EL PAíS › PANORAMA POLÍTICO

La carga de Moyano

 Por Luis Bruschtein

Fábricas quebradas con empresarios prósperos fue la marca de los años que pasaron. El jueves, cuando el flamante dirigente de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano, hizo su primera entrada en funciones al polvoriento edificio de Azopardo, una delegación de empleados de la central presentó un reclamo por atrasos salariales. Gremialistas enriquecidos con centrales ruinosas también ha sido un signo de esos años.
Los Gordos no desaparecieron sino que dieron un paso al costado. La lógica que les dio sentido junto al menemismo perdió hegemonía, pero mantiene su presencia en las pugnas por el reparto de poder, por influenciar los procesos de la economía y por incidir en la política y en las expresiones gremiales empresarias que se recuestan en la fuerte presión externa.
La llegada de Moyano implica una lógica diferente que se vincula más a la tradición mayoritaria del gremialismo peronista. Así como los Gordos han sido funcionales a la lógica de las privatizaciones y la desindustrialización, esa otra tradición mayoritaria del gremialismo peronista ha sido la más adaptable a procesos de desarrollo del mercado interno y la producción, donde necesariamente el trabajo tiende a recuperar parte de su valor. El planteo de la reivindicación y del conflicto en términos progresivos y no absolutos, y finalmente la negociación, han sido las herramientas de este sector del gremialismo que entiende su supervivencia a partir de obtener logros para sus afiliados. Pese a la fama salvaje que le ha conferido la prensa, desde el punto de vista gremial han sido siempre más inclinados a la conciliación que a la frontalidad, en la medida en que obtengan algún resultado en la negociación.
Los Gordos expresaron una época de achicamiento de los gremios y pérdida de su gravitación en la política. Moyano expresa una dinámica de crecimiento gremial y acumulación para aumentar su proyección política desde una visión con sesgos corporativos. En ese sentido, para ellos el poder del gremialismo no se delega, sino que disputa espacios políticos propios y crecientes.
No va a ser más de lo mismo. El problema es que al mismo tiempo Moyano expresa una tradición pre Gordos. O sea, los Gordos, que fueron la expresión gremial del neoliberalismo, también tuvieron su origen en esa historia, al igual que Carlos Menem en el plano político. Ellos fueron la evolución del peronismo al neoliberalismo, fue la evolución más marcada que hizo el peronismo en los últimos veinte años, no hubo otra línea marcada de modernización o incorporación de nuevas realidades a sus concepciones. Y el peronismo, para ser igual a su origen reformador, tiene que ser distinto. Tiene que cambiar. En ese sentido, la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) tuvo más sintonía con las nuevas realidades. Pero para hacerlo tuvo que desgajarse del viejo aparato.
De todos modos, Moyano asume en una CGT debilitada, achicada al máximo en cantidad de afiliados y en peso social y político, prácticamente convertida en algo más que un sello. La misma sede de Azopardo, vacía por abandono y ruinosa, cuando los sindicatos de muchos de los Gordos son ahora más ricos que antes porque son socios en las privatizadas, es una expresión física del estado de decadencia profunda.
Será titular de una central obrera en un país donde suman más los desocupados y los trabajadores en negro que aquellos que están en condiciones de afiliarse a un sindicato. Un país donde el gremialismo está desprestigiado, no solamente entre los sectores medios y altos, sino también entre los propios trabajadores. En el mundo del trabajo, el lugar del delegado o del dirigente gremial no está visto, como en otros tiempos, como un lugar de prestigio y de compromiso, sino como una carrera casi profesional. Un país donde la lucha por el salario y mejores condiciones laborales está condicionada por el alto grado de desocupación. Y un escenario donde el protagonismo pasó de los trabajadores organizados a los desocupados organizados en el movimiento piquetero, que no tienen casi ninguna afinidad con las corrientes expresadas en la CGT.
