EL PAíS › OPINIóN

Un relato amarillo

 Por Eduardo Aliverti

La semana pasada se superpusieron tres noticias, entre las más destacadas, con un mismo y muy significativo hilo conductor. Se trata del marketing mediático y los recursos para negociar al paso, a pura circunstancia, como tácticas que el Gobierno considera determinantes para mantener su imagen positiva. ¿Esas tácticas están contenidas en una estrategia o son la única estrategia existente?

Debe comenzarse a la fuerza por el hecho más asombroso de todos, que fue la propuesta del ministro de Educación en la paritaria nacional docente. El 40 por ciento de aumento ofrecido por Esteban Bullrich, en apenas dos cuotas que contemplaban llevar el salario mínimo a 8500 pesos desde el 1º de julio, casi deja estupefactos a los propios dirigentes gremiales del sector. Y mucho más cuando se venía, y aún se está, en el paupérrimo ofrecimiento de Ciudad y de la provincia de Buenos Aires, para no hablar de la moderación que con Mauricio Macri a la cabeza se exige a los reclamos sindicales. No podría pensarse –seriamente– que Bullrich lanzó esa propuesta sin el aval de Economía y del propio Macri; pero lo cierto, y nada menos que cuando el ala política del Gobierno viene tejiendo relaciones de compraventa con jefes provinciales para articular aprobaciones parlamentarias, es que la oferta desató un vendaval de preocupación entre los gobernadores. Si es que no se termina de entender de una vez por todas: por fuera de las remesas que pueda enviar Nación a través del fondo respectivo de Incentivo Docente, que no remunera ni bonifica, y en algunos distritos del Fondo de Compensación Salarial, el sueldo docente lo pagan enteramente las provincias porque, menemato mediante, lo más real que virtual es que Argentina tiene un Ministerio de Educación sin escuelas y, ya que estamos, uno de Salud sin hospitales. Eso y no otra cosa significa que a la paritaria “nacional” docente se la defina meramente como un convenio “testigo”, cuyo solo efecto –para el caso, nada más y nada menos– es fijar el piso o aproximación a que el gobierno nacional induce en los aumentos salariales de un sector que no controla. Acaba de ser el ministro de Educación cordobés, Walter Grahovac, quien lo recordó con todas las letras desde un distrito que no es precisamente opuesto al perfil de Casa Rosada: “Esta es una paritaria sin sueldo porque Nación acuerda pero no paga; las que pagan son las provincias”. Algunas fuentes gremiales, no desmentidas, señalaron que Bullrich, en reunión privada, admitió el callejón sin salida en que se metió ¿solo?, porque ahora, si quiere(n) dar marcha atrás, para temprano es tarde. ¿Cómo hace(n) para retroceder desde lo admitido cual reconocimiento inflacionario, a nivel nacional, frente a un escenario que, como el docente, es de los popularmente más sensibles? ¿O cómo zafan de ese costo político? ¿No lo pensaron mínimamente? ¿Sólo es cuestión de impactar en el día a día para mantener fijación de agenda, impacto coyuntural, como si decisiones o actitudes de esta naturaleza fueran emparentables con el humo de funcionarios en la cola del supermercado, los encuentros de gabinete al aire libre o los vuelos en clase turista?

El breve pero muy suculento artículo de Marcelo Justo, en Página/12 del viernes, bajo un título de esos que convocan a la lectura de inmediato (“El Holograma Macrista”), es uno de los que mejor resumió, conceptualmente, la sorpresa de propios y ajenos por el ofrecimiento salarial engañapichanga. “El objetivo de comenzar las clases a tiempo es una de las postales con que el macrismo quiere enmarcar su primer año de gobierno. Si finalmente hay acuerdo, las pantallas llenas de guardapolvos blancos y los editoriales republicanos, celebrando el regreso de un ‘país normal’, sostendrán una dicotomía favorita del macrismo: ‘caos-locura-irracionalidad K’ versus ‘previsibilidad, normalidad, racionalidad M’. Si bien la noción de normalidad está asociada a la de estabilidad y equilibrio, algo arrasado en los dos últimos meses con la disparada de los precios, las tarifas y la suba del dólar, con el inigualable concurso de los medios se buscará crear este nuevo holograma. (...) En medio del primer empantanamiento serio –mucho más por la inflación y los cortes de luz, que afectan al conjunto de la sociedad, que por hechos más puntuales como despidos o arrestos– el Gobierno busca un respiro echando mano a una estrategia que fue muy efectiva desde la oposición. El problema es que hoy, aun con huracán mediático a favor, el macrismo es gobierno. El holograma cubrirá la realidad con una imagen de aparente plenitud (los niños felices en aulas y patios, la sonrisa de padres aliviados) a cambio de dejar a descubierto planes en otras áreas (paritarias, inflación) para las que tendrá que buscar cuanto antes un nuevo holograma”. Si, como agrega el colega, el deslizamiento de holograma en holograma tuviera éxito, estaríamos ante una nueva etapa del homo sapiens, porque de haber mutado al homo videns se pasaría a una etapa superior de este último, que busca clausurar la realidad misma. “En vez de desempleo o hambre, pobreza cero, globito y baile.”

