.
“¿Qué habría que hacer en lo inmediato?”, le preguntó café de por medio este cronista a un gran economista forjado en los partidos populares que hoy no tiene funciones centrales de gobierno y que, rara avis en su gremio, sabe más cosas que la economía. “Lo primero es hacer que la Panamericana llegue hasta La Quiaca”, fue la respuesta, apelando (apenas) a la metáfora. Recuperar el territorio, algo que se acerque a la noble igualdad que predica el himno, ciertas tareas comunes.
El actual gobierno, herido desde el vamos, seguirá con su plan minimalista y, dentro de lo que hay, quizás es bueno que sea así. Lo que impresiona, y deprime, es que sean tan pocos los que piensen y propongan algo distinto para cuando Duhalde entregue el bastón presidencial.

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