EL PAIS › UNA VIDA POLITICA DE LORENZO MIGUEL

El intocable

Internado y en muy grave estado, el líder metalúrgico representa treinta años de sindicalismo modelado en Vandor que pasó del poder aparatista a la gerencia de obras sociales. Un recorrido por una vida entera de poder, alianzas, cambios de rumbo y sospechas mafiosas, fascistas, violentas.

 Por Miguel Bonasso

El Loro está grave, el Loro se nos puede ir... Esos riñones que siempre lo tuvieron a mal traer, amenazan con poner fin a la vida del último gran padrino del sindicalismo peronista. Que no es tan viejo, al cabo, con sus setenta y cinco años biológicos, aunque lo parezca por sus múltiples resurrecciones públicas, por su jopo asirio que la vejez limó, por el pico de su nariz, por sus inevitables anteojos negros, por sus sacos a cuadros y sus abrigos de camellos desgastados que evocan un Luna Park iluminado a giorno, en la niebla del país que ya no será.
Y el cronista siente anticipadamente una perversa nostalgia, un remedo absurdo del discurso improvisado por Ricardo Balbín ante el gigantesco cadáver de Juan Domingo Perón: “Este viejo adversario”... etcétera. Porque descubre que la muerte verdadera de Lorenzo Mariano Miguel, la irreversible, obrará en este caso como metáfora de una defunción colectiva que ya ocurrió muchos años antes: la del país industrial que lo hizo poderoso.
Algunos analistas, como José Nun, han comparado a Lorenzo Miguel con el jefe de los sindicatos mexicanos, Fidel Velázquez, que reinó durante medio siglo en la central obrera, hasta que la muerte lo apartó del sillón cuando ya era nonagenario. Es una comparación certera, aunque el reinado del “Loro” o “el Tordo” haya sido veinte años más corto. Al cabo, ambas parábolas individuales expresan con inigualable elocuencia la metamorfosis operada en las fuerzas políticas y sociales que los proyectaron, el peronismo y el PRI. Que dieron origen y fin al estado benefactor en sus respectivos países. O, como dice Eduardo Galeano, escribieron el prólogo y el epílogo del mismo libro.
El esquema corporativo que los encumbró fue drásticamente desmontado en beneficio del proyecto neoliberal por dos políticos de sus partidos: el mexicano Carlos Salinas de Gortari y el argentino Carlos Saúl Menem. Y tanto Fidel Velázquez como Lorenzo Miguel resultaron, a la vez, cómplices y víctimas de quienes dinamitaron su base de poder en beneficio de los gerentes. Antes de cerrar su ciclo vital ya estaban fuera de carrera. Conservaban los cargos para los que fueron reelectos con la misma previsibilidad que Papa Doc, pero eran como representaciones espectrales de ellos mismos. En gran medida por sus propias culpas: por haber elegido ser “factores de poder” disciplinados a dos partidos de estado, antes que representantes genuinos de los trabajadores.
Sin embargo, en el caso del argentino, un balance justo y matizado deberá dar cuenta de ciertos raspones con el “señor presidente”, (Menem, obviamente) que hubieran resultado impensables para “Don Fidel”, mucho más cortesano. Al cabo, como buen discípulo de Augusto Timoteo Vandor, Lorenzo supo siempre que era imprescindible golpear, antes de sentarse a negociar.
En marzo de 1970, cuando ocupó el sillón del “Lobo” Vandor, acribillado meses antes por un comando premontonero, era un personaje gris, calificado de “insignificante” por los dirigentes duros de la Unión Obrera Metalúrgica, como su derrotado rival Avelino Fernández y el mitológico Armando Cabo, un “histórico” de la “Resistencia” al que Eva Perón había confiado su proyecto de las milicias obreras. Pero el hombre gris, al que le quedaba grande la herencia de Vandor, contaba a su favor con un dato nada desdeñable: era el tesorero de la UOM, manejaba la caja más caudalosa del sindicalismo argentino. Lejos estaban sus tiempos de operario en la fábrica CAMEA, los diez años de trabajo en la base que lo habilitarían para cuatro décadas como dirigente.
