EL PAíS › OPINIóN

El tamaño importa

 Por Eduardo Aliverti

Según algunos medios –y editorialistas en particular– el paso de Cristina Fernández de Kirchner por el quirófano podría producir un eventual “efecto lástima” en las próximas elecciones. Se animaron, incluso, a indicar que esa probabilidad puede ser alentada desde el oficialismo. Y algún colega, aunque situándolo en boca de un tercero, preguntó en la tevé “si acaso esta mina no nos estará acostando”.

En sentido no tan figurado, únicamente les faltó asegurar que la Presidenta se provocó adrede el hematoma. Este tipo de alerta lo jugó la oposición mediática, lo cual debe resaltarse, porque los dirigentes políticos –con honestidad o percepción del buen gusto, no importa– mostraron, en cambio, una actitud de recato. Y es un alerta que merece consideraciones específicas, porque excede a condenar las bestialidades enunciadas sobre la salud presidencial, su tratamiento, la información oficial y etcéteras. No es que se trate de minimizar todo eso, en tanto es verdadera y repugnantemente asombroso lo que dijeron y continuarán diciendo. Al igual que otras veces, la lista provoca algo así como vergüenza ajena de sólo recorrerla, aunque más no fuere de modo parcial. Hay ciertas excentricidades que ya se conocían, como diagnosticar el estado psíquico de la jefa de Estado –y luego sus condiciones físicas– a través de la mera especulación (salvo figurarse a los médicos de Cristina informándoles a periodistas opositores, on line, acerca de cada episodio que la afecta). Pero hay otras que, aun cuando la catadura moral de los informadores también las haga juzgar como previsibles, no dejan de ser espeluznantes si, todavía, es estimable mantener algún rigor periodístico o concepto de sentido común. Le “revelaron” a la sociedad, por ejemplo, que los pisos y salas donde la Presidenta es atendida fueron virtualmente blindados contra el acceso público, a la par que confiscar los celulares de la gente comprometida en el cuidado de la paciente y de cortar las líneas telefónicas. ¿Habrá alguna forma precisa de referir que esa obviedad fue presentada como uno de los símbolos del “cepo informativo”? ¿Alcanzan términos como disparate, barrabasada, desatino o similares? ¿De veras que hay homínidos capaces de imaginarse que internan a un presidente y la vida del lugar sigue como si tal cosa? ¿Y de veras que una cronista callejera puede animarse a sembrar interrogantes sobre la excelencia de la Fundación Favaloro para practicar operaciones cerebrales? ¿Y de veras que, mientras dicen que un golpe como el sufrido por la Presidenta es susceptible de mostrar síntomas recién a las dos semanas, o más, se preguntan por qué no notificaron del golpe apenas producido? Sí, de veras. Ocurrió. Como ocurrió que se encolerizaron porque “no sabemos nada”, con una irrespetuosidad impactante frente a los partes médicos de los profesionales intervinientes. ¿Qué debe hacerse? ¿Dejar de cuestionar estas bajezas en nombre de que es necesario tomarlas como de quienes vienen? La colega Marta Dillon, en contratapa del suplemento Las 12, de este diario, el viernes pasado, trazando una semblanza en torno de que los argumentos contra Cristina –coyunturales y no– son propios de golpeadores todavía creyentes en su privilegio de dar duro, escribió: “No la mantuvieron sedada para facilitar el postoperatorio. Le dieron ‘medicación para que no esté excitada’. No fue una intervención neurológica de baja complejidad; le ‘perforaron el cráneo sin cortarle el pelo’. No le darán el alta; volverá a hacer su voluntad. Ella, que estaba ciega, ‘se golpeó con la realidad’. Más aún, el golpe fue emocional y repercutió en la cabeza porque, vamos, ya se había dicho que estaba desequilibrada y padeciendo síndromes de descripción dudosa (...). El ‘hermetismo es total’ (...). Mientras se mantenga la paranoia, el complot es posible. Aquí no hay accidente, se puede leer entre líneas. Aquí hay irresponsabilidad, como la tuvo Néstor Kirchner en su propia muerte”. Los 50 tweets por minuto para darle fuerza a Cristina, agrega Dillon al aludir a la adaptación de sí misma hecha por Beatriz Sarlo, no es empatía sino la sobredosis emocional o giro sentimental que, “según el siempre engolado Joaquín Morales Solá, que de vez en cuando habla desde el llano, podría trocar la decisión de voto para ‘no llevar malas noticias a esta pobre mujer’”.

