EL PAIS › REFLEXIONES TRAS LA MUERTE DE VIDELA

Lo que queda de un genocida

Por Víctor Heredia *

Sigamos alentando a la vida

La muerte de Videla no puede analizarse sin pensarla en el contexto del espacio en el que ocurrió: la cárcel. Sólo allí adquiere su verdadera y triste dimensión frente a una sociedad que se atrevió a cumplir con su rol tras largos años de incertidumbres y tropiezos, pero precisamente en estos últimos diez de democracia, juzgándolo y condenándolo en su carácter de genocida. No murió para cerrar ninguna etapa, no tiene esa entidad porque fue apenas un cancerbero del egoísmo corporativo e inhumano que todavía intenta socavar nuestros sueños. Mucho menos para abrir ninguna otra estrepitosamente luminosa como esta democracia nuestra, horizonte soñado por treinta mil corazones aniquilados por la verdadera violencia estatal, el auténtico autoritarismo. Murió Videla, uno que se llevó por delante nuestras libertades colectivas hace tantas lágrimas...

No voy a celebrar su partida, ninguna muerte debe ser celebrada, mucho menos por mí, que siempre le canté a la vida. Su deceso no significa nada más que oscuridad, la misma negra y tenebrosa oscuridad que derramó su incalculable odio sobre nuestras vidas. No modifica un ápice nuestra esperanza porque siempre la tuvimos, antes de su nacimiento, antes de su primer mesiánico berrido, esta esperanza es la misma de siempre, parte de un sueño invencible, colectivo, popular. Murió Videla. Nosotros sigamos alentando a la vida.

* Cantautor.


Por Guillermo Levy *

Sensaciones infernales

Videla muerto, un cóctel de festejos desinhibidos, condenas moderadas, titulares que intentan ser lo menos dañinos posible con su figura, que en el imaginario de los vivos de este país entró al infierno.

No sabemos si el infierno existe en la realidad, pero sí existe en nuestra conciencia colectiva, que construyó el repudio necesario a la dictadura pero a costa de construir monstruos grandes para que ocupen todo un infierno, que esperaba también a otros acompañantes.

Su soledad no es sólo la soledad del genocida repudiado por su pueblo, su soledad infernal es producto también de la hipocresía de los que se sirven de las teorías demonizadoras para no hablar de tantos miles, quizá millones, partícipes de la fiesta infernal que tuvimos entre 1976 y 1983.

Empresarios que se enriquecieron enormemente con los secuestros de delegados gremiales, reducciones salariales y negocios varios a costa del Estado. Financistas viejos y advenedizos que se sumergieron en la pasión de la bicicleta financiera, el dólar barato y la fuga de capitales y que fueron los grandes pedagogos de nuestra adicción actual al color verde.

Productores agropecuarios que festejaron ese primer aniversario en el lejano 1977 con aplausos ensordecedores a Martínez de Hoz en la Sociedad Rural.

También tuvimos cómplices, verdugos y beneficiarios menos paquetes y con apellidos menos sonoros en nuestra televisión, radio y prensa escrita. Partidos hoy democráticos que en su cruzada ruidosa por salvar a la república del “fascismo kirchnerista” no nos dejan ver su complicidad con esos años infernales en que ponían intendentes, gobernadores y embajadores para que gestionaran el horror y el saqueo o simplemente refutaran en el exterior las denuncias contra la dictadura.

O los que sólo fueron parte del ejército de aduladores y consensuadores del horror y que quizá no pasaron de discutir, avalar o pegar la calcomanía “los argentinos somos derechos y humanos” en su auto o en su ventana o denunciaron a las “locas de Plaza de Mayo” cuando vino una comisión internacional allá por 1979 y el centro se llenó de gente para hacer denuncias pero otros muchos fueron a repudiarlos.

La condena judicial es para los responsables directos de los crímenes: militares, policías y, por suerte, también empezamos a ver desfilar en los juicios a algunos civiles: curas, jueces, empresarios y hasta al dueño de un diario procesista del sur de la provincia de Buenos Aires.

Lo otro no es para la condena penal. Es para hacernos cargo de la historia sin demonios y para pensar también responsabilidades propias en 30 años de democracia con cerca de 20 años de impunidad casi total avalada en las urnas.

Si Videla muere preso, es una tranquilidad para el piso de justicia que la Argentina necesita, producto de tantas luchas y de un gobierno que tuvo la voluntad política de impulsar estos juicios que son únicos en el mundo. En el plano de la memoria, si Videla es un demonio que se vuelve solo al infierno, no hay mayor garantía de que construyamos una historia que sirva para saldar nuestro pasado y entendamos qué fue la dictadura, qué de nosotros estuvo ahí, en qué cambió la Argentina y cuánto de su legado queda en nuestra vida social.

* Docente de la carrera de Sociología (UBA), investigador de la Untref.


