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Quién es Naomi Klein

Periodista y activista es la definición que la canadiense Naomi Klein da de sí misma, y dibuja esos dos trazos de su identidad con un mismo estilo: la independencia. No pertenece a ninguna organización –al menos no de forma orgánica– y ningún escritorio la espera para cumplir horario. Su trabajo como columnista de The Guardian y The Globe and Mail de Toronto le permiten hacer lo que más le gusta, ir al lugar de los hechos y desde allí registrar las diversas formas de resistencia popular que lentamente, según ella, podrían socavar el poder central de los grandes grupos económicos. O de las grandes marcas, a las que denunció en su libro No Logo, el texto de cabecera de esos grupos a los que los mass media llamaron globalifóbicos aunque ella no crea en la antiglobalización. Ni en su contrario.
Lo que ella delata en su libro es la transformación del imperialismo a través de los modos de producción de las grandes marcas, que hacen su diferencia vendiendo no productos sino estilos de vida, imágenes, prestigio. Una vez impuesta la marca, los objetos se fabrican en cualquier parte, o mejor, en el tercer mundo, con un costo de mano de obra y cargas sociales cercanos a cero. Contra esto la propuesta es el boicot, idea fuerza de quienes, en todo el mundo, realizan acciones directas contra, por ejemplo, McDonald’s.
También reivindica la democracia directa y participativa para confrontar al poder económico en diversos frentes. Esta reivindicación la trajo a Argentina hace quince días para ver sobre el terreno la experiencia de las movilizaciones en piquetes y asambleas barriales. Para entrevistarse, por ejemplo, con Emilio Alí en su encierro. Ella, que confiesa no haber creído en nada durante años, se entusiasma viendo a los vecinos discutir en las esquinas, aunque también percibe la apropiación que pretenden algunas organizaciones políticas estructuradas verticalmente.
Su columna para The Guardian, reproducida aquí, es su primera conclusión sobre la crisis local. En la última frase puede leerse su optimismo, que no llega a creer que de las asambleas se llegue a una nueva organización nacional. “Su principal poder –dice– está en la descentralización”, que es también la marca en el orillo del movimiento mundial que en los últimos años, al menos, logró incomodar seriamente a los representantes de los grandes grupos económicos que llegaron a planear una reunión del G8 en un buque, en el medio del océano. ¿Será en lugar así donde terminarán recluyéndose los representantes del poder en Argentina?

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