EL PAíS › OPINION

La foto marplatense

 Por Eduardo Aliverti

La Cumbre de las Américas, que concentró la gran atención de los medios, deparó una sorpresa. Y la Cumbre de los Pueblos, que llegó a ser ninguneada y sólo sobresalió por la presencia y el discurso de Chávez más la yapa maradoniana, fue previsible. Pero resulta que lo imprevisto de la primera fue, en buena medida, consecuencia de la simbología y las efectividades de la segunda.
Se asistió en Mar del Plata a una escenografía impecable de la correlación de fuerzas que se expresa en el continente. Porque los significantes se llaman jefes de Estado, movimientos sociales, declaraciones formales, marchas, estadios, hoteles, besamanos, insultos, custodios, incidentes, negociaciones abiertas, intelectuales, militancia orgánica, lúmpenes, negociaciones secretas. Y cada uno de esos elementos puede ser –o no– rico por sí solo. Pero el significado lo da el modo en que todos esos elementos confluyeron, en la foto marplatense, como foto americana. Gracias a las dos cumbres, no a una sola.
Cuando el presidente venezolano dijo en el estadio que ya estaban las palas para enterrar al ALCA, muchos creyeron que sólo se estaba ante una provocación retórica. Sin embargo, la realidad demostró que, además de marcar la agenda, esa frase resultó corroborada por el frente de hecho conformado por Venezuela, Argentina y Brasil, para impedir que el acuerdo con las gallinas avance según las condiciones impuestas por el zorro. Es nada más que un episodio, está bien, y la historia seguirá –ya lo hace, en rigor– con los acuerdos bilaterales. Pero si se compara esto con el coro de adulones que la iniciativa despertó hace apenas unos años, es un paso muy significativo. Y se lo dio por el entramado de la crisis que atraviesa el discurso neoliberal, la aparición consecuente de intentos alternativos y, cómo no, la potenciación de un sentimiento antinorteamericano que la figura de Bush aceleró más allá de lo que podrían ser los tiempos de maduración natural de los otros elementos.
Uno de los más prestigiosos escritores argentinos, Tomás Eloy Martínez, quien se vuelve a vivir a nuestro país al cabo de muchos años de hacerlo en Estados Unidos, acaba de declarar que “George Bush cambió la cultura (norteamericana) de una manera que quizá sea irreparable. Cualquier prójimo diferente puede ser visto ahora como un enemigo. Me fui de ahí cuando el aire se volvió irrespirable. ¿Por qué me quedaría entonces en un país que está enfermándose a paso veloz y donde ya casi no queda oxígeno?”
La cita de los dichos de Tomás Eloy se nos antoja apropiada para relacionarla con la foto marplatense de estos días. Este cronista no encontró la ciudad sitiada, militarizada, recreadora de las peores imágenes de un estado policial, que pintó la inmensa mayoría de la prensa hasta el punto de generar un estado de cierta paranoia. Sí fue cierto, en cambio, que los mandatarios convocados al encuentro oficial se recluyeron en un ghetto infranqueable que convirtió a la cobertura periodística en una misión casi imposible. Y eso fue así, prioritaria y hasta excluyentemente, por la visita del terrorista más fanático y peligroso de este mundo. El presidente de los Estados Unidos. Esa ausencia de oxígeno, esa enfermedad a paso veloz, esa identificación de cualquier diferente como un enemigo real o potencial, fue el símbolo de lo que se respiró vallas adentro de donde deliberaron los principales referentes institucionales del continente. Fue la custodia del monstruo y de sus amenazas. Y por fuera del muro que lo protegió, todo el resto. Con esa forma de militancia suelta o agrupada; de Chávez firme; de ausencia de credenciales; de Cuba excluida; de aparateadas; de un acto que se contó entre los numéricamente más poderosos de los últimos tiempos; de búsqueda de un consenso antiimperialista que necesita más acción concreta; de forosde debate de todo tipo; de interrogación acerca de cuán verdaderamente progresistas serán capaces de ser los gobiernos de la región que se dicen progresistas, de crisis partidarias, de líderes potentes, de líderes menguados, de líderes inciertos.
Absolutamente nada de lo que ocurrió en Mar del Plata es más fuerte ni más importante que eso. Esa foto de la ciudad tomada, a un lado, por la necesidad de proteger al tipo más aborrecido de la Tierra pero, también, por la exhibición de un poder que está tan lejos de la devaluación definitiva como de la firmeza no cuestionada. La foto mostró su prepotencia y su convicción, pero ya no la capacidad de convencer en forma unánime. Por eso la foto se completó con el registro de un sentimiento y unas líneas de resistencia que todavía carecen de construcción. Chávez dijo que eso ya está engendrado, y que ahora le falta parir. Difícil no darle la razón.

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