EL PAíS › UNA DURISIMA SEMANA DE ERRORES Y UN ESCENARIO RIESGOSO

Viento Norte

El mundo que recibió el default. La parodia de Entre Ríos, entre torpezas y desvergüenzas. Las idas y vueltas del Gobierno. Un excalibur para Cavallo. El corralito que goteaba ya inunda. Los bonos: manotazo de ahogado a pedido de los banqueros.

 Por Mario Wainfeld

El mundo nunca ha sido para todo el mundo, pero desde el 11 de septiembre de 2001 lo es aún menos. George W. Bush, un presidente nacido con escuálida legitimidad, pegó un salto de calidad y engendró una etapa de feroz ofensiva norteamericana. Halcones ignorantes, a menudo expresando un fascismo preverbal, dominan la Casa Blanca y se expanden por el mundo. La barbarie y la prepotencia imperial son el signo de los tiempos, en Afganistán o Palestina. En una avanzada bélica, comercial y cultural con escasos o nulos precedentes, los norteamericanos hasta patotean a la Iglesia Católica de Roma en Estados Unidos: denuncias, escándalos disimulan apenas que se trata sencillamente de una pelea por la hegemonía.
Un conjunto de funcionarios cortados sobre el molde de Bush –limitados, arrogantes, ignorantes de matices, etnocéntricos– manejan con mano de cowboy el mundo.
América latina siente el azote de esos nuevos tiempos: el Big Brother se inmiscuye a sangre y fuego en Colombia y en Venezuela. Y, tal parece, en Brasil.
Nunca ha de haber buenos tiempos para declarar un default, pero Argentina parece haber “elegido”, entre los malos, el peor.
Otras coincidencias complejizan, si tal cosa aún cabe, la crisis argentina. Las privatizadas de servicios, casi todas de capital europeo, que se llevaron la plata con pala durante añares, padecen las consecuencias de la devaluación y de la consunción del mercado interno. Eso les pasa cuando su posición mundial también se deteriora de modo menos brutal pero no menos ostensible. Varias –taimadas– declaran su default y culpan al gobierno argentino, sin señalar que las pérdidas que sufren en este confín del sur son menos que un diezmo de las que padecen en todo el planeta. Exageran, corren con la vaina, pero están en baja.
Los capitales norteamericanos que perdieron la batalla de las privatizaciones en Argentina, pero no sólo ahí, juntan un puñado de dólares y esperan ir por la revancha, comprando a precios de ganga activos devaluados de empresas quebradas. Como cuervos revoloteando en pos de carroña, en derredor de una presa agonizante, empresarios con un puñado de dólares empiezan a desembarcar. Todavía no hay carteles de venta que digan “todo por dos dólares” pero ya será tiempo.
“El otro día estuve con X y con Y. Ya les hicieron ofertas por sus empresas. Les ofrecieron chaucha y palito. Saben que están muertos”, cuenta un funcionario de Economía. “X” e “Y” son las caras visibles de empresas de primer nivel, conglomerados que han hecho temblar a varios presidentes. Parece que rehusaron, pero –cuenta el hombre de Hacienda– no se ofendieron demasiado ni quemaron ningún puente.
La inminente concentración del sistema financiero tal vez sea apenas la punta de un iceberg de una fenomenal transferencia de activos que hoy valen una ganga y mañana, seguramente, ni eso.
Una billetera ahí, por favor
¿Es posible, se preguntará el lector, que el ministro de Economía resuelva algo tan serio como anunciar un decreto –de muy improbable legalidad– referido a suspensión de acciones judiciales referidas al corralito sin haber logrado el pleno aval del Presidente? Sí, es posible y es una pista acerca de cómo se deciden cuestiones de Estado en el más alto nivel. El Gobierno no pega ni una. No controla ni sus propios anuncios y así le va.
El contexto induce al suicidio. Empleados públicos soliviantados en varias provincias, escándalo –a puro bipartidismo– en Entre Ríos, y las clásicas contramarchas de la cúspide del Gobierno.
El escándalo de Entre Ríos retrata bien las pequeñeces de la coalición política gobernante y también su tamaña impotencia. Peronistas y radicales, se supone que la coalición oficialista de un gobierno de salvación nacional, pujan por mejicanearse el poder en una provincia en crisis (algo así como tratar de robarse una propina en una mesa del “Titanic”). Raúl Alfonsín –mientras crecen el desempleo, las bancarrotas privadas y las provincias no pagan los sueldos– dedica sus afanes a operar sobre esa pelea de enanos. Amén de vergonzosa, la contienda desnuda extrema torpeza: Duhalde no termina de controlar a Jorge Busti, quien no garantiza ni el voto de sus propios diputados, Sergio Montiel no conduce a toda la UCR local, Alfonsín se juega entero y no es oído ni aún por sus correligionarios. En fin, un compañero peronista se da vuelta, en un final que apesta más que a valija a una billetera bien exigua. Un escándalo más en un país curtido. El senador Alfonsín y el diputado Leopoldo Moreau dejan de hacer llamadas de media distancia. La Legislatura de Entre Ríos, a Dios gracias, ya huele igual al Senado nacional.
