EL PAíS › LA CORTE, SEGUN EL GOBIERNO

Más jaquecas que sentencias

 Por Mario Wainfeld

Vista desde la Casa Rosada, la Corte Suprema luce mal. “No queremos un tribunal alineado pero sí uno previsible y eficaz, algo que está muy lejos de lograrse”, dicen casi calcados dos ministros. Los rezongos aluden a la lentitud del tribunal, a la falta de diálogo entre sus integrantes, a la carencia de muñeca política de su presidente, Enrique Petracchi. El avance, inexorable, del juicio político a Antonio Boggiano (que ya generó ruido al interior del oficialismo, entre sus ramas Ejecutiva y Legislativa) empeora aún más la situación.
Vamos por partes. La innegable jerarquía profesional de la actual integración de la Corte no alcanza, explican en Balcarce 50. El tribunal debe ser un cuerpo colegiado que establezca consensos internos y tenga un buen nivel de funcionamiento. No hay tal, se quejan desde el Ejecutivo. Las sentencias se demoran, rezongan. “La referida a la intendencia de San Luis tardó meses y llegó con una disidencia asombrosa de Carmen Argibay”, se encona un funcionario de primer nivel, abogado él.
Las quejas aumentan al mentar los fallos referidos a la constitucionalidad de la pesificación del corralito. “La sentencia Bustos fue desnaturalizada por el voto de Raúl Zaffaroni, que abrió un portón para variadas interpretaciones judiciales. Hay pendiente una decisión sobre pesificación de bonos estatales, hubiera sido un acierto dictarla antes del cierre del canje pero el expediente sigue durmiendo. Y todo indica que pasarán meses hasta que se arme una mayoría”, bufa uno de los ministros. Su interpretación es que en el tribunal prima el individualismo, que hay demasiados “solistas” y no el necesario espíritu de cuerpo. Vistos a la luz de ese prisma, Zaffaroni y Argibay, los dos cortesanos por los que el Gobierno rompió varias lanzas, son los que menos conforman en la Rosada y zonas de influencia.
El Gobierno dice no esperar un tribunal dócil pero sí uno eficaz, que vaya sentando jurisprudencia aceptable para los jueces de menor rango, con cierta velocidad. Pero las causas se acumulan porque, diagnostican, “hay una fruición por el disenso, propia de la cátedra pero no de un poder del Estado”.
El presidente
Por añadidura, el presidente del tribunal se ve enzarzado desde el año pasado en una puja contra el Consejo de la Magistratura y el sindicato del ramo, la Unión de Empleados de Justicia de la Nación (UEJN). Se trata de una disputa presupuestaria en la que tanto la Corte como el Consejo se arrogan la facultad de fijar los sueldos de los empleados. No hay diálogo entre los sectores que se llevan como perro y gato. En Justicia y en Jefatura de Gabinete recusan a todos los intervinientes, pero Petracchi es el más cuestionado. “Se para en una loma, obra con un marcado corporativismo en pro de los magistrados, no acepta siquiera reunirse con las contrapartes.” Para colmo de males, Petracchi viene perdiendo la guerra por goleada.
En parte por ese conflicto, en parte por cuestiones de trato, el presidente del tribunal ha agotado la paciencia de Alberto Fernández. La gota que derramó el vaso cayó hace un par de semanas, cuando el Gobierno y la Corte habían pautado una reunión para hablar de cuestiones presupuestarias. Estaba fijada para el lunes 7 de marzo. El viernes 4 trascendió periodísticamente que Petracchi “había citado” a Fernández. El jefe de Gabinete se enfadó y se lo hizo saber al ministro de Justicia, Horacio Rosatti. Este le transmitió a Petracchi el malestar por el trascendido (que el Gobierno intuye consecuencia de una filtración del propio presidente de la Corte) y el anuncio de que el lunes nadie iría al Palacio de Justicia. Petracchi negó haber tenido que ver con la noticia, la desmintió y el encuentro se realizó la semana pasada, en un tono de arsénico y encaje antiguo.Petracchi es presidente del tribunal hasta bien entrada la primavera de 2005. Falta mucho... Si los políticos no hablan de urnas, menos lo harán los magistrados, siempre cuitados de su recato. En el oscuro cuarto piso de Tribunales nadie dice tener en mente esa elección... pero en su momento dará que hablar.