Por Andrés Jaroslavsky *

El mártir

Años después de haber encabezado un genocidio del que casi escapó impune, Videla tuvo que enfrentar el mal trago de ser encarcelado por sus crímenes. Videla fue el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas en 1976, una ensalada de psicópatas que germinaron en el desprecio militar hacia la sociedad civil, esa sociedad “enloquecida” a la que los uniformados “encarrilaban” con cierta regularidad.

De este caldo de cultivo surgieron Bussis, Masseras, Menéndez y otras criaturas, los perros locos de la dictadura. Videla tenía otro estilo. El era un santulón capaz de coordinar un programa de asesinatos y creer al mismo tiempo que esto lo congraciaba con su dios, paradójicamente el dios del “no matarás”.

Cuando llegó el escarnio, Videla recreó para sí mismo una tragedia mítica en la cual él era un héroe-mártir condenado por aquellos a quienes había salvado. Fiel a su patología, Videla se creyó un Cristo con uniforme militar que era arrastrado en un vía crucis de juzgados. Padeció bajo el poder de Néstor Pilatos, fue crucificado, condenado y olvidado. Descendió a los infiernos carcelarios con la esperanza de resucitar de entre los presos, de que el país saliera de su engaño y así subir al cielo de los próceres argentinos para sentarse a la diestra de San Martín.

Sin embargo, los años pasaban y las multitudes que lo llevarían en andas no aparecían. A medida que se hacía un experto en texturas de paredes, Videla comenzó a sospechar que nadie vendría a descrucificarlo y se pudriría lentamente en ese calabozo. Ya ni siquiera los columnistas del diario La Nación se animaban a justificarlo. Aquel cándido sueño de reivindicación comenzó a apagarse sumergiendo al general en una profunda amargura, la realidad. En ese estado del alma –como decía Bussi cuando brindaba con Mariano Grondona– alguien le acercó un micrófono.

Surgieron así unas tardías declaraciones que revelaban que Videla no estaba feliz en prisión y sus primeras confesiones. El héroe malogrado recitó una vez más aquel cuento de militares bonachones y bien intencionados que terminaron atrapados en una situación indeseada, inocentes hombres de armas que se vieron forzados a rescatar la república. Unas Fuerzas Armadas que se parecían muy poco a ese partido militar que durante más de cincuenta años asoló a la sociedad argentina con bombardeos, proscripciones, fusilamientos, robos y torturas. Fuerzas Armadas que eran el vehículo favorito de los conservadores para llegar al poder y el brazo armado de la Iglesia. Partido militar que regulaba la moral de los argentinos estableciendo el largo permitido para el pelo en los varones y las minifaldas de las mujeres.

Indignado, Videla afirmó que “la República está desaparecida”, “no tiene Justicia”. Lo afirmó después de haber tenido un juicio público, ajustado perfectamente a las normas del derecho y cumpliendo condena en una cárcel limpia, con asistencia médica, donde sus familiares pudieron visitarlo y llevarle sus caramelos favoritos. No recibió descargas eléctricas en sus testículos, no le arrancaron los dientes, no recibió una dosis de pentotal antes de ser arrojado vivo desde un avión, sus hijos no fueron apropiados, no le robaron sus bienes, no murió retorciéndose de dolor sobre una mesa de tortura.

A pesar de su prolongado encierro, no llegó a notar las sustanciales mejoras en materia jurídica que le ofrecía esta imperfecta democracia, sobre todo en comparación con el régimen que él administraba. No tuvo la sutileza necesaria para observar que, desde su lugar de detención, podía hacer declaraciones contra el Gobierno, la Justicia y el país en su conjunto con la total tranquilidad de que el Estado garantizaría su seguridad y su libertad de expresión. Pero nuevas generaciones de argentinos lo notaron, y crecieron en un país donde estos derechos están garantizados.

La entrevista permitió también que los jóvenes conociesen otro aspecto fundamental de su persona y del perfil de los militares de la dictadura: la cobardía. A pesar de las decenas de miles de asesinatos y a pesar de balbucear en el final algunos datos del horror, Videla no pudo asumir y articular quién era él. Videla fue el comandante de un ejército de criminales y fue tan perverso como quienes fusilaban o reventaban detenidos. Como sus camaradas, él fue también un cobarde, el general de los eufemismos, incapaz de asumir sus actos. Incapaz de decir la verdad.

Esta nueva Argentina, tan distinta del proyecto de la barbarie militar, esta república despreciada por Videla, es un ejemplo de esfuerzo en la búsqueda de justicia, un motivo de orgullo. Un Estado que le garantizó un juicio justo y una condena donde se respetaron todos sus derechos. Una Argentina que entregara el cuerpo de Videla a sus familiares para que éstos le den el destino que deseen. Como manda la ley.

* Hijo de Máximo Jaroslavsky, médico desaparecido en Tucumán.

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