Todos vs. todos: ganan los de siempre
Entre tanto, miles de recursos de amparo son acogidos por jueces a veces sospechosamente veloces y un puñado de litigantes vuelve a juntarse con sus ahorros. En una solución “a la Argentina 2002”, individualista, solo al alcance de los que se avivaron primero (o encontraron jueces más accesibles) imposible de garantizar para el conjunto.
En la guerra de todos contra todos, aminorada la capacidad de intervención del Estado, prevalecen, qué duda cabe, los más poderosos. Mas, hete aquí que los más poderosos no tienen para nada una propuesta integral, de mediano plazo para la Argentina. El establishment carece de programa y aun de una cartilla, su silencio en los últimos 30 o 40 días es patente. “No hablan porque son muy cobardes y tienen mucho miedo -describe un gobernador peronista– pero, además no se les cae una idea.” La coyuntura los ha superado tanto como a los ciudadanos de a pie. Pero, aun perdidos en la niebla, imponen sus pareceres día a día. Entiendenpoco, se equivocan como todos pero conservan el privilegio de transferir al conjunto los costos de sus errores tácticos.
En enero el Plan Bonex estuvo en carpeta. Por entonces, los principales bancos y el Gobierno coincidieron: nones. A Duhalde lo incordiaba repetir una medida ensayada por Carlos Menem. Pensaba –calentado su oído por el fraseo entonces fluido de José Ignacio de Mendiguren– que la reactivación exportadora estaba al alcance de la mano. No imaginaba la rebelión de la Corte Suprema. Y, creyendo en el análisis de Remes Lenicov, esperaba menos impiedad del Fondo Monetario Internacional (FMI). O sea, se pasó mirando a un rival poco pertinente (Menem) y leyó pésimamente la coyuntura, asesorado por sus dos ministros estrella.
Los bancos tampoco querían el Bonex II y sin duda también erraron, aun desde la estrecha mira de sus intereses. Pero quien tiene el poder consigue que sus errores se carguen a la cuenta de otros. Sencillamente impusieron esa medida a un gobierno desesperado, con los brazos caídos, con los ojos vidriosos, demudada la color, mirando la cotización del dólar y los terroríficos datos del goteo del corralito.
La semana entrante parece destinada a replicar a las más penosas del final del gobierno de la Alianza. El Congreso puesto a discutir contra reloj una ley brutal, improvisada, diseñada a la medida de los intereses de los más poderosos. Un dilema de hierro para legisladores desacreditados: dejar caer al Gobierno si no dictan sus leyes o consagrar injusticias, para colmo seguramente inviables. Todo atado con alambre mientras afuera no hay bancos, ni siquiera banelcos que funcionen, tan gratos a muchos parlamentarios nativos.
Amén de la ley sobre bonos, en el gobierno se maquina una reforma del sistema financiero, incluyendo una reforma de la Carta del Banco Central y la unificación de la banca pública fusionada en un solo Banco Federal. “Si no, nos quedamos sólo con banca privada, para peor extranjera”, justifica un funcionario de primer nivel. Tal vez tenga razón, pero tamaña reforma no puede acometerse en plena excitación, derrochando adrenalina mientras se atienden cincuenta temas más.
“No va a andar”
“El salario ciudadano no va a andar, No se va a poder implementar. No conozco todos los detalles ni los números, pero desdichadamente he llegado a la conclusión de que el Estado argentino no puede organizar un nuevo programa de aplicación nacional, de funcionamiento permanente, en todo el territorio. Tal es su impotencia, su debilidad.” Quien esto expresa es un ex funcionario de dos gobiernos democráticos. No integra el actual, aunque podría. No es especialmente contrera, ni tiene mala onda, ni le gusta creer lo que cree. Pero conoce al Estado y cree lo que cree: no va a andar.
