EL PAíS › PANORAMA POLITICO

PASO democráticas

 Por Luis Bruschtein

El cierre de las alianzas para las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) terminó por decantar los espacios que se han ido generando en estos 30 años de democracia. El menemismo y la Alianza de los años ’90 han reverdecido en el campo de la política nacional. Más que los nombres que los definieron en un determinado momento, están expresando matrices que encajan con la historia y la cultura política de los argentinos. El populismo conservador y el liberalismo reaccionario tienden a fluir y confluir, entrelazándose en momentos de cúspide para formar gobiernos como en la Década Infame, durante las dictaduras militares o en el menemismo. Estas formas del liberalismo y el populismo son dos expresiones del centroderecha que en determinados momentos tienden a fundirse en una sola fuerza.

Como un desprendimiento de esa misma raíz hay un espacio muy condicionado por la derecha del radicalismo que consigue subordinar a sectores del reformismo institucionalista. Esta corriente de pensamiento quiere avanzar con cambios institucionales sin cuestionar lo esencial de las políticas económicas neoliberales, por lo que en general le resulta difícil pasar de los enunciados. Constituye una consecuencia de la hegemonía de Juan B. Justo sobre Manuel Ugarte en el debate del socialismo argentino. Y del alvearismo sobre el yrigoyenismo en la Unión Cívica Radical. Aunque la resolución de esos debates fue bastante excluyente, en el seno de los dos partidos quedan rescoldos y pulsiones que resurgen esporádicamente como estrellas fugaces. Este conglomerado estuvo representado en el pasado reciente por el gobierno de la Alianza, ocupando el centro de la gama.

El gran reformador, el factor más dinámico en lo institucional, en lo social y en lo económico en Argentina ha sido el lugar del movimiento nacional y popular. Desde un punto de vista geométrico ocupa el lugar del centroizquierda real e incluso de la izquierda, que en otros países fue ocupado por fuerzas de otras características y tradiciones. La Revolución del Parque, y luego su vertiente yrigoyenista, y el peronismo y luego su vertiente kirchnerista, modelaron la progresividad social e institucional de la Argentina con instituciones como el sufragio universal, la reforma universitaria, la jornada laboral de ocho horas, vacaciones pagas, la jubilación, el voto femenino, la Asignación Universal por Hijo y la ampliación de derechos ciudadanos de género, razas, edad, religiosos y demás. Estos movimientos nacionales y populares transformaron la vieja República Oligárquica de fines del siglo XIX en una República Democrática. La verdadera República no existiría si no fuera por el yrigoyenismo y el peronismo.

El centroderecha, esa confluencia entre el populismo conservador y liberalismo reaccionario, está encarnado hoy en el PRO de Mauricio Macri, en fuerzas provinciales y en los desprendimientos del peronismo disidente más las expresiones del menemismo residual que pueden crecer en determinadas circunstancias. Hay una tendencia convergente entre todos estos grupos, como sucedió ahora en Entre Ríos, donde el activista de la patronal rural, Alfredo De Angeli, será uno de sus candidatos. El espacio y el discurso son los mismos, aunque son diferentes las expectativas de los dirigentes. Mauricio Macri apenas amplió sus alianzas en la Ciudad de Buenos Aires y no pudo concertar con Francisco de Narváez ni José Manuel de la Sota. En estas elecciones Macri no tiene nada que perder y si se consolida en otros distritos, como el conurbano y Santa Fe, podrá negociar mejor con el resto del centroderecha en el 2015.

En el punto medio del espectro político, la configuración que formó la Alianza a fines del siglo pasado tiende a repetirse con la incorporación del radicalismo al FAP de Hermes Binner. Esa incorporación tiene una lógica histórica, como la tiene la confluencia en el centroderecha. Era un paso inevitable en la secuencia histórica de formación de las corrientes políticas. Cuando el movimiento nacional y popular tiene la iniciativa, las demás fuerzas se ordenan a favor o en contra de ese impulso de transformación de la sociedad. Binner y el grupo Libres del Sur se derechizan en sus estrategias de alianzas y en sus declaraciones porque no pueden crecer hacia la izquierda. Por el contrario, pierden aliados por izquierda, como Víctor De Gennaro o Claudio Lozano, y crecen por derecha. Lo mismo –y aún más acentuado– sucede con Pino Solanas en la ciudad de Buenos Aires. Más acentuado porque Solanas estaba a la izquierda de Binner y de Libres del Sur y sus posiciones y alianzas actuales con Elisa Carrió están ahora más a la derecha. Esa inercia ideológica reactiva contra el avance del movimiento popular empuja todavía más a la derecha a este centrismo y lo lleva así a presentar listas comunes con el centroderecha para el Consejo de la Magistratura. Y de hecho, a lo largo de estos diez años se han planteado estrategias parlamentarias comunes.

