EL PAíS

Un paseo por la ciudad sin vallas

Los marplatenses salieron a recorrer la zona a la que sólo habían tenido acceso unos pocos. Los debates en las esquinas.

 Por Carlos Rodríguez
Desde Mar del Plata

Analía (58) nunca sale de su casa, en Belgrano al 2500 de Mar del Plata, sin cargar bajo el brazo a David, su caniche. José Luis (62), el esposo de Analía, jamás pasea sin la pipa encendida. Ella siempre va adelante, abriendo el paso. El la sigue a dos metros de distancia. El diálogo entre ambos es en voz bien alta, pero con una amabilidad que emociona. La pareja, y el perro, son los primeros que rompen el cerco de la calle Falucho. Caminan por Sarmiento, hacia el mar, como descubriendo el Nuevo Mundo. En la noche del sábado, muchos marplatenses sintieron que estaban recuperando su ciudad y se volcaron a las calles, para volver a transitar las 250 manzanas que habían quedado valladas por las razones de seguridad impuestas por la Cumbre de las Américas. “Cariño, acá no rompieron nada, pero tampoco han dejado nada para recordar que hubo una cumbre”, dice Analía y su marido parece no escucharla. Algunos segundos después, él responde: “La van a recordar porque Bush se fue con el rabo entre las piernas”. Un rato más tarde, en un tono más escéptico, agrega: “Pero ya volverá con la razón de las cañoneras”.
Ayer, centenares de marplatenses recorrieron el sector vedado, al que sólo tenían acceso funcionarios, periodistas acreditados y el 10 por ciento de los 600 mil habitantes de la ciudad, aquellos que residen en el área restringida. En el Boulevard Marítimo, de cara al hotel Hermitage, la concentración vecinal toma el aspecto de una reunión de consorcio para aprobar memoria y balance. La discusión central es el ALCA, con George Bush y Hugo Chávez en las dos puntas del camino. “Chávez me da como miedo, me hace acordar al peor Perón, aunque entiendo que Bush tampoco es la salida”; “el abrazo entre Chávez y Maradona fue muy bizarro”; “no vamos a sacarnos de encima al imperialismo si seguimos con actitudes bananeras”, “Kirchner estuvo bien, pero ahora hay que esperar que Washington no nos haga chas-chas en la colita”, son algunas de las reflexiones políticas que se escuchan en los corrillos de vecinos.
Laura (45) explica con cierta ingenuidad: “Los temas políticos ya no me interesan. Todo va a seguir igual y, para mí, la cumbre de presidentes es como el festival de cine. Es la oportunidad de sacarles fotos a los famosos”. Confiesa que anduvo deambulando por el Sheraton y por el Hermitage. “Los tengo al presidente Néstor Kirchner y a Cristina. Los agarré cuando bajaron del helicóptero. Ella estaba lindísima.” Laura, cholula sin fines políticos, quería la foto de Bush. “Es el malo, pero hubiera sido bueno tener su foto. Aunque sea para clavarle alfileres.”
Ayer, la estación de trenes era la multinacional de la militancia anti-Bush. Estudiantes de cine, periodistas de medios alternativos, visitantes de todas partes del país, Francia, España, Alemania y Estados Unidos, coparon los vagones de clase única. “El acto en el estadio fue muy impresionante. Chávez no es Fidel Castro, pero estuvo bien, aunque el discurso fue un poco largo. Maradona le aportó un toque de pueblo. Fue bárbaro el abrazo que se dieron con Hebe de Bonafini. Yo me puse a llorar.” Natalia (20), estudiante de periodismo en La Plata, abre grande los ojos para ponerles énfasis a sus palabras. “Maravilloso, un espectáculo muy lindo, pero es una lástima no haber estado en París; salimos a buscar tercer mundo y lo teníamos en nuestra propia casa”, dicen Gérard y Gastón, dos franceses, estudiantes avanzados de cine, que hicieron miles de kilómetros para buscar lo que tenían a la vuelta de la esquina.
El hotel Continental, donde se alojó Chávez, concentró a la brigada antinorteamericana. “Chávez es un Perón mucho más jugado”, aseguró Iván, un joven chileno, con bandera de su país. El trasandino aseguró que Kirchner “estuvo bien en su discurso” y criticó a Ricardo Lagos: “¡Hay que jugarse un poco, pue’!”. Por Colón y por Independencia seguían los lamentos de comerciantes y vecinos por los 70 locales comerciales destrozados durante la marcha de la izquierda. Todos culpaban a “los piqueteros”, aunque fue notorio que los desocupados estuvieron lejos de las vidrieras.

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Los comerciantes se ocuparon de arreglar los negocios después de los destrozos del viernes.
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