EL PAíS › OPINION

Son las instituciones, gil

Las elecciones y la sentencia de la Corte Suprema, ejemplos de cómo funcionan las instituciones. El debate que no termina ni resolverá cómo será el futuro. El espacio radical-socialista, el PRO y el peronismo “federal”: cómo quedaron. Lo que hizo el Gobierno después de agosto. Lo que se discute desde el domingo pasado.

 Por Mario Wainfeld

Pasó una semana de órdago, que incidirá mucho en el escenario político de los años por venir. Las elecciones y la sentencia de la Corte Suprema delinean un combo tan incitante como incompleto: su sentido y su proyección se completarán con acciones futuras. Podrá parecer ingenuo en medio del griterío que connota la política doméstica pero es forzoso resaltar, como eje central, que las instituciones funcionan en la Argentina. Distan de ser perfectas o ejemplares, pero rayan mucho más alto que lo que traduce la Vulgata dominante.

El pueblo votó en 24 provincias, dando cuenta de su federalismo, cambios de talante y diversidad. La jornada fue tan ejemplar cuan masiva, el escrutinio resultó prolijo y veloz. La traducción está en disputa, algo lógico ante un veredicto con aristas variadas.

La Corte resolvió con ajuste a derecho, enfrentando presiones corporativas tremendas y de- satando la furia de la derecha real, cuyo espíritu democrático vuela muy bajito (ver asimismo nota aparte).

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Datos, versiones y porvenires: La polémica sobre el saldo del pronunciamiento popular se viene cruzando desde agosto. El oficialismo enfatiza la conservación, ligeramente mejorada, de las mayorías en el Congreso nacional. También su condición de primera minoría nacional. Le asiste razón, a condición de admitir que el cuadro incluye otras variables, que son las que subrayan las fuerzas opositoras.

Estas hacen centro en la disminución del caudal total del kirchnerismo, sus derrotas amplias en las cinco provincias más pobladas, la amplia diferencia en Buenos Aires, la aparición exitosa del intendente de Tigre Sergio Massa. Son válidas, a condición de asumir lo mencionado en el párrafo precedente.

La preservación de un quórum (casi) propio en las dos Cámaras prefigura para el Gobierno un horizonte más desahogado que el de 2009. La necesidad de construir una candidatura presidencial que no sea la de Cristina Fernández de Kirchner es un intríngulis severo, inexistente en aquel entonces.

La hipótesis de esta columna es que las urnas han demarcado el terreno pero no cristalizado el resultado de 2015. Los opositores hablan de “fin de ciclo”, lo que hasta es entendible como táctica para debilitar al oficialismo, pero insuficiente como vaticinio. Para que termine el zarandeado ciclo, les queda construir alternativas ganadoras y construir un favor popular direccionado a una o dos coaliciones. Hay virtualidad para armarlas, pero hoy no existen.

El kirchnerismo se autorretrata como vencedor serial, le queda cimentar las condiciones para proseguir su saga dentro de dos años.

Los adversarios tienen una carga parecida: transformar sus interpretaciones en realidades. Para eso, deben hacer política y no quedar ensimismados en discusiones interesantes pero insuficientes.

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Cuando la espuma baja: A medida que baja la espuma de los brindis, decantan análisis más acabados que las tapas simplistas de los diarios hegemónicos. Es recomendable, en su totalidad, la nota del politólogo Andrés Malamud en la revista El estadista. Malamud consigna, provocativo y certero en los datos: El Frente para la Victoria triunfó en doce provincias (incluyendo a Salta en la categoría senadores) y salió segundo en ocho. Y desagrega a “la opo”: El radicalismo con sus aliados socialistas y lilitos ganó siete, su promedio desde 1983. Los peronistas con remordimientos ganaron cuatro, y el Movimiento Popular Neuquino prevaleció en la que gobierna desde 1983. La conclusión está cifrada en el título de la nota “El fin de ciclo se acerca: es en 2019”. Conviene aclarar y resaltar que, desde la perspectiva ideológica de Malamud, una victoria del peronismo antikirchnerista no sería un fin de ciclo, ni una cabal alternancia, sino una “sucesión” dentro del universo peronista.

