EL PAíS › PANORAMA POLITICO

YPF, Malvinas y cacerolas

 Por Luis Bruschtein

Las acciones de YPF se fueron a la estratosfera cuando el millonario mexicano Carlos Slim compró las que eran del Grupo Eskenazi. Fue la demostración de dos cuestiones: por un lado, que la propuesta de la oposición de expropiar proporcionalmente a los distintos socios hubiera sido incorrecta. Y por el otro, que también estaba equivocada la profecía de que el capital privado no iba a invertir en una empresa expropiada por el Estado. No esperó casi nada: pocos días después de la asunción del nuevo directorio, el hombre más rico del mundo entró en sociedad con el Estado argentino. Un primer resultado verdaderamente impresionante que de-

sorientó a todos los analistas granmediáticos que se cansaban de hacer advertencias y de explicar la expropiación de la mayoría de las acciones de YPF como un gesto de populismo mesiánico o motivado por actos de corrupción, como suelen explicar las medidas del oficialismo.

El mismo día que Slim compraba las acciones de YPF, la Presidenta presentaba el reclamo argentino por Malvinas en el Comité de Descolonización de la ONU. Fue un paso diplomático importante que incluyó el reconocimiento a los políticos de la oposición que la acompañaron, así como a la presidencia del radical Arturo Illia, que había iniciado ese camino en las Naciones Unidas en los años ’60. Se trató de un éxito diplomático importante compartido con las fuerzas de la oposición –menos el PRO– y que además tuvo resonancia en Gran Bretaña.

La contracara de esos logros ha sido el esfuerzo a nivel de medios y de pequeños grupos de presión para incentivar en la sociedad un estado de beligerancia cargado de violencia y amenaza. La protesta contra las medidas de control cambiario y el lockout patronal de los empresarios rurales trataron de convertir la semana anterior en el punto de inflexión para la recuperación del clima rabioso anti K que terminó de disiparse en unas elecciones presidenciales donde Cristina Kirchner obtuvo el 54 por ciento de los votos. Hubo actos de los ruralistas, de los caceroleros e inexplicablemente de una izquierda (la CTA opositora y partidos de izquierda) que no dudó en coincidir en la calle con las expresiones más recalcitrantes de una derecha que no va a hacer mucha diferencia con ella si alguna vez recupera el gobierno.

Un sector de la derecha autointoxicada por el discurso sistemáticamente insultante y agresivo de los grandes medios ha llegado a un nivel de bronca similar al que se sintió durante el conflicto por la 125, pero en este caso le resulta difícil extenderla a una porción importante de la sociedad como pudo hacerlo aquella vez. Por ahora es nada más que un grupito desbordado por el odio, y por esa razón ofrece la posibilidad de aproximar una mirada antropológica. Sobre todo habría que viviseccionar ese factor de violencia latente, de violencia de minoría, que revela en forma consciente el desprecio por la mayoría. Hay una justificación de la violencia para hacer prevalecer a esa minoría que se reclama “honesta, ética, inteligente y republicana” en contraposición a una mayoría a la que consideran desprovista de cualquiera de esos dones.

La pregunta es si fue una coincidencia que hayan confluido tres protestas en la misma semana o si se trató de regenerar en forma artificial un clima de crispación exagerada en la sociedad. Los caceroleros fueron la expresión más fiel de ese intento. Es un grupo focalizado geográficamente en los guetos de la derecha y ellos mismos se asumen como parte de una “clase media blanca”, muy urbana, muy porteña, con todos los condimentos más o menos vergonzantes de ese grupo social, que no quiere mostrar abiertamente sus simpatías por los militares, su admiración por el “estilo de vida americano”, su necesidad de diferenciarse de los sectores más pobres en ascenso, su afán por defender el interés de las elites económicas como forma de sentirse parte de ellas, así como su creencia de que todos esos pensamientos constituyen el único sentido común posible, el que establece la frontera con la locura y las perversiones. Toda esa carga de prejuicios va configurando los contornos de una ideología muy pobre, casi elemental, pero con la carga potente de los extremismos de derecha que terminan por subyugar a otras formas más elaboradas, que tratan de incorporar matices y aceptar concesiones.