El quinto automático
El juicio político a Antonio Boggiano, el único sobreviviente de la mayoría automática, ya entró en su etapa final, lo que alarga varios rostros en la Corte. Acaso repensando en el clásico poema de Bertolt Brecht, Augusto Belluscio masculla ante oídos confidentes que teme que la vindicta siga luego con él. Petracchi también ve con malos ojos lo que le parece un exceso desestabilizador de los parlamentarios oficiales. A decir verdad, conspicuos integrantes del gabinete nacional piensan parecido pero asumen que (ya) no pueden hacer nada.
Boggiano, recordemos, buscó diferenciarse de sus congéneres menemistas desde los albores de la administración Kirchner. No hizo declaraciones belicosas, no produjo discusiones internas y fue votando en línea con lo que quería el Ejecutivo. “Mucho más que Zaffaroni”, comenta con sorna un ministro que es abogado y lee con atención los fallos. Apoyado en su prestigio jurídico, Boggiano se ganó cierta tolerancia de parte de Roberto Lavagna, Carlos Zannini y Alberto Fernández. Y llegó a creer que la marejada del juicio político se frenaría justo en la puerta de su público despacho.
Pero el presidente de la Comisión de Juicio Político de Diputados, Ricardo Falú, eligió ser congruente con lo que se venía haciendo y avanzó contra Boggiano. Por un ratito, hubo amagues del Ejecutivo de detener el proceso pero pronto se percataron de que era imposible sin pecar de incongruentes y pagar los consiguientes costos políticos. El jefe del bloque de senadores del PJ, Miguel Pichetto, quien al principio sugirió (en línea con el Gobierno) que el juicio era una imprudencia, pronto optó por callarse. Como viene informando este diario desde diciembre de 2004, a esta altura el bloque de senadores justicialistas asume que no podrá frenar el tren bala institucional que este mismo Gobierno lanzó a las vías.
Pichetto, cuenta un legislador peronista que es su confidente, sabe hace tiempo que “la senadora” (Cristina Fernández de Kirchner) le bajó el pulgar a Boggiano. Y, durante el viaje presidencial a París, escuchó de labios del propio Néstor Kirchner que nada debía ni podía hacerse para salvar al supremo.
El descrédito que azotaría al Gobierno si defendiera a Boggiano es una razón ineludible. Hay otra de sobrado peso. Si el Senado absolviera al acusado, eso podría servir de argumento a Eduardo Moliné O’Connor en los reclamos contra su destitución que sostiene ante tribunales internacionales. Moliné fue condenado por su actuación en el caso Meller, base de la acusación contra Boggiano. Una diferencia abismal de trato entre ambos habilitaría su argumento central, que es haber sido víctima de una persecución política. El Gobierno no se banca servirle ese argumento en bandeja.
Así las cosas, y como también informó ya este diario, Pichetto cumplió la tarea de dialogar mano a mano con Boggiano y sugerirle la conveniencia de una renuncia. “Miguel es un especialista en esa enojosa tarea –bromea un colega de bancada–. No le cuento lo que puteó cuando, tras convencer a Juan José Galeano para que dimitiera, le rechazaron la renuncia.” En esta ocasión, tranquiliza, no sucederá lo mismo.
En declaraciones al diario La Nación, Boggiano hizo saber ayer que no renunciará y que ya designó a sus defensores. En la Rosada y el Congreso, empero, hay gente informada que está dispuesta a apostar una comida a que el hombre dará un paso al costado, quizás el mes que viene.
Entretanto, la Iglesia hace lobby por el supremo, quien tiene buenas relaciones con la jerarquía, en especial con sus sectores más retrógrados. Mientras espera que la Corte se ponga las pilas y termine de constituirse en un poder del Estado funcional y prestigioso, un prominente ministro discurre sobre ese apoyo, para nada invisible, que apuntala a Boggiano. “Quién sabe. Tal vez propongan tirar al mar a varios senadores”, bromea, recuperando un buen humor que no cunde en la Rosada cuando se pispea el sombrío edificio de Talcahuano 550.

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