Y sin embargo, a pesar de los augurios críticos y de que estaba muy lejos del carisma de Vandor, pronto demostraría que no le faltaba muñeca política.
Su ascenso coincidió con el fin de la dictadura del general Juan Carlos Onganía y el inicio de una jugada aperturista en la penúltima dictaduramilitar. El general Alejandro Agustín Lanusse proponía el Gran Acuerdo Nacional y le hacía guiños al exiliado Perón para tratar de convenir una salida electoral, que no fuera “un salto al vacío”. Buena parte de los dirigentes sindicales que en 1966 habían saludado alborozados la llegada del falangista Onganía al poder, practicaban el doble discurso. Mantenían “la camiseta peronista” que los legitimaba ante las bases pero no hacían el menor esfuerzo para que el viejo líder regresara a la Argentina. Un lustro antes, Vandor había llevado ese juego al extremo de enfrentarse con Perón, “para salvarlo”.
Cuando “el general” y su delegado personal Héctor Cámpora decidieron el regreso, tuvieron que apoyarse centralmente en el nuevo “factor dinámico” del movimiento de masas, que era la Juventud Peronista. Un ala izquierda fuertemente enfrentada al “vandorismo” al que situaban como cómplice del régimen y de las grandes corporaciones multinacionales. La UOM aparecía entonces como una cueva de burócratas y pistoleros de extrema derecha como Alejandro Giovenco, que dirimían a balazos el contencioso ideológico con “los bombos nuevos del peronismo”.
Lorenzo Miguel, el gris e insignificante, que hablaba poco y se peleaba con los periodistas, había logrado para ese entonces consolidar su jefatura en la UOM y avanzaba hacia el control de las 62 Organizaciones, la poderosa estructura político-sindical del justicialismo. También había iniciado un proceso de retorno a la “verticalidad”, que buscaba hacer olvidar los antiguos desafíos vandoristas contra el hombre de Puerta de Hierro.
En diciembre de 1972, cuando el proscrito Perón decidió designar como candidato a presidente a Héctor Cámpora, José Ignacio Rucci, el jefe metalúrgico de San Nicolás y titular de la CGT (que tenía una añeja rivalidad con Miguel) intentó romper el congreso partidario para imponer la candidatura de Antonio Cafiero. Si no lo consiguió fue, en gran medida, porque Lorenzo se alineó con Cámpora y con el joven secretario general del Movimiento, Juan Manuel Abal Medina. Nada menos que con el hermano de Fernando Abal Medina, el fundador de Montoneros. En lo que sería el inicio de una relación política que pronto les traería dolores de cabeza con sus respectivos aliados y seguidores.
El 21 de junio de 1973, pocas horas después de la masacre de Ezeiza, esa buena relación entre el sindicalista y el abogado nacionalista permitió la realización de un curioso encuentro en el departamento de Callao al 1700 que era a la vez vivienda y centro de operaciones de Abal Medina. Allí se reunió el Loro con Roberto Perdía y otros dirigentes montoneros, en busca de un diálogo que pusiera fin a la sangrienta lucha interna. El metalúrgico subrayó su inocencia respecto al complot fascista que precedió a la matanza, con una frase antológica:
–Nosotros no tuvimos nada que ver. Si fuimos con “cortas”, como para una reunión de amigos.
Lo cual no impediría que meses después anudara una alianza con Isabel Perón y José López Rega, que los jóvenes de la Tendencia Revolucionaria calificarían como “brujovandorismo”. En el 74, en las jornadas que precedieron a la ola de asesinatos perpetrados por la Triple A, la sede de la UOM en la calle Cangallo supo albergar a matones y asesinos de la extrema derecha, como Alejandro Giovenco, que murió cuando le explotó una bomba que llevaba para poner en un local de la JP.