El sociólogo Eduardo Fidanza coquetea con una idea parecida, ayer en La Nación. Según él no hubo un pronunciamiento contra los lineamientos generales del kirchnerismo. El votante, cree, “se mantuvo en las proximidades de la Presidenta, premiando a un hijo descarriado, no a un miembro de otra familia”. Integrante de la consultora Poliarquía, Fidanza cifra así la demanda electoral promedio: “Pide un ecualizador que aumente la calidad de la melodía, no quiere reemplazarla. Un poco menos de inflación, algo más de seguridad, la misma proporción de empleo, salario, consumo y vacaciones”. Modelo con sintonía fina, pongámosle.

Ambos observadores miran con escepticismo las hipótesis de resurrección de la familia panradical-socialista. Un estudio básicamente numérico del politólogo Javier Zelaznik de la Universidad Torcuato Di Tella aporta cifras que comprueban que ese sector sólo mejoró su patético desempeño de 2011 pero que no trasgredió sus medias históricas anteriores.

El cronista coincide con esa parte de la interpretación aunque disiente con el sentido y las eventuales consecuencias del crecimiento del “peronismo federal”. A su ver, configuran una propuesta diferente, una regresión potencial mayúscula en términos culturales y políticos.

Cabe asignarle una entidad diferente que debe alertar al Frente para la Victoria (FpV) si quiere corroborar, en la cancha y cuando se juegue el partido respectivo, que su bien ganada permanencia en el Gobierno proseguirá después de 2015.

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Rivales deseados y reales: El presidente Néstor Kirchner imaginó, tiempo ha, un sistema político dominado por dos vertientes: el FpV encarnando al centro izquierda (limitando con la pared) y el centro derecha dominado por el PRO. La trayectoria del partido del jefe de Gobierno, Mauricio Macri, torna borrosa la tesis (nada es imposible en el futuro, se machaca). Fuerte en la Capital, lábil en rodeo ajeno, el macrismo conserva su feudo y lo embellece apenas con un segundo puesto lejano en Santa Fe, otro (forzando un poco la lectura) en Entre Ríos y un cuarto en Córdoba. Queda poco competitivo. Vaya una referencia, que podría extrapolarse, con variantes, a otras fuerzas. El PRO entra al senado, ocupando tres bancas. Si ganara la mayoría en todas las que se renuevan dentro de dos años, totalizaría 19, apenas más de un tercio de la Cámara. Sería una magra base para construir gobernabilidad. La legitimidad allende la Avenida General Paz tampoco ayuda, ya se dijo.

Así las cosas, la derecha posible con más potencial es otra. Aciertan el establishment económico en general y el mediático en especial cuando ponen su mayor cantidad de fichas a manos del peronismo “federal”. Hasta hace poco, su “candidato A” era el gobernador Daniel Scioli y el intendente Sergio Massa el plan “B”. Esas posiciones relativas se enrocaron, a la luz del veredicto de las urnas en Buenos Aires.

La amplia victoria del Frente Renovador es otra clave de las elecciones, que sería necio subestimar. Por el volumen de la diferencia, por lo que impacta en el total nacional, porque se obtuvo desgajando votantes, dirigentes e intendentes que respondían al kirchnerismo.

Este cronista supone que es difícil que Massa tenga combustible para llegar indemne dentro de dos años. Pero ningún vaticinio es seguro (lo que, ay, incluye a los propios) ni mucho menos escribe de antemano la historia.

La emergencia de Massa, construida en pocos meses, es una alerta importante para el oficialismo. Entre otras variables, porque es imposible imaginar una reválida del FpV para la Casa Rosada sin revertir mucho el resultado en Buenos Aires. También porque resucitó al “otro” peronismo que venía muy maltrecho.

La dirigencia peronista es, en tendencia, itinerante y de lealtades móviles. Las predicciones de cambio de camisetas que se escuchan hoy son apresuradas, se comen la cena antes del almuerzo. Pero la posibilidad es real, se ha catalizado. El kirchnerismo la conoce y el mejor modo de neutralizarla es recobrar fuerzas en el terreno que mejor le vale: el de la gestión pública.

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Palabras y medidas: Las declaraciones a los medios el día de los comicios son un insumo interesante, aunque efímero. El kirchnerismo tomó nota del resultado de las Primarias, que incluía achicamiento de su popularidad.

Por eso, arbitró una serie de medidas. Estaba cantado que su proyección electoral en octubre sería limitada pero valen porque dan cuenta de haber recapacitado. Y porque implican mejoras a sectores importantes de la población. Hablamos de las reformas al mínimo no imponible de ganancias y a las escalas del monotributo.

