EL PAíS › UN LIBRO ESCRITO POR CHICOS PRIVADOS DE LA LIBERTAD

Literatura más allá del muro

Los muros que cierran el patio del Instituto Manuel Belgrano están pintados de verde oscuro, salvo algunos pedazos donde el ladrillo quedó a la vista. La pared más alta marca hasta dónde llega la luz amarilla sobre el piso manchado de cemento, porque son las tres de la tarde y todavía hay tiempo para el sol ahí adentro. Sentados, unos setenta adolescentes de 16 a 21 años que están privados de su libertad esperan que empiece la presentación de Poder, el libro que reúne las producciones literarias elaboradas por ellos mismos. Tienen forma de diálogos, cartas y relatos breves: diferentes caminos para apropiarse de lo que vieron en los “talleres de conocimientos” que se desarrollan desde hace tres meses en el instituto.
Estos talleres se hicieron en el marco de “El Poder de la Imaginación”. Se trata de un proyecto educativo que cuenta con el apoyo de la Secretaría de Cultura y es dirigido por Raquel Robles. Ella está al frente de un equipo de docentes que fueron más allá de la formación del profesorado, para llevar puertas adentro los talleres de literatura, historia latinoamericana, filosofía, matemática y biología. Todo ello estuvo hilvanado por la narrativa, y el resultado ya tiene forma de libro.
En la publicación pueden verse las cartas que los jóvenes le escribieron a Juana Azurduy, por ejemplo (“Me parece que estuvo bien lo que hiciste, aunque no sirvió de nada. Porque al final perdiste a tu familia”). Pero también sacaron a los próceres de sus bronces para hacerlos dialogar entre sí. Y se pusieron en la piel de los soldados reclutados para ir a la guerra del Paraguay. O en una bacteria a punto de entrar “al cuerpo de una piba”, resultado de las clases de biología.
“Nuestros estudiantes duermen en celdas, atraviesan rejas y candados para llegar al aula, son traídos por guardias vestidos de negro que calzan borceguíes de media caña”, enmarca Robles en la presentación. Y recuerda que son chicos “que sueñan con comerse un alfajor de chocolate con una leche bien chocolatada”. La alusión es suficiente para que un grupo de adolescentes dé rienda suelta a la gestualidad propia de la vergüenza, mordiéndose los dedos. Más tarde, algunos se apurarán para presentar a los docentes a sus madres, mientras se comen los alfajores que repartieron, ya sin pudores.
Cada uno de los autores es presentado en la publicación mediante una reseña de las cosas que lo identifica, como la música. Pero también está el testimonio del que piensa en una hoja de papel como un medio para contarle a sus hijos “lo que le pasaba”. Si bien los talleres terminan en diciembre, se apuró la edición del libro para darle un plus de motivación a los chicos, porque “fluctúan mucho”, explica Robles a Página/12.
“Logramos quebrar la certeza que ellos tienen de que ‘no les da’, para mostrar que el pasado no es destino. Porque el haber cometido un ilícito –en el caso de que lo hayan cometido, porque no siempre es así– no puede atarse a la identidad”, subraya. Como soñó uno de los chicos participantes cuando el libro era un proyecto: “La gente va a decir así: Mirá vos este pibe, este negro que paraba en la esquina, escribió un libro”.
Informe: Daniela Bordón.

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