Algunos de esos personajes le traerían serios problemas al dueño de casa. Como Jorge Hugo “el Polaco” Dubchak, un pistolero de la CNU (Concentración Nacionalista Universitaria) que según algunas fuentes fue asesinado, descuartizado y quemado en un horno en el local central de la UOM. El Polaco era uno de los custodios del Loro, que sería acusado judicialmente como instigador de su asesinato y finalmente sobreseído. Se dijo en su momento que Dubchak enfrentó a Miguel por su amistad con Abal Medina y eso le costó la vida. Otros informantes, probablemente más certeros, hablan de un conflicto entre este custodio y otros “pesados” por problemas de droga y tráfico de armas. Lo cierto es que, en un desenlace de novela negra, otros custodios de la UOM sospechosos de haber asesinado al Polaco fueron ametrallados en una parrilla.
El episodio forma parte del costado oscuro de la UOM y su capo y está sobriamente relatado en “El Intocable”, la biografía no autorizada del Loro que realizaron los periodistas Ricardo Carpena y Claudio A. Jacquelin.
Allí rescatan la austeridad del metalúrgico, que vivió durante décadas en la misma casa de Villa Lugano, hasta mudarse a su vivienda actual en Caballito. Pero insinúan que algunos personajes cercanos a Miguel, como el empresario del seguro Julio Raele, han logrado a su sombra un atractivo patrimonio. ¿Un testaferro? Hasta ahora, dicen los biógrafos del Loro, “por más que se acumulen pistas altamente sugestivas en ese preciso sentido, en realidad no hay ninguna prueba que lo confirme”. Miguel, que ha estado casado toda la vida con Elena, su primera novia de los tiempos de obrero en Camea, ha evitado prolijamente las ostentaciones de que han hecho gala tantos capos del gremialismo argentino.
Tampoco hay pruebas de conexiones mafiosas en Italia, adonde Miguel multiplicó sus viajes, alojándose en la confortable mansión que posee en Anzio su amigo italiano Argalia Polese, un fascista confeso que hizo buenos negocios en Argentina con la concesión de comidas a dos empresas metalúrgicas: Fiat y Camea, la fábrica donde el Loro se inició como metalúrgico. En esos viajes peninsulares sobrevuela también la sombra grande de Licio Gelli, el Gran Maestre de la Logia Propaganda Dos, amigo de López Rega, del general Carlos Guillermo Suárez Mason y de otro hombre que aguarda en capilla en estos días: el ex almirante Emilio Eduardo Massera.
Con Massera, Lorenzo Miguel anudó una relación estrecha que, según algunos autores, lo protegió cuando se produjo el último golpe militar. Cuando el marino ocupaba la estratégica Comisión Coordinadora del Plan Político (durante la dictadura de Lanusse) se hizo amigo del metalúrgico que luego lo propondría a Perón como jefe de la armada.
En 1983, alimentando las sospechas del “pacto militar-sindical” que denunciaba Raúl Alfonsín, Miguel apuntaló la candidatura de Italo Luder, el dirigente que firmó el decreto del exterminio y estaba dispuesto a amnistiar los crímenes de la dictadura militar desde el primer momento.
En 1988, cuando Lorenzo Miguel decidió saltar de las tiendas de Antonio Cafiero a las de Menem, su apuesta era más a la “ortodoxia” que al personaje. Con el personaje había convivido en las cárceles de la dictadura (el barco primero y Magdalena después) y no guardaba un buen recuerdo sobre su comportamiento en cautiverio. Pero estaba muy lejos de suponer que la conversión ideológica del Turco al neoliberalismo acabaría con el peronismo y el sindicalismo tal como él los había conocido desde 1945.