En el Gobierno piensan distinto y el salario de inclusión es el único proyecto que motiva a algunos. A mediados de mayo, aseguran dos ministros a este diario, empezarán a pagarse 150 pesos por mes a 700.000 jefas o jefes de hogar. La inscripción, aseguran, es menos caótica de lo que podría imaginarse. Claro que hay denuncias y problemas. El intendente de un pueblito de Formosa, Palo Santo, inscribe a todos los que lo piden. En otra localidad, de Santiago del Estero, hay más anotados que habitantes. Es que el municipio fue tan generoso que vienen desde otros a anotarse. También se han detectado fraudes que realizan de consuno empresas con sus empleados en negro. Estos declaran ser desocupados, se registran, su patrón lo contrata “blanqueando” la relación y pasa a ahorrarse 150 pesos de la paga.
Pero cerca de Chiche Duhalde y de Alfredo Atanasof creen que esos fraudes, pillerías o demagogias de Pago Chico son detectables o al menos estadísticamente menores. La mayoría de los inscriptos son realmentenecesitados y accederán siquiera a un principio de reconocimiento por parte del Estado.
La implementación definitiva, por lo que se sabe, es un enigma. Los primeros pagos parece serán en efectivo en bancos y municipios. En algunos confines del país eso implica un camioncito llevando bolsas de dinero como la Wells Fargo. Pero algún funcionario imagina que, muy pronto, los futuros beneficiarios que habiten centros urbanos tendrán su tarjeta electrónica de pago. “No va a tener ninguna identificación. Será sencillamente una Visa o Electrón o lo que sea. Nada que identifique, o estigmatice al portador”, propone. “¿Cómo se paga tamaño despliegue en plástico?”, indaga Página/12. “Con una comisión de los comerciantes a los bancos emisores.” “¿Qué pasa si no pueden poner en marcha todo en mayo?”, se preocupa el cronista. “Nos incendian el país –imagina el interlocutor y perdido por perdido deriva al humor negro– si es que la semana que viene no lo incendian los tenedores de bonos.”
La mazmorra de Mingo
“¿Cavallo es un preso político? ¿Por qué lo maltratan? Está en una cárcel de 3 metros cuadrados. Nos interesa saber si el Gobierno hace algo.” Palabra más palabra menos, una docena de funcionarios de primer nivel ha recibido alguna llamada internacional ABC1 desde el Norte.
Un miembro de ala política asegura que Anne Krueger en persona se interesó por el Conde de Monte Cristo, versión criolla. Desde la Rosada les explican que el expediente que motivó la detención de Cavallo tiene años, que durante el anterior gobierno determinó la prisión de un ex presidente, de otro ministro, del ex jefe de Estado mayor. Del otro lado del teléfono las voces no suenan muy convencidas. Cavallo habrá perdido muchas cosas pero desde el Norte lo consideran digno de la “seguridad jurídica”, que así llaman a un sistema que garantice impunidad para algunos aliados. Fueros para banqueros, para ex ministros, para gente de postín, vamos.
Cavallo está en su agenda y ellos en la de Cavallo. Hiperexcitado como en sus buenos tiempos, Mingo hace de goma las pilas de su celular desde su prisión y no mezquina las llamadas de larga distancia. Ahí, a diferencia de lo que ocurre aquí, hay gente dispuesta a escucharlo, gente que cree que no es un mentiroso incorregible, gente que cree que, en el mundo sin Torres Gemelas, le corresponde un sistema judicial hecho a su curiosa medida.
Cielo nublado
“Nunca lo vi tan confundido a Duhalde”, dicen dos de sus primeras espadas y mejor no repetir qué dicen de Remes Lenicov. Un aire de tensión y hasta de derrota se palpó en estos días en la Rosada.
La inestabilidad está inscripta en el ADN del gobierno de Eduardo Duhalde. Pero hay momentos en que esa marca es más ostensible que en otros. Por ejemplo, la semana que pasó y las dos que vienen. ¿Se podrá aprobar el enésimo megapaquete legal en pocos meses? ¿Se podrá contener la furia de los ahorristas? ¿Habrá alguna señal del FMI? ¿Aun si se aprueba la ley Remex no caerán otros bancos? ¿Crecerá la protesta en las provincias?
Nadie es oficialista en este curioso país pero tampoco hay una coalición opositora ni un programa opositor en oferta. La vida cotidiana en Argentina es un abrumador, continuo presente. Cada día es un siglo y nadie puede imaginar cómo será el siglo que viene.
El miércoles Eduardo Duhalde se dio un gustito y fue a ver a Banfield. Su equipo empató con Estudiantes. Banfield va algo mejor de lo que se esperaba al iniciarse la temporada y tal parece que zafa del descenso. Unasituación que ya quisiera para sí el más conspicuo de sus hinchas.

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