También revisó su táctica electoral, dentro los márgenes estrechos que le quedaban. Corrigió (poco) el mensaje de campaña. No tenía margen para cambiar las candidaturas nacionales pero en la Ciudad Autónoma mejoró su oferta incorporando al ex Canciller Jorge Taiana como primer candidato a legislador porteño y al joven luchador Pablo Ferreyra liderando una lista colectora.

Los candidatos aceptaron notas “de visitantes” en medios hostiles al Gobierno, hasta en la galaxia Clarín. A su vez, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se mostró en entrevistas televisadas, de formato peculiar, con pocos precedentes.

Las convocatorias a las centrales empresarias y gremiales afines al oficialismo para discutir acciones concretas demarcaron un camino interesante.

La salud de la Presidenta dejó en pausa esas medidas y jugadas, que son válidos esbozos de lo mucho que queda por hacer.

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Repliegue y desafíos: Era de cajón imposible repetir el plebiscito de 2011, pero no estaba escrita la magnitud de la merma. La comparación con la elección de 2009 es parcialmente válida pues se trata de la peor performance del kirchnerismo en “medio término”. Revisar qué motivó la sangría de preferencias es un desafío para una fuerza con vocación mayoritaria, lo que exige sumar siempre.

Este cronista cree que el FpV se replegó desde su inusual éxito de dos años atrás. Se amuralló en sus fronteras, achicó su elenco de aliados. Hablar sobre las elecciones en general es impropio, teniendo a la vista resultados muy disímiles en distintas provincias. En sesgo general, prevaleció la idea de amurallarse en la identidad propia y presentar candidatos “del palo”. Con los guarismos a la vista es patente que muchos de ellos sumaron poco o nada sólido al piso del kirchnerismo.

Los movimientos internos se ralentan y asordinan, determinados por la licencia de la Presidenta. Pero quienes salieron bien parados se dejan ver, lo que es lógico porque la decisión popular jamás debe ignorarse. Las ambiciones existen y son justas, si se las modula en su medida y armoniosamente. Los gobernadores Sergio Urribarri y Jorge Capitanich y el senador Miguel Pichetto dejaron constancia de que en sus distritos el FpV salió mucho mejor parado que en el promedio nacional.

El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, consignó que los cambios del equipo de gobierno siempre están a mano, lo que no es novedad ni alcanza el rango de un anuncio, pero sí de una señal.

Dos ministros compitieron en sus provincias el domingo pasado: el de Salud, Juan Manzur y el de Agricultura, Norberto Yahuar. El tucumano ambiciona la gobernación de su provincia, su salida está cantada. El chubutense naufragó en las preferencias de su pago, sería infausto que continuara en su cargo después del traspié. Se especula sobre otros ingresos, salidas o ascensos en el Gabinete. Son resorte exclusivo de la Presidenta, nada de lo que se prediga es serio en este intervalo.

Los relevos en el equipo de gobierno, medidas de nuevo cuño, un relanzamiento del oficialismo están disponibles y son necesarios. Reverdecer los laureles dista de ser imposible tanto como de estar garantizado sólo con alusiones a la “década ganada” que hegemonizaron demasiado los discursos de campaña, parcos en alusiones a cómo consolidarla en el próximo bienio.

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Cimientos e interpelaciones: Hace treinta años que se eligen autoridades con regularidad. A las compulsas nacionales se añaden las locales y algunos ejercicios de democracia semidirecta: consultas, referéndums, plebiscitos. En ese carril hay un terreno fértil para avanzar, convocando al soberano en más ocasiones, para decisiones variadas sobre su destino. Un reto para oficialistas, opositores o referentes sociales interesados en enriquecer el sistema político.

El voto popular no sólo designa y remueve legisladores o mandatarios, en buena hora. También sintoniza y detecta el conformismo o la crítica, que interpelan a los protagonistas, amén de ungirlos o de bajarles el copete.

La Corte dictó una sentencia histórica, completando el gran recorrido de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en los poderes del Estado y en la sociedad civil.

Las instituciones dan la base, le cabe a “la política” seguir demarcando los rumbos con una oreja siempre atenta al mensaje de las urnas.

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Imagen: Télam
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