En el clásico vaivén de pegar y negociar, el líder metalúrgico iría dando pasos contradictorios. En 1989, cuando Menem dividió a la CGT, apoyó a Saúl Ubaldini y los gremios combativos; en 1990 rompió con Ubaldini cuando éste decidió subir de tono la escalada contra el gobierno con un acto en Plaza de Mayo; entre 1991 y 1994 trató de revitalizar la vieja sigla de “las 62” con críticas al gobierno menemista, pero consintió la privatización de SOMISA; en 1995 actuó a lo Fidel Velázquez y llamó a apoyar la reelección de Menem; en 1996, en cambio, suscribió dos paros de la CGT, en 1997 se aproximó a Duhalde (de quien después se alejaría) y repudió el pacto de la CGT con el gobierno para impulsar lafelixibilización laboral. De yapa, en un paso audaz, visitó la Carpa Docente y le ofreció su solidaridad a Marta Maffei.
También en estos años se acercó con rivales del pasado como Alberto Piccinini, el líder histórico de Villa Constitución, que en su momento denunció la complicidad entre patronal, UOM y policía para perseguir a los delegados de base de la seccional metalúrgica rebelde. En los últimos años alentó las posiciones combativas de dirigentes combativos de la UOM como Francisco “el Barba” Gutiérrez, secretario general de la seccional Quilmes.
Sin embargo, aquella profecía acerca del vandorismo volcada por Rodolfo Walsh en su clásico “¿Quién mató a Rosendo?” no puede ser excluida del análisis. Al analizar la ideología y la práctica del “gompersismo” criollo, Walsh constataba ya en 1968: “Cabe preguntarse ahora por los resultados concretos que ha obtenido el vandorismo en diez años de dominación abierta o solapada sobre el movimiento sindical argentino. La participación de los asalariados en el ingreso nacional, que en 1958 era del 57 por ciento, en 1965 había descendido a menos del 47. Los salarios reales en la industria se mantienen al nivel de 1943 (...) En 1953 la CGT se jactaba de nuclear a seis millones de afiliados. Quizá la cifra era exagerada. En todo caso había disminuido en 1963 a 2.400.000 afiliados. En octubre de 1966 el gobierno de Onganía pudo anunciar triunfalmente que esa cifra quedaba reducida a 1.900.000 afiliados”.
Qué diría Rodolfo Walsh con las cifras del presente... Aquella UOM a cuya secretaría general llegó el oscuro tesorero reunía cerca de 400 mil afiliados, hoy araña con esfuerzo los ciento cincuenta mil. En gran medida porque el apoyo político prestado por el sindicalismo al gobierno “peronista” de Carlos Menem, legalizó más allá de huelgas y cuestionamientos puntuales, el desmantelamiento masivo de la industria nacional. Aunque también cabría sumar al vertiginoso proceso de desafiliación sindical el descrédito generalizado de los dirigentes gremiales ante el grueso de la opinión pública.
Recordando a Walsh en “¿Quién mató a Rosendo?” cabría comentar: “Para esto ha servido tanta astucia, tanto Lobo, tanta maraña de tácticas, tanto engranaje de claudicaciones”.
Astuto para alcanzar el poder y mantenerlo, Lorenzo Miguel no lo fue sin embargo para vislumbrar que el vaciamiento ideológico del movimiento justicialista, perpetrado por la propia dirigencia peronista, convertiría a los burócratas sindicales en simples gerentes de las obras sociales. De obras sociales endeudadas, como la suya. Lo cual, a su vez, lo obligaría más de una vez a bajar el tono para recibir el imprescindible calor oficial.
Ojalá esta no sea una necrológica anticipada y el ser humano, Lorenzo Miguel, pueda recuperarse de sus dolencias. Sería deseable, incluso, que pudiera traspasar esa costra del ego y la edad que impide la autocrítica, para ver hasta que punto dirigentes como él son culpables de los males que cuestionan. Pero ni esa circunstancia podría alterar ya los efectos negativos que la practica caciquil que encarnó como pocos ha tenido para el movimiento obrero argentino.

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