EL PAíS › LUISA VALENZUELA

Reflexiones desde la brecha

Sin necesidad de subirnos a medio de transporte alguno, nos acostamos en un país y nos despertamos en otro. Me sucedió el 28 de diciembre, cuando me fui a dormir feliz por los cacerolazos y las manifestaciones pacíficas en Plaza de Mayo y ya sabemos lo que ocurrió esa misma madrugada cuando aparecieron los vándalos. Por eso, en la noche del último jueves no me resultó tan fácil apagar el televisor. Había asistido al cacerolazo en Belgrano, casi festivo, casi carnavalesco, y a medianoche de regreso en casa vi que una multitud se había congregado en la plaza. Me dormí de agotamiento, pero temerosa de saber al día siguiente en qué se habría convertido la carroza del hada pacífica. Ratones y zapallo serían lo de menos. Lo de más: la destrucción y la furia.
Quienes golpean cacerolas y quienes rompen todo no son los mismos. Igual ha llegado el momento de detenerse a pensar un poco. ¿Qué queremos realmente? ¿Rescatar nuestros dineritos acumulados con tanto esfuerzo, o rescatar el país? La lógica dice que lo uno va con lo otro, que a dinero en mano más gasto, más reactivación, etcétera. La lógica no siempre funciona en estos casos. Funciona la energía y la energía tiene eso, se desborda. El dinero es sobre todo energía; la cacerola también se ha convertido ahora en energía. Golpeamos y saltamos para bien y de súbito el mal irrumpe, salido de la nada, o mejor dicho salido de la bronca, de la desesperación. De la impotencia. Ha llegado el momento de tomar conciencia de que no somos impotentes. Lo hemos demostrado derrocando a un presidente y a un títere. Podríamos encauzar este nuevo poder hacia donde más nos conviene, sin destrucción ni amago de estallido social, pero con clara conciencia de que el estallido social espera a la vuelta de la esquina si las cosas no se encarrilan para bien de todos.
Se impone la necesidad de no seguir condenando a bulto. Resulta imprescindible identificar al enemigo, saber dónde está y qué intereses lo mueven. Evitar que toda la fuerza acumulada de la gente no sea revertida -como en el kung fu– en nuestra propia contra. Revolvamos el río, sí, con todas las ganas ¡pero no dejemos que los pescadores sean los otros!
Hemos pasado demasiados largos años cerrando los ojos para soñar con delirios de grandeza o mirando hacia otro lado. Ahora por fin con los ojos abiertos llegó el momento de enfocar bien la vista. Y de aguzar el oído porque el peligro late dentro y fuera de la tan sacudida Casa Rosada. Conviene por lo pronto no minimizar las palabras “tranquilizadoras” que Duhalde dijo el jueves en reunión de ministros: “Si llegaran a surgir nuevos estallidos (de violencia), estaré al frente y con el respaldo militar evitaré que no ocurran males mayores” (sic). Parecería tratarse, para el pueblo argentino, de una amenaza de doble faz. La atroz pesadilla de una nueva dictadura militar reforzada por el lapsus presidencial: evitar que no ocurran los estallidos significa que le conviene que sigan ocurriendo. El lenguaje siempre sabe más que su propio emisor...
Dicha frase la pudimos leer el 11 de enero. El 11 de setiembre del año último, cuando vi caer las Torres Gemelas en tiempo real, mi primer pensamiento no fue de horror. Aquí cae también el capitalismo salvaje tal como lo conocemos, me dije.
Ahora la pelota está en nuestra cancha, y es una pelota ardiente. Pero podemos intentar alguna humilde contribución al desbarajuste del orden económico internacional que entroniza a los pocos poderosos y hunde al resto. Hoy el primer mundo (al que nunca debimos haber pretendido acceder) nos mira con inquietud. Vale la pena tratar de mantenerlo en jaque. Desde Epícteto sabemos –deberíamos saber– que el ser humano no viven entre las cosas sino entre los “fantasmas” que se hace de las cosas. Ha llegado el momento de aprender a mirar el dinero desde otro ángulo. Como toda herramienta, como toda arma, el dinero tiene doble filo. Poniéndolo cada vez más lejos de nuestro alcance intentan doblegarnos. Estamos tratando de evitar que la cosa les resulte tan fácil, y para eso conviene no dejarseesclavizar por el dinero. Ya los comerciantes lo vienen intuyendo y han depuesto la voracidad. El miedo a la hiperinflación nos hace prudentes.