Cuando asumió, Moyano dijo dos frases: “Vamos a recuperar el espacio importante que perdió el movimiento obrero” y “el movimiento obrero organizado es irreemplazable”. Están en esa lógica del planteo reivindicativo a través del cual existe y crece una organización gremial. Y por lo tanto está anunciando una época de conflictos que ya comenzó a despuntarse con los reclamos de los empleados estatales, por ahora más centrados en la CTA, pero que en algún momento debían instalarse también en la actividad privada, porque el salario no acompañó los desfasajes provocados en los precios por la devaluación y la inflación, ni la mejora de las empresas a partir de la reactivación.
Lo de irremplazable tiene que ver con que ese proceso de reclamos se gestará tarde o temprano en forma espontánea y caótica o encarrilado en las estructuras gremiales. Desde esa visión les está diciendo al Gobierno y a los empresarios que les conviene tener un interlocutor claro y con reglas de juego previsibles.
En cuanto al movimiento piquetero, resulta inconcebible que en este momento de la Argentina una central obrera no tenga siquiera una relación orgánica con los desocupados, con algún sector de ellos por lo menos. Porque la CGT, a diferencia de la CTA que nuclea a importantes agrupaciones piqueteras, ni siquiera tuvo diálogo con los desocupados. Esa ruptura es una demostración de cómo la política de los Gordos abandonó a su suerte a los miles de trabajadores que fueron expulsados del mercado laboral, inclusive a los de sus propios sindicatos. No los fue a buscar ni trató de contenerlos y organizarlos. La falta de solidaridad y la complicidad con el mecanismo de exclusión fue total.
Para algunos analistas de derecha y de izquierda, la designación de Moyano en la CGT formaría parte de una estrategia para neutralizar la movilización piquetera. La única forma de neutralizar esa movilización es con respuestas y soluciones, pero esos analistas se imaginan marchas de trabajadores enfrentando a marchas de desocupados porque ésa es la imagen que se ganó la CGT. Compartir el escenario con el movimiento piquetero será otro de los desafíos que deberá afrontar.
El otro problema para la concepción política de Moyano es que tiene que jugar en un peronismo que no tiene nada que ver con el de Perón. Más que movimiento es una federación de partidos provinciales más conservadores y neoliberales que populares y reformistas. El menemismo se aprovechó de sus debilidades para darlo vuelta como una media y lo que dejó es esa liga provincial sin doctrina ni proyecto que lo aglutine, donde muchos de sus caudillos perfectamente podrían ser candidatos de una coalición de centroderecha tan o más antiobrera que el menemismo.
Moyano no fue menemista. Sus contactos más aceitados con el ala política del justicialismo fueron el ex presidente Eduardo Duhalde, el puntano Adolfo Rodríguez Saá (a quien apoyó en las presidenciales) y finalmente proclamó su respaldo a Kirchner. Pero el nuevo jefe cegetista es receloso de planteos presidenciales como la transversalidad y otras iniciativas que desde su universo aparecen como heterodoxas. Y al mismo tiempo Kirchner mantiene un diálogo más o menos abierto con la CTA de Víctor De Gennaro pese a los conflictos planteados por los estatales y docentes, lo cual es irritante para la CGT. Es probable también que Moyano entienda mejor la forma de hacer política al viejo estilo de Duhalde. Pero el escenario del Partido Justicialista es tan incierto que antes de arriesgarse en el tembladeral de la interna tendría que fortalecer a una central debilitada y desprestigiada. Ahora no tiene nada que ganar si se mete de lleno en ese terreno y hasta puede quedar embarrado.
Desde la Casa Rosada la designación de Moyano al frente de la CGT es leída con expectativa. Desde su lugar el Gobierno hizo lo posible para debilitar a los Gordos, que no fueron recibidos nunca por Kirchner. La inexistencia de diálogo a nivel presidencial fue un factor decisivo para el corrimientode la conducción gremial porque ésa era su función más importante. Promover la caída de los Gordos desembocaba irremediablemente en la llegada de Moyano, o sea que para el Gobierno no se trata de una noticia inesperada ni mala. Pero tampoco es una pieza fácil.

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