EL PAíS › OPINION

Lo nacional en debate

 Por Edgardo Mocca

Los tiempos del Mundial de Fútbol son tiempos nacionales. Alcanza para comprobarlo con registrar que es muy excepcional, fuera de este foro, encontrarse con los himnos de treinta y dos países, con independencia del éxito deportivo de su desempeño. Las banderas nacionales ocupan en las tribunas el lugar que habitualmente es de las de los clubes. Los grandes adversarios (los partidos clásicos) no enfrentan a vagas tradiciones futbolísticas locales, sino que invocan representaciones nacionales y se remiten a antagonismos frecuentemente nacidos y cultivados fuera de las canchas. Hay quien nos ha asegurado que el fútbol es uno de los últimos proveedores de identidades colectivas en tiempos de la sociedad global, la decadencia de los estados y la muerte de las clases sociales, con la ventaja de que suele ser más pacífico que otras prácticas. En general, ese tipo de dictámenes se pronuncia de modo optimista, o por lo menos conformista, con el paradigma neoliberal que organiza al mundo de las últimas tres décadas.

Tanto como levanta la temperatura nacional, el mundial pone en alerta al mundo liberal, que ve al nacionalismo como a un fantasma macabro que, felizmente perdido en la historia, está al acecho en este tipo de espectáculos. Para muchos comunicadores y políticos, por ejemplo, la intervención pública del presidente uruguayo José Mujica después de la sanción de la FIFA al futbolista Luis Suárez es una muestra de este peligro: se trataría de la tentación política de explotar con fines políticos los sentimientos nacionalistas que el fútbol convoca. Entre nosotros hubo quienes interpretaron la respuesta del Gobierno al fallo en Estados Unidos a favor de los fondos buitre como una reedición del clima nacionalista que acompañó a la guerra de Malvinas, cuyo desenlace coincidió con otro mundial, el de España de 1982. Suelen coincidir en la alarma antinacionalista las voces que vienen del clásico liberalismo conservador y las más novedosas, que están de vuelta de las utopías revolucionarias y tienen más miedo a las regresiones autoritarias que esperanza en cualquier promesa emancipadora.

El nacionalismo se discute entre no- sotros. ¿Significa que estamos regresando en el tiempo a etapas ya superadas, que ignoramos las transformaciones mundiales, renunciamos a la reflexión sobre nuestra propia historia y estamos a contramano de la época mundial? Un camino para ordenar la discusión sería sacarla del mundo de la absoluta abstracción, situarla en la historia y en la época y vincularla con un cierto “balance” de lo que ha ocurrido en el país, en la región y en el mundo, en los últimos años. Está fuera de toda discusión seria que desde 2001 –digamos desde el atentado a las Torres Gemelas y la consecuente reacción guerrera de Estados Unidos– la cuestión nacional ha cambiado de lugar en el debate público. El optimismo globalizador, que hace unos años declaraba en vías de extinción a los estados nacionales y hasta jugaba con pintorescas hipótesis sobre un cercano “estado mundial”, ha perdido visiblemente espacio hasta quedar reducido al estrecho campo de los incondicionales creyentes del neoliberalismo. El nacionalismo ha reaparecido intensamente en estos años bajo diversas y contradictorias formas: el unilateralismo de la guerra antiterrorista en Estados Unidos, el endurecimiento de las condiciones legales para los inmigrantes extranjeros en Europa, el resentimiento en ese mismo continente contra la centralidad alemana en la concepción y en la práctica de la Unión Europea, el desarrollo en América latina de procesos soberanistas frente a la primera potencia mundial, son algunos de los modos de esta reaparición nacionalista.

Como se ve, es un fenómeno complejo, con múltiples aristas, cuya reducción a una supuesta discusión crítica del nacionalismo en general no puede sino llevar a su simplificación. Hay que decir que esta reducción no siempre es desinteresada: la agitación del peligro del “rebrote nacionalista” suele estar asociada a posiciones políticamente conservadoras. Macri, por ejemplo, acaba de dar un ejemplo sobresaliente de este uso de la crítica antinacionalista, cuando dijo que lo que Argentina tenía que hacer era lo que el juez Griesa le dijera que hiciera. El mensaje es inequívoco: “El mundo es así”, enfrentar a los poderosos en nombre del interés nacional es un juego político peligroso, del cual siempre salimos perjudicados. Eso, en nuestro país, gira en torno de un símbolo muy poderoso, la guerra de Malvinas. Fue en gran medida en torno del sentimiento de humillación y fracaso colectivo que significó esa guerra, que el neoliberalismo alcanzó la hegemonía desde la segunda mitad de la década del ’80 del siglo pasado hasta la crisis de 2001. Lo nacional suele presentarse, desde entonces, como demagógico, militarista, autoritario, prepotente y tendencialmente caótico.

