EL PAíS › LA ARMADA DE ROJAS A MASSERA

Valiente muchachada

 Por Susana Viau

Isaac Francisco Rojas definió a su fuerza como “republicana” y, a diferencia del Ejército, libre del pecado de cacicazgo. En efecto, la Marina –se decía– era republicana, propensa a la masonería y liberal. Aquel republicanismo declarado no le había impedido, sin embargo, desarrollar una fanática admiración por la armada británica que se expresó durante largo tiempo en la portación de luto por la muerte del almirante Nelson, y la ausencia de jefes con vocación de líderes políticos fue un ciclo que iba a cerrar un ambicioso y plebeyo oficial de inteligencia.
Claudio Uriarte, autor de El Almirante Cero –tal vez la mejor biografía escrita en años recientes–, recuerda que los grupos de choque de la reaccionaria Liga Patriótica contaron con la entusiasta colaboración del almirante Domecq García y por algo la Armada recuperó esa figura para bautizar con su nombre un astillero. Tampoco es demasiado cierto que la Marina haya debutado en el intervencionismo en el ocaso del gobierno de Perón: el almirante Vernengo Lima encabezó una convocatoria opositora y temprana en 1945 y el propio Rojas admitió que aquel 17 de octubre, en la puerta de la Casa Rosada, dio orden de reprimir sin disparar, al menos allí dentro. Los soldados pusieron rodilla en tierra, dieron vuelta los fusiles, revolearon las culatas “y comenzaron a sacudirles las cabezas a los revoltosos. Sonaban las cabezas que parecían mates”. El relato, que se pretende gracioso, destilaba fruición.
Eran los preparativos. La gran presentación debió esperar al 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval sobrevoló la Plaza de Mayo y bombardeó a la desprevenida población civil. Fue nada más que una asonada. Los pilotos erraron el blanco y se refugiaron en Montevideo. La única baja de la valiente muchachada fue la del almirante Gargiulo, que optó por suicidarse, nunca se sabrá si por el fracaso o por la carnicería de la plaza. De todos modos, fue un gesto. Después, en plan de despliegue, la flota al mando del almirante bloqueó el puerto y aterrorizó a los habitantes del bajo amenazando con cañonear Buenos Aires. Al final, se sabe, pasó lo que pasó y la marina asumió la vicepresidencia del gobierno golpista. Rojas fue el encargado de hacer ejecutar la orden de fusilamiento de los resistentes.
Con la Revolución Argentina, la gente de mar asumió sus responsabilidades en un discreto segundo plano: el almirante Pedro Gnavi la representaba en el triunvirato y la fuerza parecía cumplir de buen grado el rol de comparsa de las ambiciones militares. Los fusilamientos de la base Almirante Zar, en Trelew, mostraron que, en todo caso, los azules tenían poder de daño. El brazo ejecutor del asesinato masivo había sido el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa; su encubridor, el contraalmirante Hermes Quijada. A Quijada lo mató, en represalia, un comando guerrillero y Sosa se perdió en el vasto mundo, muchos sostienen que en un exilio tranquilo en Sudáfrica. Con los años, los detenidos de la ESMA creyeron verlo por allí, de visita, para constatar que toda obra humana es perfectible. La apoteosis del protagonismo naval iba llegar por medio de un oficial de inteligencia que venía a dar por tierra con todas las tradiciones: peronista y con una inocultable ambición política. Alguna de sus supuestas amantes relata que el virus se lo inoculó el propio general, a quien visitaba en Puerta de Hierro, ofreciéndole convertirse en su heredero. “Usted se equivocó de arma”, dice ella que Perón le habría dicho. En todo caso, si así fue, Emilio Massera desperdició la oportunidad. Prefirió esperar pero la ocasión no volvió a repetirse. El Partido para la Democracia Social fue una caricatura de partido, su poder no coaguló en la Casa Rosada sino en la ESMA, jamás accedió a la presidencia y como compensación alcanzó, a los 44 años, el título de almirante más joven. No era un triunfo, era apenas un record.

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