Artimañas de ese tipo, por mejor inteligencia comunicacional de que se disponga y por más expectativas favorables o esperanzadas que tenga o desee tener un grueso de la población, podrán servir para ganar una elección pero es imposible que se sostengan por sí solas en gestión de gobierno. O al menos son desconocidas las concreciones de tal cosa. Aunque todavía no se observe, la derecha está comiéndose poco a poco el crédito que acompaña a cualquier oficialismo en sus primeros tiempos y el “caso docente” es símbolo de un grado de improvisación cotidiano, con voceros múltiples descoordinados, que parece ajustarse a mandobles de campaña efectista y no de programas de fondo técnicamente aguantables. ¿Cuál es el plan antiinflacionario, por ejemplo? Se lo preguntan ya los voceros periodísticos del macrismo, algunos en forma directa. Está claro o se deduce que la recesión, naturalmente. Pero no pueden explicar eso. Y entonces caen en un papelón como el del Indec, que en un sentido es peor que los falseamientos kirchneristas en el área porque desplazan a la directora del organismo confesando, de manera abierta, que no puede esperarse a formular un índice de precios serio. Debe sacarse rápido alguno y a como sea, para influir en las paritarias. Pero a la vez el apuro también rige para “atestiguar” con los docentes un 40 por ciento de incremento, del que deben arrepentirse a las pocas horas; y, como si fuera poco, habían dicho que mientras rigiera el apagón estadístico era mejor regirse por el índice porteño, que por internas del macrismo del distrito terminó dando más alto que otro de los escogidos, el de San Luis, y que el invento del marcador del Congreso que en campaña les servía para acusar la inflación real.

En misma línea, y con la pompa y circunstancia que tanto le cuestionaron a Cristina por sus anuncios en Casa Rosada, rodeada de tropa adicta, Macri presentó el nuevo mínimo no imponible de Ganancias. Sin cambios en la actualización de las escalas ni activación del ajuste automático, urgido también en esto para gesticular frente a las paritarias, Macri presentó unas modificaciones que en la mejor de las miradas alcanzan con suerte al diez por ciento de los asalariados, sin contar los exentos que ahora pasan a pagar, los autónomos que a igual ingreso que un trabajador en relación de dependencia pagarán varias veces más y las provincias que, como la AFIP recaudará menos, recibirán menos fondos coparticipables todavía. Milagro del huracán mediático macrista, prensa oficial y de la siempre “corpo” tituló con un desparpajo extraordinario, como si fuese un aumento masivo, que hay mejoras del 22 por ciento en los salarios. Nobleza obliga, también los propios especialistas económicos de esos medios advirtieron en sus artículos que el anuncio está lleno de interrogantes y que las mejoras quedarán licuadas por la inflación. Pero eso es en títulos y párrafos más remotos que principales. Los gordos cegetistas que fueron a Casa Rosada, sólo ansiosos por la devolución de fondos a sus obras sociales aunque tampoco aguardaban que Macri hiciera público semejante guiño aún no concretado, emergieron con cara de haber esperado más. Lo cual lleva a esa recurrente pregunta de cuán efectivos son los cartuchos que está gastándose el macrismo. Pasa otro tanto, sin que tampoco se advierta su inviabilidad por ahora, con el plan antipiquetes que anunció otro ministro Bullrich, Patricia, con el plus de que se les dará a los manifestantes “cinco o diez minutos para que por favor se retiren por las buenas (...) y si no, los sacamos”. Música para los oídos de, a no dudarlo, una gran mayoría de argentinos o habitantes de la zona metropolitana de Buenos Aires, hartos de los cortes de calles y accesos y nutridos por el discurso de los vagos que sólo quieren trabajar a costa de planes y choripanes. Vale preguntarles a la ministra y a su superior si creen de veras que el conflicto social inherente a cualquier sistema se arregla, o alguien lo arregló, a fuerza de camiones hidrantes, balas de goma siendo optimistas y presos emblemáticos por portación de piel.

Aferrado a que la buenísima voluntad con los buitres le granjee el favor de un juez municipal neoyorquino, la derogación de leyes internas y con ello una tormenta de inversiones; a que los amigos no le contesten al corazón de clase con el bolsillo; a que los gobernadores, los intendentes del conurbano bonaerense, los aliados conseguidos y los radicales –o como ahora se llamen– les permitan ganar tiempo; a que dure toda la vida el desamparo K (bien que necesita al kirchnerismo para tener enfrente un demonio a estigmatizar) y ante todo, o casi, a que sus guerreros mediáticos lo sigan siendo, el Gobierno empezó a toparse en estos días con su gran desafío. Mostrar si es una derecha con aptitudes de mediano y largo plazo. O una murga con relato de patas cortas.

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