A la pregunta sobre por qué existe el nacionalismo, los liberales a la Vargas Llosa contestan que es el fruto de la demagogia de los políticos irresponsables, de una ignorancia interesada respecto de las líneas maestras del progreso humano. Hay que decir que desde cierta izquierda también se lo mira, igual que siempre, como recurso burgués para manipular a las masas. En ambos casos parece haber una verdad esencial y universal que desecha al nacionalismo en nombre de la buena ciencia y del progreso. Sin embargo, parece ser que el nacionalismo tiene una raíz más profunda y duradera; que está en la historia mundial de los últimos cuatro siglos, en la historia del Estado nación y de las desigualdades entre las naciones. Y esa raíz hace fuerte al sentimiento nacional, cuando los pueblos experimentan las dolorosas consecuencias de esas desigualdades. Alcanza con mirar el mapa geopolítico de la distribución de los recursos, de la concentración del poder y la centralización de la fuerza militar para sentirse obligado a tener un poco más de desconfianza en el mundo feliz de la globalización que desborda las fronteras estatales y desparrama progreso por todas partes.

En muchos momentos de la historia, el nacionalismo “realmente existente” ha tenido una relación tensa con la democracia. En algunas circunstancias, esas tensiones derivaron en ruptura total, con la entronización de brutales dictaduras y el despliegue de feroces matanzas. Así fue en Europa, en el período entre las dos grandes guerras del siglo XX y así fue también entre nosotros, cuando la dictadura asociaba las incipientes resistencias democráticas con campañas instrumentadas desde el exterior. Sin embargo, las relaciones entre la cuestión nacional y la democracia pueden ser interpretadas en otros términos en nuestros días. Para decirlo sintéticamente: los estados nacionales y sus sistemas subnacionales son la única sede real del poder democrático en nuestros días. Puede reconocerse el despliegue de avances en la creación de instituciones de “Justicia global”, pero sus límites siguen radicando en las profundas asimetrías entre las naciones, que condicionan la factibilidad de su actuación y la viabilidad de sus decisiones. La soberanía popular reside en el Estado nación y, en consecuencia, el debilitamiento de los estados nacionales erosiona a la democracia. A los estados no los debilita un vago sentimiento cosmopolita, sino el poder de las grandes corporaciones y las relaciones profundamente asimétricas con otros estados. Se vive hoy en buena parte del mundo la sensación de que el poder real no está en los gobiernos que los pueblos eligen en cada país, sino en las oficinas de grandes grupos financieros, organismos internacionales de crédito, poderes supranacionales ejercidos de hecho por tecnoburocracias subordinadas a esos mismos grupos económicos concentrados y grandes potencias estatales para las que solamente rigen las normas internacionales que no afectan sus intereses. Eso está en la base del descontento político, como lo ha demostrado palmariamente la última elección de parlamentarios de la Unión Europea en los que el pacto liberal y “posnacional” que une a socialdemócratas y conservadores sufrió duros traspiés en varios países, incluyendo algunos de los más influyentes.

El episodio del conflicto con los fondos buitre es altamente ilustrativo. Asistimos a una operación político-cultural en gran escala, cuyo norte es la condena como nacionalismo demagógico a cualquier manifestación de defensa de intereses nacionales. El condimento principal del guiso antinacional es el supuesto pragmatismo que consiste en aceptar el mundo como es y conseguir el buen trato de los poderosos sobre la base de la moderación, el respeto y la buena educación. Hay un gran emprendimiento ético en la derecha argentina; su voz clave es “las deudas hay que pagarlas”. Notable admonición en los mismos grupos –y en muchos casos las mismas personas– que protagonizaron la saga del derrumbe nacional que tuvo en el gigantesco ensanchamiento de esa deuda su motor fundamental. La obligación ética que propone la derecha mediático-política se sostiene en el mito de la igualdad de las partes y en el borramiento de la historia de dependencias internacionales y sometimiento local que encierra la cuestión de la deuda. Se dice que el Estado argentino “aceptó” la supremacía jurídica de los tribunales norteamericanos, como si frente a la necesidad de afrontar el default más imponente de la modernidad hubiéramos tenido alguna otra alternativa. Como si ese default, además, no fuera la forma de un formidable saqueo financiero de alcance global.

Afirmar la independencia nacional es hoy el único camino democrático posible. No se logra en abstracto ni agitando consignas irresponsables, sino haciendo política, profundizando la integración regional, reforzando las alianzas en el plano internacional y aprovechando contradicciones ajenas. La principal de esas contradicciones es la que se insinúa entre la voracidad del capital financiero internacional y las clases políticas locales, incluidas las de los países más poderosos, que tienen la ardua tarea de articular la continuidad del modo de dominación con la gobernabilidad política.

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