“Debemos encaminarnos hacia lo que nos es desconocido, incierto e inseguro, usando toda la razón que tenemos para poder garantizarnos seguridad y libertad”, dijo Karl Popper.
En ese sentido estamos todos en el mismo bote: quienes quieren desactivar el corralito para recuperar sus ahorros y quienes hoy no tienen ni para comer ni corralito donde caerse muertos. Mi corazón está con estos últimos, todo lo que hagamos en pos de un cambio deberá apuntar a un cambio para sanear la economía, para curar la enfermedad social y devolverle a todo habitante de este país incierto su perdida dignidad. Torcer el rumbo es ahora infinitamente más difícil de lo que pudo haber sido antes del menemismo, pero hay que hacerlo. Unos metros más y allí están las cataratas, a este barco lo timoneamos todos o se lo llevan los rápidos. En más de un sentido.
A principios del gobierno de Alfonsín, la República Argentina amagó con no pagar su deuda externa. Fue un insomne fin de semana para Wall Street porque la amenaza era viable. La Argentina de entonces (¿se acuerdan?) se autoabastecía, tenía su propio petróleo, sus industrias; el campo no daba pérdidas, tenía trenes y electricidad y teléfonos y agua corriente. Era un país, en pocas palabras, hecho y derecho. Cosa inadmisible para Wall Street y las transnacionales, que rápidamente movilizaron a esbirros y secuaces locales. Las privatizaciones fueron despojando a la Argentina de todo lo argentino. Yo no sé si el Estado puede o no mantener los servicios públicos, si conviene o no subsidiar la industria nacional, sólo sé que nos desmantelaron el país de la manera más sucia y desprolija posible, sin dejar ni las migas. Y se hizo bajo el cetro de Menem y el espejo de alondras contra el cual fuimos a dar de narices se llamó Ingreso al Primer Mundo. Nos lo creímos por vivir más allá de la realidad bogando en la expresión de deseo. Al primer mundo ingresaron nuestro petróleo, nuestros teléfonos y electricidad y aviones y los pocos trenes que les convino retener y todo lo rentable, a nosotros nos dejaron en el pozo de la ausencia, más tercer mundo que nunca.
Desde ese pozo hay que reconstruirse, desde cero. Lo bueno es que el aletargado espíritu que dormía un sueño de opio despertó de repente. Tenemos ganas y hasta parecería que potencial tenemos. Lo malo podría ser la personalidad cíclica de este país y sus dirigentes, que en lugar de aprender de los errores tiende a repetirlos con creces.
Quizá empezar de cero no sea tan negativo, después de todo: permite la regeneración. Nos han cortado la cola de lagartija, lentamente nos crecerá otra distinta. Es hora de rever no sólo nuestra perversa economía de mercado sino también nuestros mitos. La nueva y gloriosa nación que tuvo al matón de Juan Moreira, al racista de Martín Fierro y al aprovechador del viejo Vizcacha como sus héroes populares ya puede ir quedando atrás. Un cambio de gaucho se requiere. A mi amado Inodoro Pereyra no lo recomiendo, sin embargo: “mal pero acostumbrao” no es buena respuesta a la pregunta de qué tal, cómo nos va. Ahora la respuesta perecería ser “acá estamos, en la brecha, defendiendo como mujer (con cacerolas) lo que acabamos de aprender a condenar como políticos”. Y lo haremos de manera consciente y reflexiva porque la gratificación inmediata es cosa de la adolescencia y hemos madurando. A golpes, es cierto, pero parecería que hemos madurado.

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