EL PAIS › OPINION

Del descenso a la tarjeta roja

Una referí sin autoridad. El FMI, cuestionado en otras comarcas. Recuerdos del pasado, el salvajismo menemista. La Alianza, optando entre los votantes, los organismos de crédito y “los mercados”. Una tradición de soberanía que viene de lejos. Y algo sobre augurios incumplidos.

 Por Mario Wainfeld

Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), según sus propias palabras, le mostró tarjeta amarilla a la Argentina y avisó que le puede caer la roja. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner la desautorizó recordando que le habla a un país soberano y la comparó, desde Estados Unidos, con un “referí bombero”. Más allá de imaginar el trajín de los intérpretes profesionales para traducir de volea el localismo, lo impresionante del episodio es la legitimidad que le otorgan al FMI la prensa dominante y demasiados dirigentes políticos.

Apelemos a un eufemismo: el FMI no atraviesa un gran momento. Multitudes primermundistas salen a la calle a cuestionar sus recetas. En España, Italia y Grecia son mala palabra, al menos para una porción estimable de la ciudadanía movilizada. Un entrañable novelista policial griego, Petros Markaris, cuenta que sus compatriotas hinchaban por España contra Holanda en el final del último Mundial de Fútbol. No los inducía el buen gusto futbolero, como podría ser, sino la defensa de sus intereses. Ocurre que Holanda integra la troika –FMI, Unión Europea, Banco Central Europeo– que pilotea un programa de devastación del Estado, despidos a granel, arrasamiento de derechos sociales. De ahí el odio a “los naranjas”. Los griegos trasladan al fútbol, pasión popular y dotada de códigos propios, su ideología. Ese día, en la cancha, les ganaron a los gurúes.

La troika no vino a la Argentina aunque en otros tiempos hubo propuestas (no es chiste, aunque usted tal vez no lo recuerde) para tercerizar el manejo de la economía doméstica y ponerla en manos del sistema financiero mundial.

Pero está fresco el recuerdo de las giras de funcionarios de segundo nivel del FMI que recalaban como virreyes. Teresa Ter Minassian, una mujer inexpresiva y mediocre que alardeaba de tejer su propia ropa, y Anoop Singh, un indio que tenía un gusto más exigente con la pilcha, llegaban y todo eran reverencias. Singh estuvo alguna vez en la Casa Rosada, un funcionario duhaldista lo hizo salir al balcón para que viera la Plaza: era un simbolismo exagerado... tal vez.

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El mejor alumno: El gobierno menemista fue el mejor alumno, el que llevó las privatizaciones al grado más extremo. La ola neo-con barría el mundo, acá se la extremó al paroxismo: la entrega de YPF sin cortapisas fue el clímax de ese delirio. La convertibilidad, una política cuya prolongación era estrictamente proporcional a su capacidad devastadora, fue adulada en Washington y en estas pampas.

El gobierno kirchnerista fue el Jaimito de ese grado, no se lo perdonan. En Europa, en academias de otros países, no exaltan las políticas ulteriores al año 2003, pero las miran con interés.

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El BCRA atendido por sus dueños: La Vulgata no añora esos tiempos, al menos en público. Pero sí se embelesa evocando cuando el Banco Central era “autónomo”. El presidente Néstor Kirchner no creía en esas añagazas, tampoco el ministro de Economía Roberto Lavagna que se burlaba de una operatoria paródica. “Ponemos la plata en el Banco de Basilea, nos dan el uno por ciento anual. Les dan la plata a otros países que emiten bonos y nos cobran el ocho”, describía ante oídos amigables.

En esa época, que algunos describen como formidable, el FMI tenía su oficina local en el Banco Central, ese que se proclamaba autónomo. Un bruto símbolo, si se lo quiere ver. Los dueños jugaban de local, en el séptimo piso del señorial edificio de la calle Reconquista. No era una gran oficina, acaso tuviera dos ambientes si el cronista recuerda bien, pero estaba enclavada ahí, exactamente en el lugar que no debía ocupar. A nadie se le ocurría cobrarles alquiler o cosa parecida, ni tematizar la cuestión. Hay momentos de la historia (como los acontece en las vidas particulares) en que se naturalizan conductas asombrosas, confesiones palpables, sometimientos absurdos.

En 2006, tras el desendeudamiento resuelto por Kirchner casi en simultáneo con el presidente brasileño Hugo Chávez (¿o era Lula da Silva?... la memoria del cronista flaquea) se pidió amablemente el desalojo del comodatario. Por añares se habían sucedido funcionarios anglófonos (ingleses y norteamericanos): gente polite, buena onda, varios de ellos aficionados al fútbol. Alguno novió con una mujer argentina. Su oficina era la marca física de la dependencia, casi nadie conocía sus rostros.

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Los organismos y los votantes: En estos días se sustancia el tramo final del juicio penal que investiga las coimas en el Senado. Los acusados, tanto como varios testigos de las defensas de quienes fueron sus compañeros de gestión, porfían en su inocencia (que no hace al núcleo de esta columna). Ratifican que la Ley de Reforma Laboral era una iniciativa propia, que no le era exigida por los organismos internacionales. Este escriba no hablará de la culpa penal, que es muy estricta. Pero sí le viene a cuento resaltar que ese argumento es falso, una burla a la memoria, una negación. Admisible en Tribunales, porque nadie está obligado a declarar en su contra, pero intragable en el ágora.