En ese esquema geométrico, el centroderecha, el centro y el centroizquierda son como tres grandes cuencos que ha formado la corriente de la historia. No son formas cerradas y hay circulación entre esos tres espacios, sobre todo en los márgenes del PJ y la UCR. Pero también hay movimientos en la izquierda, algunas de cuyas siglas suelen aparecer a veces con el centroderecha. Con la reactivación de una nueva forma del movimiento nacional y popular, la miríada de partidos trotskistas quedaron fuera de la disputa del poder que habían llegado a rozar en la crisis del 2001. A diferencia de su inspirador, León Trotsky, que fue protegido y contenido por el movimiento nacional y popular del general Lázaro Cárdenas en México, prácticamente ninguno de sus discípulos argentinos de la actualidad ha podido incorporar el dato de estos movimientos a su lectura de la realidad.

Sin embargo, desde 2011 este sector ha podido mantener el Frente de Izquierda y de los Trabajadores entre el PO, el PTS e Izquierda Socialista. Se pueden discutir las bases doctrinarias que originaron ese frente, aunque no habría que olvidar que la necesidad fue más fuerte en este caso para romper la lógica divisionista del trotskismo, ya que la reforma política planteó el requisito de obtener el 1,5 por ciento del padrón en las primarias para poder presentarse en las elecciones generales.

Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que han facilitado las confluencias entre diferentes fuerzas de oposición fueron implementadas también por la llamada Reforma Política que impulsó el kirchnerismo en 2009, luego de una elección en la que se habían presentado más de 700 listas en todo el país. Todo este proceso de ordenamiento y decantación del sistema de partidos fue regulado por aquella Reforma Política que también estableció formas equitativas y democráticas de financiamiento y de distribución de la publicidad en las campañas. Por primera vez los partidos más chicos tuvieron una presencia significativa en la propaganda radiotelevisiva.

Pese a que esta norma ya ha sido naturalizada e incluso aprovechada por el juego democrático entre gobierno y oposición, cuando el kirchnerismo la presentó provocó el rechazo en masa de la oposición. Se dijo que estaba hecha a medida para Néstor Kirchner. Solanas, que en estas elecciones va en alianza con el radicalismo, dijo que estas leyes favorecían el bipartidismo y perjudicaban a las fuerzas más pequeñas. “Cuando los políticos pierden encanto ante las masas buscan mantener su liderazgo con el aprovechamiento burocrático de las estructuras reglamentarias partidarias”, se escribió en La Nación en ese momento haciendo referencia a un “desesperado” Néstor Kirchner. Se criticó que se prohibiera publicidad pagada por privados, que se exigiera un piso de votos para participar en las elecciones nacionales y que los candidatos solamente pudieran surgir de las PASO. Se gastaron decalitros de tinta y saliva para denostar la nueva institución legal. Obviamente se trataba, para los grandes medios, para sus editorialistas y para la oposición, de una muestra burda de atropello a las instituciones democráticas. Hoy esa Reforma Política constituye una institución básica de la democracia de la que todos se favorecen y a la que todos se acogen.

Fue un debate parecido al que se planteó con la Reforma Judicial. Reforma que la jueza María Servini de Cubría acaba de declarar inconstitucional por pretender que los abogados y jueces del Consejo de la Magistratura sean elegidos por el voto popular y no por las corporaciones. De la misma forma que los grandes medios dijeron que la reforma política estaba hecha a la medida de Kirchner, ahora califican la Reforma Judicial como “avance sobre la Justicia”, o sea, también estaría hecha a medida del kirchnerismo. Hicieron esa acusación para oponerse a una ley que sirvió a la democracia. Y lo están haciendo otra vez.

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