EL PAíS › HOMENAJE DEL CLUB DE CULTURA SOCIALISTA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

Mesa para Juan Carlos Portantiero

Con emoción y con ideas, se recordó “al intelectual y al político” fallecido a principios de año. Hubo momentos de humor recordando su personalidad, reconocimientos a su influencia en la docencia y la política y una apreciación del introductor de Gramsci en Argentina.

Que en la actualidad existe una escisión crítica entre la academia y la política es un postulado con el que muchos coinciden. Quizá sea esa la razón por la cual el homenaje a Juan Carlos Portantiero –fallecido a comienzos de año– que le realizó ayer el Club de Cultura Socialista José Aricó en la Biblioteca Nacional fue a sala completa. Es que el sociólogo, quien fue el introductor junto a Aricó del marxista italiano Antonio Gramsci en América latina y luego asesor de Raúl Alfonsín durante su gobierno, representa un modelo para muchos. En la mesa del cierre, que se conformó bajo la consigna “El intelectual y el político”, disertaron Alberto Filippi, director del departamento de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad de Camerino; el embajador chileno Luis Maira, el sociólogo Emilio De Ipola y el propio Alfonsín.

El primero en hablar fue Filippi, quien pensó a Portantiero desde su aporte gramsciano y lo relacionó con el marxista peruano heterodoxo José Carlos Mariátegui y con el fundador del Partido Socialista en Argentina, Juan B. Justo. Reflexionó, como era inevitable, sobre los conceptos de hegemonía, sentido común y bloque histórico, todas creaciones teóricas del italiano.

Maira recordó los tiempos del exilio forzoso en México, donde conoció “al negro” Portantiero, como le decían con cariño. Luego de reconocerle su gran lucidez para abordar el fenómeno peronista (que se manifiesta en el clásico “Estudio sobre los orígenes del peronismo”, que escribió junto a Miguel Murmis), el embajador analizó, como representante del socialismo chileno, los debates sobre los que se giraba en aquellos convulsionados años 70 en los que, por sus modos, el gobierno de Salvador Allende era considerado como “el segundo camino al socialismo”. El golpe de 1973 motivó diversas discusiones y florecieron los partidarios de “la toma del poder por asalto” en detrimento de aquellos que postulaban el avance por la vía electoral.

Así, en los recuerdos de Maira respecto de este debate fundamental que marcó la historia latinoamericana reciente, la postura de Portantiero con respecto a la democracia fue aleccionadora: “El tenía un compromiso inequívoco con la democracia y la entendía como un proceso complejo producto de largas luchas populares de donde podía nacer el germen de la utopía. Por eso, para el Negro, cuestionarla irreflexivamente como hacíamos muchos chilenos es un error grave. El decía siempre que en la segunda sesión de tortura, uno se da cuenta que el hábeas corpus no es algo formal. Creía que la política es una batalla por la imagen del mundo y por eso es que hablaba de hegemonía”.

La democracia fue también el tema que convocó a Alfonsín y que a comienzos de los 80 lo acercó a Portantiero. “Luego de haber advertido que no podía coincidir, aun antes de su fracaso, con el socialismo real, él buscó un camino que sintetizara la libertad con la igualdad, que creo es el que queremos seguir todos. Me sentía y me siento seguramente más angustiado de lo que él estaba, porque creo que el camino hacia la democracia en el sentido estricto es prácticamente imposible de transitar hoy. Porque a nosotros en Latinoamérica nos permiten una república. Es decir, la división de poderes, el diálogo entre las fuerzas políticas, las elecciones periódicas, la libertad de expresión. Nos dan las libertades esenciales, que son las que impiden un Estado o gobierno arbitrario que nos meta presos, nos mate o torture. Pero cuidadito con ir más allá...”, sentenció un Alfonsín de corbata roja.

Desde la lógica de la construcción del sentido en la política, Alfonsín lanzó críticas a los medios de comunicación: “Está ganando terreno lo que Gramsci nos dijo. Las clases dominantes se las iban a ingeniar para que culturalmente tuvieran presencia las ideas que les convienen a ellos en las clases dominadas. Esto es lo que está ocurriendo ahora”.

Si bien hizo hincapié varias veces en que no pretendía hacer de ese foro una tribuna política, algo se le escapó: “Para recomponer a la democracia no basta un partido político. Tenemos que encontrarnos entre muchos que pensamos parecido y buscar consensos básicos. Algunos dicen que es al revés, que tenemos que juntarnos con cualquiera. Yo no estoy en eso, no deseo el fracaso del gobierno, pero soy un firme opositor”, aseguró.

Entre risas, aceptó cierta influencia del pensamiento socialista de quien fuera decano entre 1990 y 1998 de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. “Hace ocho años, cuando tuve un accidente, muchos pedían misa. Pero un cura en Villa Constitución se negó a darla porque dijo que era gramsciano, y eso fue culpa de él”, reconoció. “Debía ser althuseriano”, respondió entre risas el coordinador de la mesa, Emilio De Ipola.

Informe: Diego González.

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Filippi, Maira, De Ipola y Alfonsín en la mesa de debate en que se apreció y recordó al intelectual argentino.
Imagen: Ana D´Angelo
 
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