En este punto habíamos quedado, respecto de una perversión que, previo a ello, es un apunte político que sobrepasa la observancia del odio. Temerle al “efecto lástima”, como editorializó el columnista de La Nación o como vomitaron ciertos standaperos, significa que dudan sobre la sinceridad o profundidad de sus propios análisis, en cuanto a lo inevitable del fin de ciclo y de la decadencia de Cristina. ¿Puede obrar la lástima hasta el punto de que cambie voluntades, no ya el 27 de octubre sino sobre la percepción popular de cara al futuro de mediano plazo? ¿Qué clase de convencimiento social habría sobre que nos gobierna una yegua, una corrupta, una irritada constante, una manga de ladrones, una kretina, si a la primera de cambio podría inquietar una compasión significativa? ¿Desde cuándo puede haber lástima, de la noche a la mañana, contra quien ya fue, ya está, ya no tiene retorno, ni ella, ni su gobierno, ni su etapa populista, ni su diktadura ni el estigma que desee cargársele? Lástima, que uno sepa, se le tiene a quien todavía porta la dimensión de ser confiable, querido, dispensado de sus errores, ratificado en sus posibilidades de asentar o recuperar un rumbo que pueda estar sufriendo situaciones desfavorables. No se le tiene lástima, ni a un efecto ad hoc, a un derrotado que –según se lee y escucha con constancia de tortura china– se lo merece largamente. ¿A basa de qué tanta preocupación, entonces? ¿Será que el sueño de las masas no se ve tan afectado si formalmente ejerce Boudou? ¿Será que hasta el último boludo se da cuenta de que no se cae el mundo? ¿Serán varias por el estilo o será que, directamente, Cristina les sigue siendo temible y de ahí que, como requirió un candidato a concejal del Frente Progresista, es mejor que el coágulo haga justicia? (nobleza obliga, a ese postulante de la lista de Stolbizer y Alfonsín, en Cañuelas, lo obligaron a renunciar aunque luego de invitarlo a sólo retractarse, para después emitir un comunicado en el que, por las dudas, aclaran que bregan por la pronta recuperación de la Presidenta).

Es igualmente notable la grosería con que se intentó confundir los tantos constitucionales, tratando de impugnar que el vicepresidente pueda ser habilitado para el ejercicio temporario de la primera magistratura. Macri está procesado, pero a nadie le mueve un pelo a propósito de si por eso debería quedar impedido de gobernar. Sin embargo, fue así que a un consultor, de prestigio desconocido, le confirieron cartel francés para que en prime time insinuase un pueblo autoconvocado a Plaza de Mayo con el fin de rechazar la reencarnación de José López Rega. Hubo además un columnista que advirtió sobre la ilusión de Boudou para llevar adelante cierto plan de endeudamiento externo, aprovechando la ausencia de Cristina y mientras simultáneamente, desde los medios del propio Grupo en el que trabaja, se machaca con que el vice es un monigote a quien apenas si reservan para los actos protocolares. Y hubo otro que citó la “asunción” del vicepresidente como “la peor noticia”, en las horas en que la Presidenta era operada de la cabeza. Ni siquiera durante los peores momentos de Fernando de la Rúa, ridiculizado hasta más no poder por su personalidad timorata y sus actitudes de extravío, fue posible registrar un ataque de semejantes características contra la investidura presidencial. Y de allí para abajo, prácticamente no hay sector gubernamental que quede a salvo de una cantidad inédita de operaciones cruzadas o concomitantes. Hay oportunidades en que sólo son brutalidades informativas que no esconden un fin conspirativo, pero, objetivamente, actúan bajo el mismo criterio de perforación. Nada se pareció a esto. Y cabe –como siempre– la pregunta de si el grado de salvajismo habla primero de quienes lo perpetran o, antes, de quienes lo consumen con gozo porque se ven representados en esa exteriorización de aborrecimiento. La dialéctica sugiere que son ambas cosas, y que se retroalimentan hasta conformar un núcleo cuya capacidad para dialogar o consensuar (aquello de no profundizar “la grieta”) es imposible. El apunte no es menor, tal vez, porque habla de qué sentido tiene inquietarse por la grieta esa que la derecha biempensante tanto dice que le preocupa. Pero no por eso corresponde dejar de señalarlo.

El periodista confiesa haber atravesado, sucesiva y alternativamente, diversos estados de ánimo frente a la horda mediática que lucró con la salud presidencial. Estupefacción, en algún punto risibilidad, indignación, a la vez acostumbramiento, porque ya es poco menos que una rutina toparse con estas pandillas, y en consecuencia inclinación a no darles cabida ni anímica ni analítica. Pero, al cabo, la referencia es ineludible. Lo que no soportan, lo que los atemoriza, no es ni el cepo informativo ni que el vice sea impopular, ni que pudiera atravesarse un campo minado hasta dentro de dos años. No es eso. Es que el tamaño de la agresión da la medida del agredido.

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