Por aquel entonces, en una columna similar a ésta, se contaba un diálogo con un alto funcionario del Ministerio de Economía en la gestión de José Luis Machinea. Se respeta el off the record, se calcan las palabras: “Para conseguir estabilidad, reactivación y consenso político hay que convencer a los organismos internacionales y a la sociedad. Con los organismos vamos bien. Es más fácil, hablamos un idioma común. Almorzamos juntos. A la gente no hemos llegado, no temen una devaluación, pero no están seguros de que vayan a conservar su trabajo y entonces no gastan y están de mal humor”, describe el funcionario de Economía.

–¿La aprobación en la reforma laboral les sirve en ese sentido? –pregunta Página/12.

“Nos sirve para acrecentar nuestra reputación con los organismos internacionales y los mercados. Les demostramos voluntad y poder para hacer reformas estructurales.”

–Pero los mercados y los organismos no votan. ¿La reforma da confianza a la gente común, la reconcilia con el Gobierno?

“No, por sí misma, no. Pero eso es problema de los políticos”, responde el funcionario. Y lanza una carcajada.

Si el lector suspicaz cree que es apócrifo el diálogo, que traduce un espíritu de época que todos conocemos, vaya otra remembranza, esta vez on the record, a micrófono abierto. Es un reportaje que también publicó Página/12, en el ardiente año 2000. El entonces titular de la SIDE y actual acusado en el juicio oral, Fernando de Santibañes, había hecho declaraciones tremendas por tele. Había aceptado la hipótesis de un periodista de llegar al déficit cero en un año. Era un delirio, aun para esa coyuntura alocada. Se leyó como cabía leerse: una desautorización o una desestabilización de Machinea. Circularon cien rumores. Santibañes se desdijo o intentó hacerlo. Aceptó dialogar con este diario. Algunos tramos se recortan, porque designan cómo se hacía política acá mismo, apenas ayer.

Se le inquirió: ¿No se equivocó yendo a hablar de economía en un momento tan delicado?

Respondió: Estoy convencido de que el gobierno no debe ser ciego. Esta fue una semana muy difícil, se nos destrozaron los títulos públicos. La tasa de riesgo-país está tan alta como cuando (Eduardo) Duhalde habló de no pagar la deuda externa. Los inversores saben que las cosas están mal. Y entonces alguien tiene que hablarle a los inversores, explicarles que sabe que las cosas están mal. Si no demuestra que conoce lo que le pasa, pierde la confianza. 

–Usted les habla a los inversores...

–Algunos miembros del gobierno miran sesgadamente para el lado de los votantes y otro sector, que yo integro, habla sesgadamente para el lado de los inversores.

Algunos miembros de un gobierno recientemente elegido “hablaban sesgadamente para el lado de los votantes”. Otros, los que más pesaban en el entorno del presidente Fernando de la Rúa, les hablaban sesgadamente a los mercados. Se nota quiénes fueron más elocuentes.

Había que convencer a la sociedad y a los organismos internacionales de crédito o a los mercados, universos de que (por la parte baja) se equiparaban en importancia. Con los organismos se iban entendiendo mejor. La consecuencia de esa asimetría se palpó luego, ni hace falta señalarlo.

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Soberanía, democracia, augurios olímpicos: Como están de moda las teorías sobre cortinas de humo, vaya una salvedad. Las reformas en el Indec y la inflación son puntos flojos del oficialismo, están entre sus mayores debilidades institucionales y económicas. Cualquiera está habilitado a discurrir sobre ellos, argentino o foráneo. Lo inadmisible finca en el lenguaje y en el tono de una funcionaria internacional respecto de un país soberano. La dirigencia y los “formadores de opinión” de la Argentina podrían garbosamente sostener sus puntos de vista sin esconderse en las faldas de Lagarde, sin convalidar su arrogancia y prepotencia.

El kirchnerismo ha ampliado los márgenes de decisión del Estado nacional, he ahí un activo institucional y económico que beneficiará a cualquier persona que gobierne el país en el futuro.

El nivel de endeudamiento público es el más bajo desde la restauración democrática, la relación deuda-PBI no es un “relato” sino un guarismo corroborable. Alejada de las relaciones carnales del menemismo, de los torpes visajes lamebotas de la Alianza, el oficialismo recobra espacios de maniobra impensados a comienzos de siglo. La titular del FMI se comporta como si nada hubiera pasado en ese lapso, en estas pampas o en el resto del mundo.

La oposición “republicana” dedicó meses y ríos de tinta a alertar contra el chauvinismo gubernamental sobre Malvinas. Vaticinaron escaladas torpes, gestos descomedidos en los Juegos Olímpicos. Los vaticinios resultaron desmentidos por los hechos. Las delegaciones fueron “deportivamente correctas”: ninguna escena, ningún daño, como dice el tangazo.

En contrapeso, se equivocan quienes inscriben la respuesta a Lagarde en una lógica confrontativa sin destino y sin historia. La respuesta de Cristina Kirchner en Estados Unidos se emparienta con la tradición yrigoyenista y peronista. Y, mirando más cerca, con la del ex presidente Raúl Alfonsín cuando le retrucó a su colega Ronald Reagan, de visitante, en pleno corazón del imperio. La digna praxis de los grandes partidos nacionales-populares es uno de los blasones argentinos.

Tratar de pasarles por encima fue el enésimo error de la titular del FMI. Aunque no debería asombrar tanto que amenacen con la tarjeta roja quienes tanto contribuyeron a que la Argentina se fuera al descenso.

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