Eso fue lo que pasó con el golpe del ’55, cuando los grupos más extremistas del golpismo, que después formaron el Partido Militar, ocuparon el vértice de la acción, pasaron a perseguir a la izquierda que había apoyado el golpe y subyugaron a los grupos supuestamente “democráticos”. Esos grupos acompañaron cobardemente el endurecimiento, aplaudieron los fusilamientos, escondieron el bombardeo a la población civil, respaldaron la censura que perduró durante muchos años y alentaron la proscripción electoral de la mayoría. Era una “democracia” con una fuerte censura de prensa, donde la izquierda estaba prohibida, donde los peronistas no podían votar a sus candidatos y, por supuesto, muy controlada por las Fuerzas Armadas, la Iglesia y la Embajada de los Estados Unidos.

Es difícil ahora pensar en esos contextos porque se avanzó mucho. Es difícil pensar en ese rol tan central de las Fuerzas Armadas y de las injerencias tan poco sutiles de la Iglesia y la embajada norteamericana. Sin embargo, en esa sopa de ideas que se estimula para recrear un clima de exasperación y de violencia está el germen esencial de lo que fue una de las etapas más regresivas de la historia reciente. Ningún golpe militar se hizo en nombre de la dictadura, todos instauraron dictaduras, pero en nombre de la democracia. El huevo de la serpiente está en ese discurso.

La forma tan concesiva, hasta si se quiere miserablemente concesiva, con que fueron tratadas por una parte del periodismo las agresiones que sufrieron los trabajadores del programa 6, 7, 8 puso en evidencia la endeblez de un discurso mediático que quiere presentarse como neutral o independiente. Sobre todo si se considera que la única agresión física a periodistas provino de ese sector. En esa línea de acción no hay espacios para izquierdas ni progresismos, y los discursos “democráticos” o “republicanos” terminan por servir a los verdaderos autoritarios.

Existen síntomas de ese proceso de radicalización violenta y autoritaria en sectores de capas medias que no se sienten representadas en los discursos de la oposición política más razonable y buscan sus códigos en la ofensiva injuriosa permanente de los grandes medios y de sus periodistas emblemáticos.

La oposición política intenta tomar distancia de ese discurso y organizar su propia agenda, con lo cual el potente despliegue de los grandes medios no tendría una capitalización directa. Pero hay un proceso de confluencias que tienden a sumar en esa sintonía. Parte de la derecha justicialista y parte de la derecha radical tienden a congregarse alrededor del macrismo que, a su vez, encuentra muchos cruces y soportes en el discurso de los grandes medios. Columnistas supuestamente progresistas pasan a convertirse abiertamente en operadores de ese discurso reaccionario y autoritario que justifica la violencia contra periodistas que no piensan como ellos o contribuyen a lavar de contenido el debate político.

El PRO de Mauricio Macri no oculta su esfuerzo por beneficiarse de ese espacio que lo asocia con el discurso mediático hegemónico y busca siempre ubicarse en las antípodas más agresivas contra el gobierno. Más allá de la negativa a asumir su responsabilidad con los subtes, Macri no estuvo de acuerdo con la nacionalización de YPF, que fue sistemáticamente cuestionada y desvalorizada por el discurso mediático, y el PRO fue la única fuerza política que no acompañó a Cristina Kirchner a las Naciones Unidas, emitiendo una señal que también sintoniza en ese sentido. El mensaje que emitió el PRO con ese gesto fue que la cuestión de Malvinas no es importante para su espacio. En su estrategia y en la de los grandes medios, cualquier cosa que haga el gobierno nacional no tendrá importancia, aunque eso implique también menospreciar una cuestión de Estado, anticolonialista, que va más allá del signo político de los gobiernos.

En ese lugar sintoniza el PRO con el discurso hegemónico de muchos periodistas supuestamente progresistas, con las derechas del PJ y la UCR que van confluyendo alrededor de Mauricio Macri y con esa base ideológica cacerolera que repite el viejo canto de sirena de la violencia autoritaria, justificada por la convocatoria a una cruzada flamígera “contra la corrupción y los abusos” que ha sido el sustrato de los viejos golpes militares en la Argentina.

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Imagen: EFE
 
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