EL PAíS › EX INTENDENTE DE QUILMES, EX MINISTRO DE TRABAJO BONAERENSE

Fernández, con Duhalde a todas partes

“Soy inocente y honrado”, declaró una vez, hace ya ocho años, Aníbal Fernández. Por entonces era intendente de Quilmes y había pasado un día prófugo, acusado de malversar fondos. Los hombres de Fernández responsabilizaban a sus rivales en el distrito, la Lipebo de Eduardo Camaño, de ser los verdaderos ideólogos de la denuncia que le había hecho una concejala del Frente Grande. Pasaron los años, Fernández y Camaño fueron –codo a codo– dos de los principales operadores del arribo de Eduardo Duhalde a la Presidencia mientras que con la concejala, María Alburúa, “hoy somos amigos”, asegura el flamante ministro. Poco reoncoroso, entonces, entre aquella causa de la que luego fue sobreseído y el ascenso de ayer hay una constante en la carrera de Aníbal Fernández: la estrecha relación con Duhalde, que no se cortó ni en los peores momentos.
Asegura que no fuma, ni bebe, no se droga, ni come alimentos con alto contenido graso. El escape de lo cotidiano de Fernández pasa por otro lado. Por ejemplo, si tiene un sábado libre se junta con un amigo a tocar baladas de rock en su guitarra. Gracias a su hijo conoció a Los Redonditos de Ricota y a La Renga y se hizo fanático. “Un recital de Los Redondos es una experiencia mágica”, dice, una curiosa definición para un ministro. Tiene grabadas muchas canciones de rock en formato mp3 en su laptop Sony con la que va a todas partes y se cuelga hasta tarde en Internet.
Y no es todo. También le gusta recitar párrafos enteros del Martín Fierro y escribe versos en rima gauchesca. Pero el relato de sus hobbies quedaría incompleto si no se menciona a los bonsai que cultiva con primor, una pasión que comparte con estadistas como el español Felipe González o del autóctono Fernando de la Rúa. “Trabajar con las plantas es un orgasmo”, sostiene Fernández, 45 años, casado, un hijo, ex jugador de hockey, ex presidente del Club Quilmes.
Pero antes de todo está la política. Arrancó en el ‘83 como asesor en el Concejo Deliberante de Quilmes, fue secretario administrativo de la Cámara de Senadores bonaerense y llegó a la intendencia de Quilmes en el ‘91, defendiendo los colores de la duhaldista Liga Federal. Su jefe directo era el diputado Angel Abasto, quien respondía a Alberto Pierri. Por entonces, Fernández lucía un poco más delgado y menos canoso que hoy, pero ya se había dejado su tupido bigote lo que le daba un aire a esos bañistas de principio de siglo de los daguerrotipos. “El bigote me permite ofrecer una imagen de aplomo”, se justificó en un reportaje.
Su gestión se hizo conocida a nivel nacional en el ‘94. La concejala lo denunció porque contrató un estudio de abogados por 15 mil pesos mensuales para que lleven adelante un pleito con Aguas Argentinas. En la denuncia se recordaba que un abogado municipal cobraba 320 pesos y que ya se llevaban gastados 180 mil pesos con el estudio privado. La causa cayó en manos del juez Ariel González Elicabe, de familia radical, que lo procesó por abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario. Para que no lo detuvieran, Fernández se escondió en la casa de un amigo. Luego, la Cámara de Apelaciones apartó al juez y un año más tarde Fernández fue sobreseído. Hoy tiene ese fallo enmarcado en su despacho como si fuera un diploma.
En las malas Duhalde no lo abandonó. Llevó al ex presidente Carlos Menem a Quilmes para inaugurar una escuela y los dos respaldaron a Fernández porque “no nos pueden decir nada contra nuestra honestidad”. La confianza fue ratificada cuando se convirtió en ministro de Trabajo de la gobernación de Carlos Ruckauf. Bajo su responsabilidad quedó el reparto de 100 mil planes Trabajar y allí, dicen, consiguió armar una buena relación con gremialistas y dirigentes piqueteros como Luis D’Elía. Mientras el país se incendiaba, el 19 de diciembre pasado, el ministro Fernández cumplía un rito personal: daba su última materia para recibirse de abogado, título que agregó al que ya tenía de contador público.
De la provincia saltó a la Nación al puesto de secretario general de la Presidencia, un lugar de atribuciones difusas que adquiere las características de su ocupante. Con Fernández, se transformó en virtual vocería y centro neurálgico de la defensa irrestricta de la gestión Duhalde. De ahí la nueva y sorpresiva promoción que recibió ayer.

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