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De la protesta a las compras comunitarias

Las asambleas barriales están pasando a una nueva etapa de organización, con comités que buscan mejores precios y arman redes de distribución que incluyen a los comerciantes.

 Por Irina Hauser

Anastasia pasó toda la semana entrando y saliendo de negocios mayoristas del barrio de Caballito. Aprovechó el arte de la amabilidad que cultivó en sus años de recepcionista y secretaria bilingüe para dialogar con los comerciantes, y usó la habilidad para los cálculos que tanto ejercitó como facturista y empleada administrativa para lograr los mejores precios. “Tengo 50 años, tres hijos, estoy desocupada y me cansé de ver pasar las cosas y no intervenir”, comenta a Página/12, con la satisfacción de haber conseguido la primera canasta de frutas y verduras económica para los integrantes de la asamblea de Parque Rivadavia. La idea de hacer compras comunitarias surgió casi simultáneamente en distintas asambleas y ya se puso en práctica en varios barrios. Algunos caceroleros buscan conseguir costos más bajos y van al Mercado Central. Otros protegen los comercios de su zona y negocian con ellos. Y hay quienes creen que la compra solidaria es una buena forma de sumar gente a la reunión semanal de vecinos.
“Una bolsa de papas de 52 kilos que un mayorista nos ofrece a 10 pesos y una de 23 kilos de tomates a 7 pesos son datos que de por sí nos alivian bastante el panorama”, dice Anastasia. La compra conjunta tiene otros beneficios: “Genera un movimiento de gente, aumenta la participación en la asamblea, hay más comunicación, hay más solidaridad y nos conocemos más entre los vecinos”, asegura. Anastasia averiguó sólo sobre frutas y verduras, en los próximos días ampliará el estudio de mercado a otros rubros. “Todos tenemos necesidad de bajar los gastos, por eso esta iniciativa”, añade. “Pero nada se logra de la noche a la mañana, se necesita un lugar donde pesar los productos y repartirlos. La balanza no es problema, usaremos una de baño”, explica.
Las asambleas que recién empiezan a incursionar en prácticas cooperativas a menudo piden consejo –y socorro– a otras con más experiencia en el tema. Anastasia contactó a la asamblea Gastón Rivas –otra de las de Caballito, que lleva el nombre de un motoquero víctima de la masacre del 20 de diciembre– que accedió a compartir un espacio de la biblioteca pública de Rojas al 800 para guardar los productos durante medio día. El reparto lo harán en la plaza que está enfrente, “y de paso nos hacemos propaganda”, dice la mujer, que este lunes en la reunión de asambleístas invitará a todos a que se anoten para una primera canasta.
La comisión de economía solidaria de la asamblea Gastón Rivas –que se reúne en Neuquén y Honorio Pueyrredón– comenzó a trabajar hace casi dos meses con una premisa: “No queremos saltear ni afectar al pequeño comerciante del barrio”, señala María Ana González, 25 años, estudiante de Ciencias de la Educación, y encargada de juntar el dinero para las compras. “Antes de decidir a quién comprarle, hicimos un relevamiento de comercios para ver quiénes habían aumentado sus precios. Optamos por quienes no los habían subido por solidaridad y que abarataban los costos en caso de una venta grande.” Con una carnicería acordaron que con un vale especial los caceroleros pueden ir a retirar mercadería y armaron por dos pesos una bolsa de arroz, huevos, azúcar, sal y polenta que fue retirada por 25 de las 50 familias que concurren a la asamblea.
En medio de las largas discusiones propias de toda asamblea, la propuesta de las compras comunitarias fue de las que menos debate despertó. El mayor desafío fue el de lograr una buena organización y conseguir precios convenientes.
Los vecinos del Cid Campeador, por ejemplo, apoyaron la moción en su segunda asamblea. La comisión de asuntos comunitarios se encargó del resto. “El fin de semana van cuatro o cinco vecinos con una camioneta al Mercado Central, traen la mercadería y el reparto se hace en el Club Sportivo Buenos Aires. El último domingo se hizo la compra para unas 20 familias. Trajeron 15 kilos de frutas y verduras por sólo cinco pesos cada una”, cuenta Octavio, una analista de sistema que usa la barba al ras.”Otro proyecto que estamos analizando es proponerles a los comerciantes cercanos un día de precios preferenciales”, anuncia. Los caceroleros de San Telmo también están buscándole una vuelta a la cuestión. En principio consiguieron, a través de una parroquia de la zona, bolsones de 6 kilos de verdura y uno de fruta a 2,50 pesos.
“Queremos decirles que este sábado (por ayer) vamos a lanzar la prueba piloto de una compra colectiva, así que está abierta la lista para los que quieran sumarse”, anunció Susana, pelo negro hasta el hombro, remera blanca ajustada y cadenita dorada. Las últimas palabras apenas se escucharon, porque los vecinos de Palermo Viejo, reunidos en Humboldt y Costa Rica, frente a un pituco restaurante, rompieron en un aplauso. El acuerdo para obtener una canasta de frutas y verduras baratas se hizo con un verdulero de Santa Fe y Arévalo que lleva todo a domicilio. Tendrá papas, manzanas, naranjas, tomates, bananas, lechuga, cebolla, calabaza, entre otras cosas. Cuesta 9,50 para cuatro personas y 5,50 para dos. El costo se pactó en función de que había 20 familias interesadas.
“La idea de conseguir una canasta barata es para nosotros una medida de protección frente a la remarcación de precios, pero también es una postura de resistencia frente a la concentración económica”, dice Verónica, una psicóloga de 34 años. “No queremos ir a comprar al Mercado Central porque uno de nuestros objetivos es fortalecer el barrio, del que los comerciantes forman parte –dice–. El compromiso entre nosotros es un objetivo de la asamblea. Frente a la fragmentación que propone el Gobierno, nosotros planteamos algo inverso: recrear los lazos.”

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Las asambleas se pasan la experiencia de organizar redes de compra y de distribución de alimentos.
 
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